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Cuéntame una canción: Drive, de R.E.M.

R.E.M. venían de un éxito descomunal. El multifamoso y superventas Out of time había puesto a los de Georgia en el candelero. A pesar de llevar ya una década sacando discos, gracias a este LP la gente los situó. Andábamos cerrando los fastos del 92 y el grunge campaba por sus anchas. Era otoño de 1992. Pudiendo seguir en la estela de éxito privilegiada decidieron lanzarse al vacío con una obra profunda, extraña, clásica y, en principio, poco comercial.

Michael Stipe quería hacer una especie de segundo inicio de carrera. Y, sin comerlo ni beberlo, cambió el destino de la banda para siempre. En la Warner se frotaban las manos esperando otro «Losing my religión», pero se iban a dar de un canto en los dientes. Cierto es que, mirando las cifras, en menos de un año habían multiplicado por veinte sus fans y de conciertos minoritarios pasaron a grandes estadios. Sólo mencionar el single anteriormente citado, o «Shinny happy people», «Near Wild heaven», «Radio song» y no hay más que hablar. Pero mientras la peña se desgañitaba entonando esos hits, Michael, Peter y Bill andaban molestos porque había quiénes creían que Out of time era su primer disco y habían pasado muchas penurias y sinsabores la década anterior para que la peña ignorase esos trabajos. Claro que, de codearse en carteles con Hüsker Dü y The Replacements, ahora R.E.M. se medían en las listas de ventas con Michael Jackson, U2 o George Michael.

Había quiénes apostaban que se irían al lado eléctrico tipo Document y otros decían que tendrían una suerte de continuación de su cómodo éxito. Y al final, ¿Qué hicieron? Pues ni una cosa ni la otra; post punk sombrío y crepuscular. ¡Chúpate el frasco, Carrasco!

REM Automatic portada

Empezaron a grabarlo a principios de ese año. R.E.M. venían de una gira  maratoniana. Y el destino quiso que contrataran a John Paul Jones -bajista de Led Zeppelin– como parte del entramado instrumental. Cuando este conoció los temas se puso como arreglista del «Drive», «Nightswimming», «Everybody hurts» y «The Sidewinder sleeps tonite». Y las piezas empezaron a encajar.

«Drive» fue el single presentación. Pero en una época en que lo petaba la Generación X, donde la depresión era algo bien visto, sorprendentemente triunfó. Stipe compuso la misma como una especie de marcha fúnebre. Cuando le planteó al resto la idea todos dijeron «Vaaaamos». Se presentaron con lo que iba a ser el single ante los peces gordos de la Warner y al escucharlo por primera vez gritaron; «¡¿Pero dónde vais con una canción para muertos?!» Para ellos algo sin estribillo y monótono no podía ser single presentación, sobre todo con el hype que había para con lo nuevo. A los chicos de Athens se la sudó a base de bien las opiniones de los jefazos y dijeron que no cambiaban ni un solo párrafo, ni una sola nota y que esa iba a ser la presentación.

Cierto es que cuando la escuchas por primera vez no reparas en ella, pero en la segunda y tercera vez te llega todo el sarcasmo sobre la vida de rock-star. Y empieza a gustarte. Luego ya te lanzas a gritar eso de What if I ride, what if you walk?/ What if you rock around the clock? (¿Qué pasa si me paseo? ¿Qué pasa si caminas? ¿Qué pasa si bailas todo el día?). Todo ese alegato, toda esa crítica y hostia con dos manos al rápido estrellato, a la trivialización del triunfo artístico y al mercado de la música suena profundamente placentera.

Su falta de estribillo es, si cabe, más argumento a favor. Además suena lento. Y, para colmo, el videoclip es en blanco y negro con Stipe como mártir llevado a hombros por las masas. La disquera lo tomó como una ofensa y apenas dieron apoyo publicitario. Pero el boca a oreja hizo el milagro; las revistas especializadas lo pusieron por las nubes, y sus fans más aún. Y vendieron más de lo imaginado. Salió bien porque tenía que salir, pero Michael siempre dijo que en caso de haber sido un fracaso a ellos les parecía una obra inmensa. Por eso es importante que un artista escoja el repertorio y no lo deje en manos de unos gerifaltes siempre interesados en los números.

Con los años «Drive»y por ende Automatic for the people ha tornado en un clásico fascinante, en obra atemporal y magnífica. ¿Qué tiene para enganchar tanto? En principio es sencillo; una guitarra acústica cuyas notas rebotan en el infinito. Luego entra una batería lenta, casi mortuoria, que emite golpes espaciados. Pero cuando crees que está todo hecho, ¡Zas! Aparecen unas cuerdas elegantes que se baten en duelo con los zarpazos de la hiriente distorsión guitarrera. Y ya es cuando te tienes que tirar al suelo y gritar: «¡Aleluya, habemus himno!».

Su sonido te lleva a un otoño distante, pero de gratos recuerdos. La primera vez que me lo zampé venía de permiso militar. Sí, hice la mili. Adquirí la casete en una tienda de discos que había cerca de la estación de tren. La puse en el walkman y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Era otoño y veía por la ventana del tren las hojas ocres en el suelo y una melancólica sensación me abordó cuando Michael cantaba eso de Smack, crack, bushwhacked/ Tie another one to the racks, baby/ Hey kids, rock and roll/ Nobody tells you where to go, baby.

Con la perspectiva del tiempo, ¿Resultó bien la jugada? Totalmente. Estamos ante una obra de las mejores obras de la historia del pop contemporáneo. Es más, tras ella, busqué toda su anterior discografía y me empapé/disfruté con Murmur (1983), Reckoning (1984), Fables of the Reconstruction (1985), el Lifes Rich Pageant (1986), Document (1987) y Green (1988), llegando, incluso, a dejar en la repisa por un tiempo su célebre Out of time. ¡Ay, R.E.M., cuánto os echo de menos!

 

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