Especial: Agujeros en las canciones. El viaje de ida y vuelta de Wilco

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En una escena del documental I am trying to break your heart (Sam Jones, 2002), un fan pregunta a Jeff Tweedy cómo es el disco en el que Wilco están trabajando en ese momento. Jeff responde entre balbuceos, visiblemente inseguro, que están haciendo agujeros en las canciones. La afirmación desconcierta al auditorio (el fan pregunta entre risas si tiene algo que ver con Courtney Love), pero es definitoria de lo que luego sería Yankee Hotel Foxtrot (2001), el disco más radical y arriesgado de una banda que había nacido asociada al country alternativo. El proceso de trabajo, según se observa en el documental, consistía en que Tweedy compusiera una canción con la guitarra acústica, una canción de estructura básicamente folk, y la presentara a la banda, que procedía a destruirla, darle la vuelta y rellenarla con paisajes sónicos insospechados. Samplers, loops, collages, cacofonías… nada de esto era nuevo en el año 2001, mucho menos en la música de vanguardia, pero Wilco se acercaron a ello desde una perspectiva tradicionalista. Más que sacudirse una etiqueta, la cubrieron con capas y capas de nuevos sonidos. La historia nos dice que saltos así suelen propiciar un divorcio, al menos momentáneo, entre la banda y su público, pero lo cierto es que Yankee Hotel Foxtrot tuvo una excelente acogida desde el principio, tanto crítica como comercial. Tras él, Wilco adquirieron un nuevo estatus y, al menos durante un tiempo, se convirtieron en la banda independiente definitiva. El disco, que cumplirá veinte años oficialmente en 2022, ha quedado en la memoria como una de las obras maestras de la primera década del siglo XXI, reflejo de una época convulsa y caótica, aterradora y excitante a partes iguales.

Yankee Hotel Foxtrot fue un gran salto, pero no exactamente al vacío. Para llegar hasta él, Wilco habían recorrido un largo camino en el que fueron dejando pistas que delataban una amplitud de miras más allá del country. Su grabación, además, supuso un calvario recogido en la película de Sam Jones (peleas internas, negativa de la discográfica a publicar el disco, distribución gratuita del mismo en internet), lo que a su vez hizo que llegara al mundo rodeado de un aura de leyenda. Parecía un punto de no retorno, por eso quizá lo más difícil que hicieron después fue volver a ser una banda de rock. Nada más y nada menos que una banda de rock.

Esta es la historia de un viaje de ida y vuelta. De un grupo, sobre todo de un hombre, que se lanza al espacio para después regresar, pero no al espacio exterior, sino al interior, al pequeño abismo que habita en cada canción, a los silencios entre nota y nota, a la melodía que subyace en el fondo de un océano de ruido. Esta es la historia de Jeff Tweedy.

  1. El sombrero de cowboy

El viaje comienza en Belleville, una ciudad de cuarenta mil habitantes en Illinois, célebre por ser el lugar de nacimiento del tenista Jimmy Connors y por tener la avenida principal más larga de Estados Unidos. Para ahorrar tiempo, el lector puede insertar aquí todas las imágenes del Medio Oeste americano que ha visto en películas y escuchado en canciones de Bruce Springsteen: pueblo pequeño donde la mayor distracción es el equipo del instituto, papá trabaja en el ferrocarril y por las noches bebe hasta quedarse dormido… Allí es donde crece el joven Tweedy y donde pronto se aficiona a la música punk (primero la oleada inglesa, sobre todo The Clash, después el punk americano de los ochenta: Minutemen, Black Flag y Replacements). Esta afición, inusual en un pueblo como Belleville, le lleva a acercarse a un introvertido compañero de clase que comparte sus gustos: Jay Farrar. Pronto se hacen amigos, aunque el carácter hermético de ambos elude cualquier confidencia, reduciendo la relación a escuchar música y tocar juntos. Farrar, además de su afición por el punk, proviene de una familia con amplios conocimientos de música tradicional americana y en esas largas tardes de descubrimientos compartidos transmite su pasión a Tweedy: la Carter Family, Pete Seeger, etc. Después de un tiempo, Tweedy se une tocando el bajo a la banda que Farrar tiene con sus hermanos. Al principio tocan versiones de garage de los 60. No es hasta que los hermanos de Jay dejan la banda y esta cambia su nombre por Uncle Tupelo que empiezan a componer sus propias canciones, dando con un sonido característico: la mezcla de la energía del punk con arreglos country y letras sobre la vida en el Medio Oeste.

Uncle Tupelo giraron durante tres años, telonearon a leyendas como Johny Thunders y se labraron una sólida reputación antes de firmar un contrato con Rockville Records, discográfica subsidiaria de Warner (tomen nota de este detalle). Su primer disco, No Depression, obtuvo buenas críticas y los convirtió en una banda de culto, hasta el punto de inaugurar la etiqueta alt-country y dar nombre a la revista de rock de raíces más influyente. También llamó la atención de gente como Peter Buck de REM, que les invitó a grabar un disco en Athens y los alojó en su casa. Se separaron en 1994, después de una gira en la que Tweedy y Farrar ni se dirigían la palabra y se negaban a hacer coros en las canciones del otro. En los cuatro años que van de No Depression a la disolución, grabaron tres discos más y su música fue alejándose progresivamente de la ferocidad punk para acercarse cada vez más a las raíces. El último disco, Anodyne, para muchos fans el mejor de su discografía, fue grabado para Sire (otra subsidiaria de Warner). Si nos fijamos en la aportación de Tweedy al grupo, su canción más memorable probablemente sea “New Madrid”, la única que todavía hoy se cuela en los conciertos de Wilco, que ya anuncia la querencia de nuestro hombre por el pop amargo disfrazado de folk, pero quizá más representativas de lo que fueron Uncle Tupelo sean “Gun” o “The Long Cut”, torrentes de fuerza punk con guitarras acústicas.

 

Acerca de la ruptura de Uncle Tupelo sus dos protagonistas han hablado largo y tendido (no estamos precisamente ante un desencuentro Gabo-Vargas Llosa) y, sin embargo, dista mucho de haber una explicación clara. Jay Farrar se refirió en una entrevista a un confuso episodio (¡de 1988!) en el que Tweedy tiró la caña a su novia en la furgoneta de la banda. Tweedy, que durante años asumió el papel de abandonado, reflexiona en su autobiografía sobre la posibilidad de que su actitud desenfadada y bailonga sobre el escenario, en la que al parecer tenía mucho que ver el alcohol, molestase al introvertido Farrar. En cualquier caso, lo más probable es que Farrar considerara Uncle Tupelo “su banda”, se sintiera amenazado por el creciente protagonismo de Tweedy y decidiera poner fin para continuar en otro proyecto donde nadie le hiciera sombra.

Uno de los mitos que el rock vende, quizá el primero, es el del compañerismo. En su rebeldía inicial hay una conciencia de clase, la de los jóvenes que se oponen al mundo, los colegas que comienzan tocando en el garaje sin un duro y con la vista puesta en la trascendencia. Son distintos, son los parias de su pueblo, pero están unidos. El rock los hermana. Pertenecen a algo. Por eso todos los solistas empiezan tocando en bandas con nombre genérico: The Shadow Blasters, The Jades, The Castiles, para después abandonarlas. Pero eso Tweedy, que entonces contaba con 25 años, no lo sabía aún y ante la marcha de Farrar decidió echarse Uncle Tupelo a la espalda. Habían nacido Wilco. Cambio de nombre, mismo propósito… más o menos. (En Youtube se puede encontrar un divertido vídeo de Jeff contando a su público cómo se fue de vacaciones con su mujer a una playa de México y el tipo alojado en el bungalow de al lado era… Jay Farrar. La historia da para episodio de sitcom).

 

  1. Días de radio

“Igual que Uncle Tupelo, pero con otro nombre y sin una de las voces”. Es la definición que el propio Tweedy ha dado de AM, el primer disco de Wilco. Grabado para Reprise (otra subsidiaria de Warner) solo unos meses después del último concierto de la banda. Junto a Tweedy están las cenizas de la última formación de Uncle Tupelo: John Stirratt (bajo), Max Johsnton (multi instrumentista) y Ken Coomer (batería), además de Brian Hennenan, guitarrista de los Bottle Rockets, que pasaba por allí y con sus riffs define los mejores momentos del álbum. Aunque AM no suena como ningún disco de Uncle Tupelo, es una evolución natural del sonido de Uncle Tupelo: ya sin rastro de punk, más stoniano y con una marcada tendencia a la melancolía. También es un disco irregular. Tras un comienzo inmejorable con “I must be high”, “Casino Queen” y “Box full of letters” (tres de las canciones más rockeras de su repertorio), AM entra en un letargo soft country bastante anodino y no se recupera hasta el final, con las estupendas “Passenger side” y “Too far apart”. Fue recibido con bastante tibieza y tuvo unas ventas discretas, pero era el disco que tenían que hacer para seguir adelante y convertirse en una banda, no solo en los supervivientes de un grupo de culto tratando de mantener la llama.

 

Para la gira de AM, Brian Hennenan no estaba disponible, así que se reclutó a Jay Bennett, de Titanic Love Affair. En un principio Bennett solo iba a tocar la guitarra, pero Tweedy quedó tan encantado con su forma de tocar el piano que lo incorporaron a buena parte de su repertorio. Cuando volvieron al estudio para la grabación de Being There, Bennett ya era miembro de pleno derecho de la banda, mano derecha de Tweedy en los arreglos y piedra sobre la que se edificaría la evolución posterior de su música.

  1. La biblia americana

Tras el relativo fracaso de AM resulta sorprendente que el siguiente paso fuese algo tan ambicioso como Being There: un disco doble nada menos, que quiere componer un fresco vivo de toda la música americana, desde el country hasta el soul, con el rock and roll como hilo conductor, un animal gigante que engulle lo que encuentra a su paso. Pero lo más sorprendente es que lo consiguieron: Being There es una especie de Exile on Main St para la generación de los 90. Allí están, obviamente, The Rolling Stones, pero también Tom Petty (“I got you”), Gram Parsons (“Forget the flowers”), Roy Orbison (“Say you miss me”) o los Faces (“Dreamer in my dreams”). Wilco se mueven de un género a otro con solvencia y todo suena orgánico, nada impostado.

Conceptualmente, también es un disco sobre el rock and roll. Las letras hablan de estar en una banda, del poder emancipador de la música y su influencia en la formación de la identidad. La voz que se presenta en casi todas las canciones es la de alguien que solo es capaz de comunicarse a través de la música (“estoy tan desafinado contigo”, canta Tweedy en “Sunken Treasure”, para después añadir: “fui mutilado por el rock and roll”; “Me siento como en la canción de otro” dice “Someone else’s song”). Esto acabará siendo una constante en la trayectoria de Wilco: las referencias metalingüísticas de sus canciones, la figura del músico como erudito, pero sobre todo como fan.

 

Para quien esto escribe Being There sigue siendo el mejor disco de Wilco, aunque quizá no el más importante. En estos tiempos de play lists y shuffle, un LP doble que invita a ser escuchado de principio a fin, sin saltar ni una canción, y lo consigue parece un milagro. Los amantes del rock de raíces lo adoraron. De pronto, todo el mundo se olvidó de Uncle Tupelo. Con su segundo disco, Wilco los habían superado. Pero es erróneo definir Being There solamente como un disco de roots rock, hay pistas que delatan la vocación experimental que explotaría más tarde: la primera canción del disco, “Missunderstood”, tiene referencias a Peter Laugnher (guitarrista de Pere Ubu) y sus últimos segundos suenan a Kraut rock. “Sunken Treasure” experimenta con disonancias y afinaciones alternativas a lo Sonic Youth. Una toma descartada de “The Lonely 1” superpone a la canción el ruido ambiental registrado durante un paseo del estudio a la gasolinera para comprar tabaco. Según Tweedy, pretendían reflejar que nada te hace sentir tan solo como estar entre mucha gente. La versión quedó finalmente fuera del disco (se recuperó para el recopilatorio de rarezas Alpha Mike foxtrot), pero se podría decir que en ella está ya el concepto de lo que sería Yankee Hotel Foxtrot: la experimentación como instrumento para reforzar la letra y el sentido general de la canción.

 

  1. Buscando el verano

Para su siguiente disco, en su afán por convertirse en la gran banda americana, Tweedy y los suyos se propusieron abrazar el pop luminoso. Si Being There había sido su disco stone, Summerteeth iba a ser el beatle. Esto no debería haber pillado por sorpresa a nadie: ya hemos visto que desde los tiempos de Uncle Tupelo Tweedy había dejado clara su facilidad para las melodías más pop y Jay Bennett, con su talento para arreglos sofisticados, era el segundo de abordo adecuado para tal misión. El abandono del multi instrumentista Max Johnston y su sustitución por Leroy Bach, que provenía del circuito del funk de Chicago, parecía apuntar definitivamente hacia la apertura del sonido de la banda.   Sin embargo, algo pasó durante la grabación. Tweedy venía lidiando con la depresión desde años atrás, a lo que se añadieron problemas en su matrimonio y el descubrimiento de los calmantes (adicción que le llevaría a tocar fondo durante la grabación de A Ghost is Born). Estos problemas se filtraron en la composición de las canciones, que no resultaron tan alegres como estaba previsto. Aproximadamente la mitad del disco responde a ese afán luminoso: “Always in love, I can’t stand it” (grabada con el disco ya terminado a petición de la discográfica, que quería un single) o la propia “Summerteeth” son canciones de optimismo contagioso, al escucharlas dan ganas de salir a la calle y caminar levantando mucho las piernas. Sin embargo, como nubes que amenazan con arruinar un día soleado, también se cuelan algunas de las canciones más oscuras que Wilco han grabado nunca: “She’s a Jar”, “Via Chicago” o “How to fight loneliness)”. Son canciones duras, tristes hasta la devastación y muy incómodas. En ellas sobrevuelan demasiados demonios internos, desde la adicción al abuso (“Me ruega que no le pegue”, canta en “She’s a Jar”,(She’s a Jar) Sin hacer referencia directa a estos infames versos, Tweedy renegó de algunas de canciones escritas en el pasado con la intención inconsciente, según él, de hacer daño a Susie, su mujer hasta hoy, insigne promotora de conciertos en Chicago y que probablemente merece en esta historia más que una mera acotación).

 

Este desvío del proyecto inicial no desmerece para nada el disco, sino que lo hace más grande. Se puede hablar de Summerteeth como un disco fallido, en tanto que se rebela a las intenciones de sus creadores, pero siempre será fallido en un sentido positivo. Es un ejercicio de honestidad, un ejemplo de cómo la música concebida como expresión personal se impone a la planificación racional. Además, como todo fan de los Beach Boys sabe (y, definitivamente, los Beach Boys fueron un referente a la hora de abordar este disco) las melodías más cristalinas siempre esconden un punto de amargura en su interior.

  1. Agujeros en las canciones

Aunque vendió menos que Being There, Summerteeth cumplió expectativas: obtuvo buenas críticas e incluso fue nominado a un Grammy, pero lo importante para Reprise fue que puso a Wilco en la línea de salida para ser los nuevos R.E.M., esto es: la banda surgida del circuito independiente, adorada por la crítica, que podía aspirar a llenar estadios. Así que para el siguiente álbum en la discográfica no tuvieron reparos en darles carta blanca y libertad para grabar en su propio loft de Chicago. Quizá ahí empezaron los problemas.

La grabación del disco, tal y como quedó reflejada en la película de Sam Jones, fue un calvario. Para empezar, obligó a Wilco a reconstituirse como banda. Antes de entrar al estudio, Tweedy había tomado la decisión de despedir al batería Ken Coomer y sustituirlo por Glenn Kotche, con quien ya trabajaba en la banda alternativa Loose Fur. Ni Tweedy ni Bennett habían quedado satisfechos con algunas pistas de batería de Summerteeth: Coomer seguía siendo un batería de roots rock y no hubiera podido trabajar en lo que ambos tenían en mente. Kotche, por el contrario, provenía de la música de vanguardia. No hay duda de que el sonido de Wilco se enriqueció enormemente con su llegada (basta escuchar los primeros segundos de “I am trynig to break your heart”, esos ritmos esquivos y extraños, para saber que el grupo se está adentrando en territorio desconocido), pero también dejaba como únicos miembros fundadores a Tweedy y John Stirratt. Si alguna vez Wilco habían sido concebidos como un grupo colaborativo, ya no. Tweedy era el jefe absoluto.

 

Más traumático fue el despido, con el disco aún sin terminar, de Jay Bennett, que se estaba encargando de la mayor parte de labores de producción. Al igual que sucede con la ruptura de Uncle Tupelo, no por estar bien documentada parece haber una explicación clara. La película muestra una tensa discusión a propósito de la transición entre las canciones “Ashes of american flags” y “Heavy Metal drummer”, que termina con Tweedy vomitando en el aseo. He visto esa secuencia decenas de veces y nunca he entendido del todo por qué discuten Tweedy y Bennett. Al principio pensaba que era un problema de idioma, pero antes de escribir esto me la he puesto una vez más y creo haber intuido algo: si nos fijamos en las incómodas miradas a cámara del resto de miembros de la banda que están en pantalla, el problema es que nadie entiende a Bennett. Es un hombre perdido, encerrado en sí mismo y obcecado en un problema que los demás ni siquiera perciben. Su frustración al comprobar que sus compañeros están dispuestos a dejar correr el asunto sin haber logrado comunicarse enternece y pone los pelos de punta. Mi teoría es que Bennett, abismado en detallismos que nadie más percibía, era incapaz de terminar el disco y Tweedy dio un golpe en la mesa. Despidió a su hasta entonces mano derecha y aumentó las responsabilidades de Jim O’Rourke, que en un principio solo iba a encargarse de las mezclas. En semanas el disco estaba listo, pero, para ser justos, el resultado final no parece muy distinto de lo que Bennett estaba haciendo y que puede escucharse en el documental. Si el grupo continúa con la generosa política de reediciones conmemorativas, iniciada con sus tres primeros discos, en 2022 deberíamos tener una edición especial de Yankee Hotel Foxtrot con abundante material inédito, incluido el producido por Bennett, que nos haría salir de esta duda.

El otro calvario fue contractual y contribuyó enormemente al aura mítica alrededor del disco: el lanzamiento oficial estaba previsto para (también es ojo) el 11 de septiembre de 2001, pero cuando en Reprise, que acababa de pasar por una reestructuración, lo escucharon al fin se pusieron muy nerviosos. Aquello no se parecía en nada a R.E.M. Finalmente decidieron que era impublicable, rompieron su contrato con Wilco y, como indemnización, regalaron al grupo los masters del álbum. Ellos, necesitados repentinamente de ingresos, lo compartieron gratuitamente en su página web para salir de gira cuanto antes. La gira fue un éxito. Tweedy y los suyos se dieron cuenta enseguida de que cada noche el público cantaba las canciones nuevas. Las descargas estaban funcionando. Yankee Hotel Foxtrot se había convertido en leyenda: el disco que Warner había considerado impublicable, rechazado por ser demasiado experimental, demasiado arriesgado. En noviembre, cuando el boca a boca y la incipiente comunidad online lo habían convertido en un secreto a voces, Wilco firmó con Nonesuch (otra subsidiaria de Warner, como el avispado lector habrá deducido, por lo que el disco también pasó a conocerse como aquel por el que Warner pagó dos veces), que lo publicaría oficialmente en 2002. Este hecho también marcó para siempre la relación de Wilco con internet, mucho más fluida y amable que para la mayoría de grupos de la época (2001 es el año de la demencial batalla de Metallica contra Napster, por ejemplo). Desde entonces, aun antes de la generalización de las plataformas de streaming, todos sus discos han estado disponibles en internet, en algunos casos con bastante antelación respecto a su edición física.

Finalmente, junto a estas dificultades de grabación y edición, un evento inesperado terminó por perfilar la leyenda del disco: nada más y nada menos que el 11S. Yankee Hotel Foxtrot mantuvo desde antes de su publicación una serie de extrañas conexiones con los atentados del World Trade Center: desde la fecha de lanzamiento prevista inicialmente a las Marina Towers en la portada, que recuerdan inevitablemente a las Torres Gemelas, además de algunos versos perturbadoramente proféticos (“los grandes edificios tiemblan, voces asustadas cantan canciones tristes”). Conexiones fortuitas, obviamente, ya que el disco estaba finalizado antes de los atentados, pero aun así hay algo, un espíritu que sobrevuela todas las canciones que remite al momento concreto en que fueron publicadas. Wilco retrataron sin saberlo el estado de ánimo generalizado después de la catástrofe: el duelo, la estupefacción y, pese a todo, una especie de optimismo melancólico.

 

Incluso la música parece remitir de algún modo al desastre. Por aquella época, Tweedy se había obsesionado con The Conet Project, colección de cuatro cedés que recopilaba emisiones de estaciones numéricas, unas misteriosas emisoras de onda corta, atribuidas al espionaje durante la Guerra Fría, que repiten perpetuamente un mensaje en clave, normalmente secuencias de números, letras o palabras sin relación alguna. A Tweedy, más que el carácter conspiranoico de todo aquello, le interesaba el sonido en sí, el tono fantasmal de unas voces que se abrían paso entre ruido estático para lanzar mensajes crípticos. Todo esto acabó permeando en Yankee Hotel Foxtrot. El disco entero está sazonado con samplers de The Conet Project (el más famoso al final de “Poor Places”, cuando se escuchan las palabras «Yankee Hotel Foxtrot») y ruido blanco, construyendo un paisaje sonoro devastado en el que, una a una, van surgiendo las canciones, como rayos de luz en mitad de un mundo en ruinas. Canciones que, como ya hemos visto, el grupo se empeñaba en retorcer y destruir en un proceso que siempre me ha recordado al del pintor Francis Bacon en sus revisiones del retrato del Papa Inocencio X de Velázquez: sobre una pintura figurativa introducía puntuales destellos de abstracción, lugares concretos donde la anatomía se retuerce y descompone, logrando con ello resultados de una expresividad brutal. Wilco tomaban canciones pop y trabajaban sobre ellas. Les añadían ruido, samplers, loops y cualquier cosa que se les ocurriera, pero no estaban haciendo rock experimental, estaban usando la experimentación para expandir el rock. Porque en el fondo, Yankee Hotel Foxtrot es un disco de rock. Detrás de todos esos ropajes experimentales hay ecos de Grateful Dead, de Tom Petty y hasta de los Eagles. Hay un sonido de radio FM del Medio Oeste americano a mediados de los setenta, el sonido de cuando Tweedy y los suyos eran niños. En un mundo devastado, remiten a una época anterior, un pasado feliz.

 

Yankee Hotel Foxtrot tiene fama de disco difícil, pero después de la perplejidad que pueden producir sus primeros minutos (perplejidad alimentada por venir del lugar de donde venía la banda) es un disco bastante accesible. Una vez el dependiente de una tienda de discos me dijo que Wilco eran los Eagles con ruiditos. Quería hacer de menos al grupo, pero para mí, que no tengo ningún problema con los putos Eagles, dio con la definición perfecta. Quizá la clave de su éxito resida en que dio a los modernos una excusa para escuchar a los Eagles y, a la vez, permitió a los fans de los Eagles sentirse modernos por una vez.

 

  1. Empezar a volver

Yankee Hotel Foxtrot fue un éxito: recibió excelentes críticas (entre ellas un 10 en Pitchfork, algo que desde entonces solo se ha repetido tres veces más), se convirtió en el disco más vendido de su carrera (todavía lo es) y les confirió un nuevo estatus como la banda que había que conocer, el gran grupo del rock independiente americano.  Pero las cosas dentro de Wilco no estaban para salir a dar una vuelta de la victoria. La depresión y la adicción a los calmantes que Tweedy había arrastrado durante años se habían agravado y afectaban seriamente a su funcionalidad. Según cuenta en su autobiografía, pasaba horas en estado casi vegetal, colocado en la bañera y solo salía para tocar algún concierto, presa de terribles ataques de pánico y migrañas. A ghost is born se grabó en ese contexto en Nueva York, con Jim O’ Rourke como nueva mano derecha, pero sin ser exactamente miembro de la banda, y Jeff convencido de que iba a morir en cualquier momento. El concepto del disco era huir de las largas postproducciones de Yankee Hotel Foxtrot y volver a una música fácilmente reproducible en directo. Era el principio del camino de vuelta, el problema es que estaban tan lejos que casi nadie se dio cuenta. A ghost is born es un disco extraño, captura a la banda en pleno movimiento y por eso carece de la unidad que tenían los trabajos anteriores de Wilco. No es experimental, pero tampoco rock convencional. Encontramos influencias del kraut rock en los once minutos de Spiders y un largo pasaje ambient en “Less than you think”, pero también pop desenfadado (“Theologians”, “The late greats”) y hasta glam rock vía Ian Hunter en “I am a Wheel”.

 

Las guitarras vuelven a un primer plano: Jim O’ Rourke animó a Tweedy a asumir él la guitarra solista en lugar de buscar un sustituto para Jay Bennett. Tweedy, menos dotado técnicamente que su excompañero, hizo de la necesidad virtud y algunos de los mejores momentos del álbum salen de su guitarra, como la tormenta eléctrica en “At least that’s what you said” o el introspectivo solo de “Hell is Chrome”.

 

Es un tópico cruel y desagradable decir que de los momentos de mayor sufrimiento surge el gran arte. El dolor no justifica ni embellece nada, pero es tentador pensar algo así al escuchar A ghost is born y More like the moon (un EP publicado en internet meses antes y que, para quien esto escribe, contiene algunas de las canciones más bellas del grupo). Quizá lo mejor sea hablar de mojo, duende o lo que sea, y no relacionarlo directamente con el dolor. Independientemente de su vida hecha un desastre, Tweedy estaba en racha y todo lo que hacía le salía bien. A ghost is born, sin embargo, obtuvo críticas dispares, quizá por esa resistencia a ser reducido a un concepto. En cualquier caso, se vendió bastante bien y mantuvo la reputación de Wilco como el grupo más intenso del momento. Fue, además, el disco que supuso el triunfo definitivo de la banda en España. Probablemente mucho tuvieron que ver con esto las primeras visitas de la banda a nuestro país, en el Primavera Sound 2004 y, sobre todo, en las salas Aqualung y Razzmatazz en 2005, dos actuaciones que todavía son recordadas por los fans como las mejores que Wilco han dado nunca en la península.

  1. Rock para padres

Si A ghost is born era el inicio del camino de vuelta, Sky Blue sky es el sonido de un grupo llegando por fin a casa. Pero antes de eso, tocaba cumplir con todos los checks de los biopics de rock al uso: desintoxicarse y salir diciendo que eres un hombre nuevo, feliz y enamorado de la vida sencilla. Tweedy lo hizo. Durante los meses que estuvo en una clínica de desintoxicación, John Stirratt se echó el grupo al hombro, ensayando, afinando la nueva alineación. Tras la grabación de A ghost is born, Leroy Bach había abandonado el grupo y en su lugar se incorporaron el guitarrista Nels Cline y el multi instrumentista Pat Sansone. Esta formación ha terminado revelándose, sobre todo en directo, como la mejor que Wilco ha tenido nunca. Increíblemente sólida, compuesta por músicos con una personalidad arrolladora en su instrumento, una especie de E Street Band del indie, la jodida Patrulla X del rock.

Sky Blue Sky es básicamente un back to basics: un disco casi en directo, un puñado de amigos ya entrados en la cuarentena que se junta para tocar con la única ambición de pasarlo bien. Es lógico, entonces, que todo en él remita al rock de los 70, desde John Lennon a Television, otra vez la música con la que se criaron. Hay largos pasajes instrumentales y muchos, muchos solos de guitarra. No puedo evitar imaginármelos a todos pasándoselo pipa en el loft, gustándose a sí mismos y jugando a ser Thin Lizzy.

El disco fue recibido con relativa tibieza, quizá porque no repetía las audacias de los álbumes anteriores, pero es un gran disco. Las letras captan perfectamente el momento vital de su creador, que acaba de cumplir cuarenta y se esfuerza por ser mejor, dejar atrás hábitos tóxicos, disfrutar de las cosas que ha logrado en la vida. Es la visión de una estrella del rock intentando convertirse en un hombre de familia, lo cual lo emparenta con otro disco incomprendido: el New Morning de Bob Dylan.

Como decía, Sky Blue Sky es para mí el último gran disco de Wilco, aunque todo lo que ha venido después no ha bajado del notable y todavía nos han regalado un puñado de grandes canciones (sin ir más lejos, Love is everywhere de 2018 es sencillamente perfecta). Tengo cariño a Star wars, de 2016, que apareció por sorpresa en un verano especialmente aburrido para mí, y nos presenta a unos Wilco relajados y juguetones. Pero estos discos carecen para mí del calado emocional de sus primeros trabajos. Tweedy ha dejado las pastillas y el tabaco, hace deporte (o eso dice), tiene una voz más limpia y canta indudablemente mejor. Y sin embargo yo echo de menos las arrugas de su voz, esa fragilidad a punto de romperse en “Let me come home”. No pretendo caer de nuevo en el romanticismo del creador atormentado. Me gusta que haya sido así: un padre de familia que graba discos con sus hijos y hace directos en Instagram con su mujer es un final más deseable que un adicto que pasa horas encerrado en el baño. Wilco suenan más clásicos que nunca. Son una institución del rock americano y, como tal, es natural que sean objeto de burlas: se les asocia con el dad -rock. Una acusación relativa si tenemos en cuenta que hablamos de músicos que sobrepasan ya los cincuenta años y hacen sencillamente la música que les gusta a ellos (admitámoslo, el dad rock de hoy en día es el indie de los noventa y dos mil). Prefiero esto al sonrojo de verlos fingirse unos eternos adolescentes.

 

Tweedy ha elegido ser feliz. Y yo me alegro. No necesito que vuelva a sorprenderme con un disco devastador. Pienso en el año 2006, cuando pasé semanas enteras escuchando compulsivamente Yankee Hotel Foxtrot y A ghost is born. Mucha gente dirá que entré en un bucle, la vieja dinámica de “estás triste, así que escuchas discos tristes que te ponen aún más triste”, pero, como ya he dicho, no creo que esos discos sean exactamente tristes. Debajo de tanto caos encontré algo de luz y encontré, además, empatía. En mis peores momentos, estuve convencido de que había unos tipos en Chicago que habían pasado por lo mismo que yo, que sabían exactamente cómo me sentía. Sigo creyendo que me salvaron la vida.

 

José Lorente Guillén:

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