Especial: Cala Mijas, Málaga 1,2,3 de septiembre

La primera edición del Cala de Mijas se ha caracterizado, sin duda, por la confección de un cartel heterogéneo y muy completo, capaz de atraer a nombres de la electrónica-pop de primer nivel, auténticos espadas del pop rock mundial, y una destacada participación nacional. El magnífico entorno elegido para el emplazamiento, denominado Recinto Sonora, con tres escenarios de sonido impoluto y acertada ubicación, junto con el enorme acierto de dar relevancia al escenario dedicado a las sesiones de Dj, La Caleta, ha supuesto un soplo de aire fresco en la escena festivalera andaluza, acercando una propuesta que cuenta con todos los números para consolidarse como cita obligada de cada verano, con notable repercusión en el público extranjero, mayoritariamente inglés, bajo el reclamo del buen tiempo, el estupendo line-up y la holgada oferta de alojamiento y transporte ofertada. Ausencia de colas, amplia oferta gastronómica, buen ambiente generalizado y cuidado por el detalle configuran una apuesta que se anticipa de largo recorrido en el circuito festivalero nacional. A todo ello hay que sumarle multitud de propuestas estimulantes en las playas de la localidad, gratuitas y repletas de nombres interesantes.

Entrados en materia, la jornada inaugural contó con bandas de distinto pelaje que fueron calentando la llegada de los asistentes, desde la psicodelia de altura de Uniforms, a los talentos incipientes como Venturi, valiente apuesta por bandas de aquí que merecen espacio y atención y que no defraudaron. La primera multitud se congregó para ver a los algo inofensivos Blossoms, una especie de The Kooks pero sin la pegada de sus singles. Doloroso sería el solape de Sen Senra, con una cantidad de seguidores en continuo crecimiento, y que bordó un pase donde sobran los hits, defendidos con actitud y agallas, y una Róisín Murphy, a la que se esperaba con muchas ganas tras aquel ya algo lejano pero desde luego sublime Róisín Machine (Skint Records, 2020) que la reivindicó con creces a base de sudor funk, batidora dance y muchos estribillos pop memorables. La irlandesa no dejó lugar a las dudas con un set robusto, sin apenas lugar para el descanso, donde no faltaron trallazos propios como “Something More”, “Overpowered”, “Let Me Know”, “Murphy’s Law” en versión extendida y retorcida, o puertas abiertas a la nostalgia de la era Moloko con “The Time Is Now” o “Sing It Back”.

No faltaron sus coreografías imposibles, su inagotable cambio de modelos, pero sobre todo, pudimos reencontrarnos con el enorme carisma de una artista única, en continuo movimiento, siempre vigente y capaz de seguir sorprendiendo con discos sobresalientes y directos solventes y mágicos. A continuación, Alex Turner y los suyos, Arctic Monkeys, derrocharon tablas y rabiosa electricidad ante una multitud que los esperaba como agua de mayo, decididos a volver a destapar el tarro de las esencias con su nuevo trabajo a publicar en octubre. No faltaron ninguno de sus ya míticos caramelos envenenados de apariencia rock pero rellenos de vitamina pop. Una tras otra fueron cayendo “Do I Wanna Know?”, “Brainstorm”, “The View From The Afternoon”, “Crying Lightning” o “Arabella”, junto con un tema nuevo, “I Ain’t Quite Where I Think I Am” que añade algo de nervio a la receta de su lisérgico último lanzamiento.

Sonaron robustos y compactos, sin apenas fisuras, y es que siempre es de celebrar tenerlos de vuelta en tan plena forma. Resultaba una incógnita comprobar como Chet Faker era capaz de trasladar una fórmula que funciona en disco, al formato directo, y lo cierto es que convenció con unas bases hipnóticas y unos desarrollos adictivos que resultan difíciles de clasificar. No faltaron las infalibles “Drop The Game”, “Feel Good” o “Get High” y seguramente resultó una agradable sorpresa para aquellos que se acercaban al peculiar geniecillo australiano por primera vez. Estupenda antesala para uno de los momentos más especiales de todo el festival, como resultó el abrumador set de Bonobo, con su electrónica ensoñadora, capaz de trasladarnos a un estado de plena desconexión y poner patas arriba el Escenario Sunrise con su propuesta capaz de aunar el efectismo con la efectividad. Subidas y bajas de intensidad, momentos más extremos y espacio para su probado gusto por los estribillos que no hacen ascos al trip-hop o a la world music. “Cirrus” o “Kiara” son ya historia de esta primera edición del Cala de Mijas.

La jornada del viernes contó con un inmejorable arranque de la mano de los grandes María Arnal i Marcel Bagés y su propuesta de pop que se despliega en mil capas, plagado de matices y recovecos, tratando de sobreponerse a un horario que no favorecía sus hipnóticas melodías y su delicada puesta en escena, esta vez sin Tarta Relena a las que echamos de menos. Fue un concierto breve pero una vez más plagado de encanto y caracterizado por esa personalidad única que la convierte en una de nuestras artistas más especiales. “Meteorit Ferit”, “Fiera De Mí” o “Tú Que Vienes A Rondarme” son canciones que merecen un altar y que nunca nos cansaremos de disfrutar, dejándonos siempre con ganas de más.

Y qué mejor que ir cogiendo vuelo tras tamaña demostración de sensibilidad y ternura, que con la tremenda sesión que se marcó Joe Goddard de Hot Chip en el Escenario La Caleta, convirtiendo dicho espacio en una rave sudorosa donde no faltó funk, electro pop futurista, house de muchos quilates o disco para bailar bajo las luces de neón. La atmósfera que sobrevolaba el ambiente del festival fue adquiriendo tintes de mística celebración para acoger a los que se venía encima con uno de los grandes nombres del cartel, el de un Nick Cave que llegaba con sus The Bad Seeds, para incendiar la Costa del Sol y convertirla en una enorme bola de fuego incandescente gracias a sus afilados poemas cantados presentados bajo una riqueza instrumental y un despliegue de músicos y coristas que hacen de lo suyo algo inalcanzable por el resto de los mortales. Su figura se expande por el escenario mientras nos sacude con los latigazos epatantes de “Get Ready For Love” y “There She Goes My Beautiful World”, enseñando el camino hacia la eternidad, cantando mirando a los ojos y siendo capaz de arrastrar al público a una experiencia que trasciende lo musical para alcanzar cotas de extrema emoción a base de lírica de salvaje romanticismo que canta al amor, la muerte o la religión y que traslada con inusitada maestría a unas canciones que transitan entre el rock torrencial y el blues pantanoso, atravesando nuestras almas y dejándonos exhaustos mientras reconocemos la belleza incluso en los momentos de extremo dolor.

“Red Right Hand”, “The Mercy Seat” o “I Need You” mecieron a una audiencia entregada entre sus versos de hiriente verdad convirtiendo el Escenario Sunrise en una caldera donde poder arder sin miedo, entregados a su absoluta merced. Antes y después siempre, volvió a serlo en la noche del viernes, en la historia de este y cualquier festival que visite.

Afrontar otro de los puntos álgidos del festival, el concierto de Kraftwerk, tras asistir a algo tan visceral y turbador resultaba sin duda complicado, pero los tótems de la electrónica, con un solo miembro original en su formación, Ralf Hütter, volvieron a clavar un set que no por conocido deja de resultar toda un viaje por la historia viva de una formación que tanto ha influenciado a artistas tan diversos, y que escuchado en un contexto atemporal, sigue resultando algo abrumador y único, con esa combinación de ritmos repetitivos fundiéndose con las proyecciones en 3D que pudimos disfrutar como merecía la ocasión gracias a las gafas que se repartían antes de la actuación, y que permitieron poder dejarse hipnotizar por los eternos desarrollos de “Computer Love”, “Radioactivity” o “Tour de France”.

Su gelidez escénica y su estudiado distanciamiento con el público alimentan el misticismo alrededor de un fenómeno tan alejado de convenciones como es el suyo, y que más de cincuenta años después de su formación, aún sirve de referencia para multitud de artistas actuales.

Y hablando de actualidad, The Chemical Brothers no perdieron ni un segundo en un set sin altibajos y rebosante en munición de incontenible voltaje, que despegó en lo más alto con “Block Rockin’ Beats” y que transitó por su época más comercial con “Song To The Siren”, “Hey Boy, Hey Girl”, “Go” o “Galvanize”, sin olvidar sus brillantes inicios (“Dig Your Own Hole”, “Setting Sun”) o debilidades personales (“Star Guitar” me sigue poniendo la piel de gallina). Apabullantes y apuesta siempre ganadora en cualquier festival.

Los siempre efectivos Hot Chip recogieron el testigo con su batería de hits bien engrasada, su jubilosa formación a pleno rendimiento y un dúo de mentes privilegiadas del dance-pop de los dosmiles como son Joe Goddard y Alexis Taylor que no paran de deparar buenas noticias, la más reciente su estupendo Freakout/Release (Domino Records, 2022) recién editado. No faltaron a la cita “Ready For The Floor”, “”Boy From School”, “Over And Over”, “One Life Stand”, “I Feel Better” o “Huarache Lights”, mezclando con naturalidad con las nuevas “Freakout/Release”, “Eleanor” o “Down” o su divertida versión del “Hung Up” de Madonna. Hot Chip son sinónimo de baile y van sobrados en singles rompepistas que defienden con sobrado dominio de los tempos para someter a los que se exponen a sus descargas, a una sesión que invita a quemar suela sin descanso. El Columpio Asesino no defraudaron con sus texturas oscuras, sus letras que remueven y pellizcan conciencias, y su excitante propuesta que combina texturas escapistas con pop lujurioso y descarnado. Una de esas bandas que merecen mayor repercusión y que nunca fallan. El fin de fiesta lo pusieron 2manyfriends: esto es, Two Many Dj’s con Tiga y Dave P. que empezaron desarmando a Rosalía en modo rave y pusieron el piloto automático para acabar de consumir las ya escasas fuerzas de los que se entregaron a su hedonista propuesta, antes de que John Talabot pusiera el colofón a la noche con una excelente sesión de fina electrónica de alma eminentemente nocturna.

Para la traca final, el menú enseñaba sus cartas con la ágil combinación de pop ensoñador y ramalazos contenidos de flamenco, ese que corre por las venas de una familia de genios como es la de Soleá Morente. Su duende, carisma y esa sonrisa infinita contagiaron a los primeros asistentes de la tarde, que celebraron la siempre agradecida vitalidad de “Iba A Decírtelo”, “Viniste A Por Mí” o la imbatible “Baila Conmigo”. Alice Phoebe Lou hubiera merecido mayor atención con su pop cálido y bien dotado para la melodía, mientras que Fuel Fandango agitaron a un buen número de seguidores con su fusión de ritmos y sonidos que tan bien funciona en un contexto como el de los festivales, mientras en La Caleta, Dan Snaith, aka Caribou, enseñaba su piel como DJ de la mano de su proyecto Daphni, con el que lanzará disco este año. Extraordinaria sesión la suya, donde no faltó electrónica más bailable, el techo de raíces negroides y exóticas pinceladas de elementos de la música africana o brasileña. La gente se fue sumando a una fiesta que empezó resultando casi íntima para acabar congregando a un buen número de personas entregadas a la destreza de un visionario de extraordinaria capacidad para agitar nuestros cuerpos y nuestras mentes como es el siempre estimulante artista canadiense, también tras proyectos tan valiosos como Manitoba. Poliédrico y siempre interesante e innovador, seguirle resulta excitante y necesario.

El carácter ecléctico del cartel se vio subrayado por una Nathy Peluso que siempre cumple en su mezcolanza de estilos, desde la bachata al dance, sin miedos y con mucho carácter. Mucho más excitante resultó la puesta en escena de un James Blake que, aunque normalmente resulta más adecuado para entornos más íntimos, adecuó su concierto a un entorno festivalero, desarrollando una cadencia más bailable hasta los últimos temas que interpretó con su piano. León Benavente por su parte, refrendó una vez más su naturaleza de banda de directo, con un set muy festivalero, donde brillaron “Místico” y su puesta al día con final en puro trance bailable, “Ayer Salí” con recorrido inigualable de Abraham Boba entre el público, y las ya clásicas “Ser Brigada” , “Como La Piedra Que Flota”, “Gloria”, “Tipo D”, “Amo”, “Disparando A Los Caballos” o “La Canción Del Daño”, tras ese ya icónico inicio con “Líbrame Del Mal”, su diario de una modernización fallida.

Directo total, sin descanso y que merece solo alabanzas. Los fans ingleses se abalanzaban esperando a un Liam Gallagher que no defraudó. Lo suyo es lo más cerca que podemos estar de un directo de Oasis en 2022. Desde el inicio con “Morning Glory”, se vislumbraba una noche especial, quizás poblada de fans que en su momento no pudieron verlos en vivo. Siguieron “Stand By Me”, “Hello”, “Slide Away”, “Roll It Over”, “Cigarettes And Alcohol”, “Rock ‘N’ Roll Star” o “Live Forever” antes de la traca final con “Wonderwall” y «Champagne supernova» y su “But I don´t know Spanish” gritado al cielo de Málaga para que todos gritáramos el estribillo. Poco importó si su voz no llega a los tonos, si su actitud cabalga entre hooligan trasnochado o vieja gloria reducida a muñeco roto, lo cierto es que oír esas canciones en esa noche resultó de una felicidad y una plenitud absolutas, hizo cosquillear a los fans de los de Manchester y nos hizo retroceder unos cuantos años a aquel tiempo donde el britpop era el epicentro de la escena musical global. ¿Que nos hizo rejuvenecer? Seguramente. ¿Y qué?

Esas canciones serán siempre eternas y poder sentirlas en vivo es para celebrarlo. Liam no se creerá a día de hoy haber sido parte de ello, pero nosotros somos muy conscientes de que él y su voz nos hicieron sentir mucho y muy bueno. De su repertorio en solitario hablamos mejor otro día. Encontrarte justo después con el directo del proyecto electrónico definitivo del momento como es Caribou era algo difícil de digerir por el contraste que suponía, pero una vez cambiado el chip, aquello se reveló como una épica demostración de pop mutante, encarnado en diversas pieles todas impactantes, que nos hizo estremecer desde lo más profundo de nuestro ser al ritmo de himnos ya eternos como “Sun”, “Odessa”, “Home”, una inabarcable “Our Love”, la reciente “Do It” o las definitivas “Never Come Back” y “Can’t Do Without You”, epílogo insuperable a una actuación irreprochable en la que Dan Snaith y los suyos encogieron corazones gracias a una puesta en escena impactante, unas proyecciones coloristas e hipnóticas y unas canciones más grandes que la vida. Hay un antes y un después de Caribou. Voz de fan pero también del que relata lo que ve: una banda de cuatro superhéroes intercambiando derechazos rítmicos con unas imágenes que hacen tambalear la realidad. Hiperrealismo trasladado a la música en conexión con escapismo sin red. ¿Quién da más? Uno de los grandes momentos del festival, sin duda. En el Escenario Victoria, Santi Balmes lamentaba tener que tocar justo después de Liam Gallagher pero lideraba la secuencia de unos Love Of Lesbian en estado de gracia que ya bordan conciertos inmaculados por inercia.

Röyksopp por su parte noquearon convirtiendo el Escenario Sunrise en una rave de carácter mutante que fue albergando diversos parajes cargados de surrealismo que conectaban a la perfección con una secuenciación magistral de sus temas. Vibrantes y palpitantes, lo suyo fue descomunal: “Impossible”, “Monument” o la eterna “Poor Leno” nos hicieron sentir que aún quedaba festival cuando muchos se veían en el tiempo de descuento. Atronadoras y de profundidad infinita, sonaron rotundas e inabarcables, rodeadas y secundadas por una puesta en escena impactante y de reminiscencias cinematográficas. Nina Kraviz y Pional desarrollaron sets que merecían plena atención y que pusieron el candado a un fin de semana de música y felicidad que resonaran en nuestros oídos y retumbarán en nuestros corazones durante mucho tiempo. Contando las horas hasta la próxima edición estamos desde ya.

Fotos Cala Mijas: Óscar L. Tejeda, Sharon López, Javier Rosa

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