McEnroe – OchoyMedio Club (Madrid)

Si ha existido un momento adecuado para ver a McEnroe en directo, qué duda cabe que es este. Su formidable ascenso en calidad y sensibilidad ha dado como resultado uno de los mejores discos nacionales del ejercicio, el sublime Rugen las flores (15).

Resulta encomiable su evolución desde discos ciertamente a día de hoy casi inaudibles como Mundo marino (08) (el hándicap de voz de Ricardo Lezón siempre ha estado ahí, pero el petróleo que es capaz de sacarle disco a disco es digno de alabanza), hasta llegar al punto de inflexión de Tú nunca morirás (09) con el formidable trabajo en producción de Abel Hernández (Migala, El hijo), la desarmante desnudez y alma de Las orillas (12) y, ya este año, el excelso Rugen las flores, sin atisbo de duda su mejor referencia.

Veremos cómo lo trata la perspectiva del tiempo, ese injusto o veraz juez que nos ha permitido descubrir que ni Tú nunca morirás era para tanto, ni Las orillas tan poco como pudiera parecer.

Prendados del despliegue instrumental y lírico de sus canciones, una sala abarrotada se disponía a disfrutar de cómo serían defendidas sobre las tablas por parte de los vizcaínos. Y la verdad que lo hicieron formidablemente bien. Centrados en su reciente maravilla, combinaron sus temas indiscutibles “Cae la noche”, “Coney Island”, “La electricidad”, “Como las ballenas” o “Caballos y palmeras” -fabulosas estas dos últimas- junto a joyas primitivas como “Las mareas”, “La cara noroeste”, “Los valientes” o  “El alce”, arropadas por una interpretación tan discreta como sincera y conmovedora.

El show avanzó compensado y trufado de modestia, quizá casi excesiva para un momento discográfico tan álgido, a mi modo de ver. Su cima llegó antes del bis con una extraordinaria “Rugen las flores” que sonó grande y convencida.
Posteriormente, un bonito bis con “Tú nunca morirás”, con ayuda vocal femenina, y “El vendaval”, arisca a la par que dulce, nos dejó allí pasmados, como si nada hubiera ocurrido y todo lo contado hubiera sido un sueño del que nunca despertar.

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