Revisitando a Bowie. Recomendamos nuestros discos favoritos del británico

Por sorpresa, tras más de una década completamente desaparecido de la escena y múltiples especulaciones, David Bowie ha vuelto a la actualidad con The Next Day (2013). La trascendencia de su figura nos ha llevado a querer indagar en toda su carrera, que arrancó hace nada menos que cinco décadas y recoger nuestros 10 discos favoritos.

Te hablamos de algunas de las mejores obras de Bowie en este reportaje especial.

Hunky Dory (1971)

Dani Nieto 

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Tras unos titubeantes comienzos y tras el éxito que supuso una canción rotunda como “Space Odditty”, Bowie comenzaba a ser el Bowie que se convirtió en leyenda con la publicación del disco The Man Who Sold the World en 1970. Su faceta como más cercana a la figura del cantautor se iba apagando y ya desde la andrógina portada vemos a un Bowie más provocativo e inquieto. Reflejo de esto es un disco más eclético, variado e inspirado que el anterior, una excelente reunión de canciones (“The Width of a Circle”, “The Supermen”,” The Man who sold the World”) que ya podía hacer presagiar lo que se venía encima.

Un par de años más tarde llegaría la gran revolución con un disco que cambió la historia de la música, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972), pero en este punto me vais a permitir que me pare en el álbum que el genio londinense alumbró justo un año antes: Hunky Dory (1971).

Hunky Dory es, en mi opinión, el disco en el que Bowie muestra de manera más sublime todas sus facetas, anticipando en glam rock de su reencarnación posterior en “Queen Bitch” (“she´s so swishy in her satin and tat“), emocionando con esa canción indescriptible que es “Life on Mars?” (“sailors fighting in the dance hall, oh! Man, look at those cavemen go!” ) o creando auténticas e imperecederas joyas  pop en “Changes” (“time may change me, but I can´t trace time“). Pero es que además Hunky Dory es el disco en el que todos esos elementos aparecen conjuntados para devolvernos, como resultado, un torrente de emociones.

Imposible no emocionarse reescuchando “Quicksand” (“I´m sinking in the quicksand of my thought… and I ain´t got the power anymore“) , ese himno que, según se cuenta, hizo llorar a Robert Smith cuando interpretó la canción junto a Bowie en el 50 cumpleaños del maestro. Imposible no caer rendido ante la aparente simpleza y buen gusto que desprenden “Oh! You Pretty Things” y “Eight Line Poem”. Imposible no esbozar una sonrisa con la fragilidad “naive” de “Kooks” (dedicada a su hijo recién nacido) y “Fill Your Heart” (“…with love today, don´t play the game of time”).

Por si fuera poco, asoman amagos de experimentación hacia el final del disco. El homenaje al gran Andy Warhol (“… looks a scream, hanging on my wall”) es una prueba de ello. Otro homenaje, ahora a su admirado Bob Dylan (“Hear this Robert Zimmerman, I wrote a song for you…”) nos recuerda que David mira al futuro pero está contento con sus logros del pasado, y finalmente la enorme “The Bewlay Brothers” (“I was Stone and he was Wax…”) nos pone en la pista, cerrando el álbum con toda la intención, de que todavía hay más por llegar.

Se habla mucho de los fantásticos discos conceptuales de David Bowie y a mi personalmente me parecen uno de sus mejores logros. Sin embargo, tal vez sea mucho más digno de admirar que el mismo autor de Ziggy, Low o Heroes fuera capaz, tan temprano en su carrera, de facturar una colección eclética de canciones que funcionara tan bien en su conjunto como lo hacen los temas de este Hunky Dory.

The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders Of Mars (1972)

Jordi Dalmau

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La publicación del Ziggy Stardust elevó a David Bowie a trascender la condición de estrella y convertirse en una supernova del rock. Tras él Bowie encarnó el antiguo ideal del artista capaz de entregarse con exceso a los placeres más terrenales pero que al mismo tiempo es capaz de ofrecer casi de manera innata los más altos resultados artísticos hasta el punto de llegar a ser considerado por sus más fervientes seguidores un visionario y en los casos más extremos un auténtico profeta.

El núcleo narrativo recae evidentemente en el propio Ziggy, un alter ego que representa a un extraterrestre que lleva a la Tierra un mensaje de apocalipsis, los famosos cinco años antes del fin del mundo, pero al mismo tiempo también de redención en la figura del hombre de las estrellas que espera al momento apropiado para presentarse. El ego de Bowie estaba tan inflado que no debe extrañar este rasgo mesiánico aunque toda la parafernalia debe entenderse en el contexto de la época con la exploración espacial dando sus resultados más espectaculares y centenares de santones y charlatanes augurando un inminente cambio trascendental en la humanidad.

Es el disco más famoso de su carrera, es imposible encontrarle una mala crítica y todas sus canciones son inmediatamente reconocidas por cualquier aficionado. Con buen tino abandonó el pop psicodélico sesentero que a esas alturas ya era auto-indulgente hasta el hastío y revoluciona el mundo musical creando el glam-rock y colocando abiertamente al sexo encima del escenario. Son famosos los episodios en que llegó a simular una felación a su guitarrista en un concierto o los comentarios abiertamente bisexuales a la prensa. El estilo rompedor y el descaro personal que mostró en este disco dejaron sentir su influencia en buena parte del rock de los setenta hasta influenciar decisivamente en el advenimiento del punk. Probablemente desde Bob Dylan ningún artista en solitario había causado tanta impresión en el mundo musical. No sería la última vez que Bowie pondría patas arriba la industria, y es posible que ni siquiera fuera su mejor golpe, pero sí fue el momento que más fuerte se dejó sentir su puño.

Aladdin Sane (1973)

Pere Francesch Rom

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Aladdin Sane (1973) fue estrictamente una extensión de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972), la versión americana de Ziggy como dijo el mismo David Bowie. Exceptuando el caso de The Beatles y algunos pocos, muy pocos más, la mayoría de grupos o artistas solitarios no consiguen mantener el nivel después de una obra maestra. Éste no fue el caso de Bowie, cuya racha ha llegado incluso en los tiempos actuales. Con Ziggy Stardust, el músico creó una imagen, un ícono andrógino, venido del hiperespacio con pelo rojo, un personaje al que le siguió Aladdin Sane y otro de sus símbolos más emblemáticos: una especie de relámpago de colores dibujado en el rostro.

Bowie selló otro de sus mejores discos con un rock duro, o mejor glam rock, pegadizo con algunos de sus hits más importantes como las rockeras “Watch That Man”, “The Jean Genie” o “Cracked Actor”, el sonido de cabaret de “Time” o la melancólica “Lady Grinning Soul” (uno de mis temas preferidos de Bowie). El músico estaba decidido, como dijo su biógrafo Christopher Sandford, a convertir aAladdin en su siervo y no en su amo como sucedió con Ziggy.

La gira de Aladdin Sane en 1973 fue muy dura para Bowie, quien estaba perdiendo el mundo de vista debido al incontrolable e incontrolado éxito imparable que estaba consiguiendo. Sin embargo, llegó el concierto en el Hammersmith Odeon de Londres el 3 de julio de 1973. Fecha y lugar en el que anunció el fin de Ziggy Stardust y el final de la gira de Aladdin Sane. La gente se quedó sin palabra. La leyenda se estaba convirtiendo en un mito en vida. Por esto y obviamente por las diez canciones del álbum, éste es seguramente el disco que más me impactó de Bowie. La leyenda no paraba de crecer y en este momento llegó a su punto más álgido de expresión y de locura. Y lo mejor es que siguió manteniéndose allí arriba hasta hoy.

Diamond Dogs (1974)

Juanma Caballero

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El disco que mató al glam. El último coletazo de la era glam-rock, considerado por muchos como el testamento de Ziggy Stardust. En 1974 David Bowie publicó la primera catedral inconclusa del rock. Como si se tratara de una gran obra maestra del arte arquitectónico se terminó de construir con grave influencia de dos periodos estilísticos y dos proyectos diferentes, lo que le dota de unos férreos cimientos glam-rock y a su vez deja entrever en el remate de sus torres los primeros adornos de lo que sería la transición al soul blanco de Young Americans (1975), elemento necesario hacia la eclosión berlinesa, llegando, entonces sí, al verdadero punto y final del David Bowie clásico.

Pero todavía Diamond Dogs pertenece a esa etapa primera en la que Bowie arrollaba los estándares de composición e interpretación, a la vez que añadía un nuevo concepto de espectáculo y fanfarria a la música, antes completamente desconocido (censura de portada incluida, por mostrar los atributos del hombre mitad perro que se dibuja en la portada). Este álbum es la última joya del Rey del Glam, propiamente dicho. Tras su aparición alguno se atrevieron todavía a publicar supuestas obras de glam-rock pero se quedaron en meras caricaturas hedonistas del que había sabido vampirizar para el rock el lado más útil del pop y regurgitarlo en auténticas obras maestras del entretenimiento popular. Diamond Dogs es un álbum que se parió en el umbral de la era punk, pero su olor, su color y su personalidad brillan todavía como la purpurina, alejados del tamiz blanquecino de la heroína punkera que pronto cubriría las calles de Londres y Nueva York.

Clave para entender lo heterogéneo del álbum es la fallida pretendida musicalización teatral de la novela de Orwell 1984, que finalmente no pudo ser llevada a cabo por la negativa de los permisos del autor. Así que Bowie aprovechó el trabajo ya realizado y concatenó en un mismo álbum el polvo de estrellas que todavía guardaba en los bolsillos de la era Ziggy Stardust (“Diamond Dogs”, “Rebel Rebel”, “Rock and Roll with me”) y las composiciones dramáticas a lo West End que nunca se presentaron en teatro (“1984”, “Big brother” o “Candidate”). El resultado es uno de los discos más anchos de su carrera, lo que por ende significa uno de los discos de rock más redondo y poderosos que jamás se hayan facturado. Consistente, emocionante y con unos arreglos ya no atemporales sino futurísticos, que aún a riesgo de visitar lugares comunes, me atrevo a decir que seguiría alabando si su publicación estuviera programada para el 2013.

Bowie se encargó de su composición, se atrevió con las cuerdas por primera vez, le otorgó un protagonismo especial al saxofón que él mismo tocaba y contó la historia desgarradora de estas melodías hechas con perros de diamantes callejeros que emocionan hasta el dolor en canciones sangrantes como “Big brother” y otras tantas que auguran futuros mejores como el fenómeno mediático de “Rebel Rebel”, la que podríamos considerar como uno de los primeros “A quién le importa” de la era pop-rock.

La producción del disco también fue un reflejo de ese nacer entre dos épocas, ya que supuso una larga ruptura con Mick Ronson, guitarrista capitán de las Spiders from Mars, aunque participó en la construcción de los arreglos antes de entrar en estudio, y las aportaciones cada vez más destacadas de Tony Visconti en la carrera de Bowie, que a la postre supondría la otra figura clave de esta mítica carrera hacia la excelencia.

Station to Station (1976)

Jordi Dalmau

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Con Ziggy Stardust de vuelta al espacio exterior, David Bowie presenta oficialmente con Station to Station (1976) su siguiente heterónimo: The Thin White Duke, con el que abandona el glam rock, la ambigüedad sexual y los spiders from mars y se transforma en un elegante y decadente crooner de blue-eyed soul que surfea la gigantesca ola de cocaína que arrasó a mediados de los setenta la costa oeste de EEUU con tal ímpetu que dejaría poco tiempo después al mismo Bowie en Berlín, al filo de la locura y con la edad justa para morir dejando un bonito cadáver.

En tales circunstancias un observador contemporáneo, viendo la irregular evolución de Bowie desde Aladdin Sane (1973) y su comportamiento marcado por la absorción de cantidades absurdas de droga y lecturas esotéricas, y con acusadas tendencias filo-nazis, pronosticaría sin miedo que un disco producido casi por su cuenta (Tony Visconti no estaba disponible) sería un desvarío rayando lo absurdo. Pero el genio de Bowie le permite marcar el gol del cojo e iniciar con este disco la etapa más maravillosa de su carrera. Un disco cortísimo, de poco más de media hora,  que aglutina las tendencias más rupturísticas de la época: el soul más refinado, el funk más elegante y el rock más avanzado y experimental atestiguando una vez más, y como constante en toda su carrera, que siempre ha tenido al menos el ojo azul observando con detenimiento qué es lo que se cuece a su alrededor.

Station to Station siempre ha tenido el handicap de no pertenecer a ningún club, un disco que como ya se ha dicho mil veces marca la inflexión entre los pantalones de campana y el maquillaje extremo con la corbata y las camisas blancas. Pero en cierta forma, más allá que sea un disco musicalmente impecable y de una elegancia sin igual, probablemente sea el biográficamente más importante de su carrera. Aunque nadie pueda atestiguar cómo se gestó -la culpa fue de la cocaína, otra vez-, dispuso a Bowie en la línea de salida de su increíble trilogía berlinesa con la que junto a Brian Eno escribirá el legado más profundo y duradero de una discografía imprescindible.

Low (1977)

Manuel Pinazo

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Low (1977) supuso un antes y un después en la carrera de David Bowie. El año en el que surgió el punk, el británico decidió cambiar de registro por completo y entregar una obra maestra que se convirtió en su creación más impactante hasta la fecha y demostró que por entonces, su talento iba siempre un paso más allá que el de sus contemporáneos.

Un disco grabado entre Alemania y el castillo de Hérouville, cercano a París, que supuso el comienzo de la llamada “trilogía de Berlín” (que también incluye Heroes (1977) y Lodger (1979)) y con el que, una vez finiquitada la etapa glam y enterrado el Duque Blanco tras un Station to Station (1976) en tierra de nadie, se embarca en una aventura con la ayuda de Brian Eno, quien había abandonadoRoxy Music en 1973 y su amigo Iggy Pop a los coros.

El resultado es un trabajo que aún habiendo pasado 35 años desde su publicación, no es que suene contemporáneo, ni atemporal, sino que continúa pareciéndonos futurista. Destacan sus atmósferas, sus ambientes misteriosos, el uso de los teclados, los arreglos de cuerda, sintetizadores en la línea de los mejores Kraftwerk… incluye desde el instrumental “Speed Of Life”, a la conocida “Sound And Vision” pasando por guiños a Berlín (“Weeping Wall”, “Subterraneans”), los pasajes absolutamente fantasmales de “Warszawa” obra dedicada a Varsovia que inspiró a los primeros Joy Divison a llamarse Warsaw,  en la misma línea nos encontramos con la inspirada “Art Decade”. Low también incluye declaraciones de amor tan impresionantes como “Be My Wife”, quizá el tema más convencional del álbum con el que el artista intentó salvar su matrimonio por aquél entonces.

Posiblemente su obra más inmortal.

Heroes (1977)

Jorge Salas

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Elegí este disco antes de que se filtrara la portada del nuevo disco de Bowie. Lo prometo. La entrega más luminosa de la saga de Berlín (entre Low y Lodger) contiene, en efecto, ese monumento al amor en tiempos de la Guerra Fría. “Heroes” (la canción) lo tiene todo para eclipsar lo que es en realidad un buen disco; de hecho, en el caso de que no fuera Bowie quien nos ocupa, lo tendría todo para eclipsar una carrera entera.

Grabado por completo en la ciudad teutona (el único de los tres de la serie), Heroes está repleto de referencias a la Alemania deKraftwerk y Neu! Lanzado a finales de 1977, meses después de Low, Heroes es una joya más en uno de los años más gloriosos de la música moderna: dos discos de Ramones, el Trans-Europe Express de Kraftwerk, el Moody Blue de Elvis o los debuts de The Clash, Television, Talking Heads o The Jam acompañaron ese año al decimosegundo disco de Bowie.

Vale, sí: quizá no sea un disco muy compensado (en segundo plano quedan “The secret life of Arabia”, “Beauty and the beast” o “Joe the lion”). Seguramente sea inferior a Low, y no, no es un Ziggy Stardust ni un Young Americans, pero pocas veces escucharás partirse la voz a Bowie como lo hace mientras canta “we can beat them, forever and ever” hacia el final de “Heroes”.

David Bowie – Scary Monsters (1980)

Fidel Oltra

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En el libro de Christopher Sandford sobre David Bowie (“Amando al Extraterrestre“) se cuenta como en 1980 Bowie sentía que debía cambiar otra vez de rumbo, ante la avalancha de grupos que imitaban, o incluso mejoraban (en el sentido de hacerlos más asequibles y comerciales) sus experimentos berlineses. “Cada pocos años tengo que redefinir lo que compongo“, es la frase exacta que aparece en el libro. El resultado fue, en parte, un salto hacia delante pero principalmente una mirada retrospectiva a su carrera, representada sobre todo por el single “Ashes to ashes”, repleto de referencias a su pasado y en el cual retomaba el personaje de Major Tom que apareció por primera vez en Space Oddity (1969).

Scary Monsters es un álbum raro en la carrera de Bowie. No pertenecía a ninguna trilogía, no creaba ningún personaje nuevo, no suponía un giro radical pero tampoco daba continuidad a sus trabajos anteriores, tampoco hacía de bisagra como en el caso deStation to Station… No sólo no abría ninguna puerta, como venía siendo habitual, sino que incluso las cerraba. Dando portazo a la década de los 70 (el Major Tom, que diez años antes iba dispuesto a conquistar el espacio, es ahora un maltrecho yonqui). Haciendo borrón y cuenta nueva.

Pero Bowie es genial incluso cuando no lo pretende, así que Scary Monsters fue número 1 en Gran Bretaña, mientras que el vídeo de “Ashes to Ashes” inició prácticamente la revolución de los vídeos musicales y definió en cierta manera la era de los Nuevos Románticos.

Curiosamente en los Estados Unidos no acabaron de pillar el concepto. Allí querían más “Fame” y más “Young Americans”, así que la canción más exitosa de Scary Monsters en Norteamérica fue “Fashion”, que repetía bastante aproximadamente aquellos patrones rítmicos tan del gusto de los americanos.

Let’s Dance (1983)

Jorge Salas

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Let´s Dance mola porque, además de tener temazos impepinables, es el disco con las costuras más raras de Bowie. No tocó un solo instrumento durante la grabación; dejó de lado a su productor habitual, Tony Visconti, por Nile Rodgers; llamó a Stevie Ray Vaughanpara que tocara; y, sobre todo, después de vender más de 6 millones de copias, resulta que el propio Bowie niega que sea su álbum más comercial.

El decimoquinto disco del Duque Blanco se publicó en 1983, y quizá por eso no pudo aislarse de esa epidemia que consistía en aligerar el rock con unas cuantas bases y algo de electrónica aparentemente chusca, de la que no escapó ni ZZ Top. De hecho, los primeros 20 segundos de Let´s Dance con “Modern love” podría pasar por una canción que el rey del soft-rock, Kenny Loggins,colaría en la posterior banda sonora de Footloose. Eh, pero nada que objetar.

Bowie decidió tirar por la calle de en medio, como si quisiera acabar rápido con este disco. Además de ese himno de cabecera que es “Let´s dance”, regrabó “China girl”, una canción que escribió con Iggy Pop para The Idiot, el disco que le produjo en el 77 (curiosamente suena más a Bowie la primera versión), y recuperó “Cat people (putting out fire)”, un tema que había editado un año antes y sólo había pegado fuerte en las listas escandinavas y de Nueva Zelanda (sí).

Todo muy raro. El resultado final es un disco que, además de dólares, le granjeó a Bowie una masa de fans que probablemente se compraron su siguiente disco, y ya.

Heathen (2002)

Juanma Caballero

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Heathen destaca dentro de la extensa discografía de David Bowie porque representa el primer ejercicio de contención en el campo del rock experimental en el que el británico se adentró en los años noventa. Es esa contención lo que le atribuye un valor añadido con respecto a sus anteriores álbumes, se encuentra a años luz de la barroca  ornamentación de Earthling (1997) y Outside (1995), bastante más próximo a los acabados del álbum Hours (1999), pero sin el trazo fino que supone tener de nuevo a Tony Viscontifirmando como productor, algo que no sucedía desde el año 1980, tras la publicación de Scary Monsters. De hecho es posiblemente a él y no al propio Bowie al que debemos agradecerle la fuerza contenida y lo pulido hasta la extenuación que resulta el disco, como en ese primer frenazo que supone “Sunday”. Aunque dicho sea de paso, el álbum se hace un tanto más disfrutable cuando sacan a pasear los caballos (“Slip Away”, “Slow Burn”). A este álbum se le reconoce como otro de los comeback más señalados en la longeva vida artística de Bowie y fue un espaldarazo que lo metió de lleno otra vez en las listas de ventas que se le venían resistiendo de manera irregular desde mediados de los ochenta. Otro álbum que repuso el nombre de David Bowie en los tinteros del mundo entero. Si con The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972) había nacido un mito, con Heathen (2002) varias generaciones perdidas aprendimos a recordarlo.

Para medirle el pulso al escurridizo carácter del disco, basta con que nos fijemos en el origen y el sorprendente orden de las canciones. De las doce canciones que lo componen, tres son versiones de otros artistas (Pixies, Neil Young y Norman Carl Oman), y de las canciones originales salidas de la pluma de Bowie, dos provenían de un intento frustrado por publicar otro álbum titulado Toy, que finalmente fue filtrado en Internet en el año 2011. Con semejante puzzle, Bowie no sólo consigue volver a ser nombrado, sino que las críticas de la época le avalan cacareando que su publicación establece las reglas del juego que estaría por venir, lo que por supuesto también incluye la publicación del flamante nuevo álbum The Next Day (2013).

Y es que todo resulta fascinante en este disco, la nueva versión del hombre, ahora más maduro y reflexivo que nunca, su nuevo timbre de voz, muy rico en las notas más graves y la certera construcción de temas tan perfectos como “Afraid”, “Slow Burn” o “5:15 The Angels Have Gone” por mencionar tan sólo unos pocos. Amén de contener la que a juicio del que escribe es una de las mejores versiones de la historia, la del “Cactus” de Pixies que mejora sustancialmente la original. Sin duda y hasta la fecha, el mejor álbum del Bowie más contemporáneo.

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