Conciertos

The Twilight Singers + Buena Esperanza – Sala Caracol (Madrid)

Hace años, ver a Greg Dulli por estos lares era tarea harto imposible. Afortunadamente, esta tendencia ha cambiado y en pocos años le hemos disfrutado en solitario, con su proyecto junto a Mark Lanegan, The Gutter Twins, y ahora podíamos repetir con las excelencias de su principal baza tras la disolución de The Afghan Whigs, The Twilight Singers.

Para abrir boca y con una sala Caracol aún llenándose, disfrutamos de la intensidad y la energía del trío madrileño Buena Esperanza. Su propuesta electrificada a piñón fijo sirvió para caldear el ambiente a través de guitarrazos de cierto espesor dramático antesala perfecta a la demostración de clase que brindaron Twilight Singers.

Un Greg Dulli visiblemente más delgado y con una estampa seria e imponente, capitaneó a su particular Rat Pack compuesto por su inseparable Dave Rosser y compañía trajeados de negro impoluto. Una banda a la vieja usanza: exquisita, compenetrada y que, gracias a los aportes de piano y violín, rescatan las excelencias de una discografía que abusa en ocasiones del artificio en su producción.

Así, desprovista de tanta capa instrumental que termina despistando, disfrutamos mucho los tintes ensoñadores e intensos de sus ya clásicos “The Twilite kid” o “Teenage Wristband”. Bien es cierto que el tono general de la velada tiró de pelvis y golpe de cadera y no invitó al recogimiento precisamente.

Así, las canciones que invitan al contoneo más sexy de último trabajo, Dynamite Steps (11), brillaron con luz propia (“Last night in town” y, especialmente, la arrebatadora “On the corner”). Otros temas inflamados ya conocidos como “Forty dollars” o “Bonnie Brae” permitieron a parte de la audiencia congregada digna del casting de The Walking Dead ir desperezándose por decreto.

También los pasajes más reflexivos de su reciente obra como “The beginning of the end”, “Never seen no devil” –contrabajista incluido- o “Gunshots”, convencieron mucho más a escasos metros de uno, penetrantes y trascendentes.

No faltó su particular momento sentado a las teclas del norteamericano, resultando de una sensualidad letal cuando interpretó “Candy Cane Crawl” y no tan doliente con su maravilloso “The Killer”, demasiado liviano en esta ocasión.

Y, bueno los fetichistas como yo que esperábamos qué podría caer de The Afghan Whigs nos conformamos exclusivamente con ese estribillo tan clarificador: “Don’t forget the alcohol, ooh, baby, ooh baby”.

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