Bill Callahan – Sometimes I Wish We Were An Eagle (Drag City)

Erase una vez el desamor. Uno de los temas que han protagonizado más canciones. Seguramente muchas más que sobre la celebración del amor o el anhelo de éste. Probablemente la razón la encontramos en que, mientras que en los momentos de éxtasis amoroso pocas veces se para nadie a escribir una canción, y en los momentos de ensoñamiento y deseo carnal pocas veces salen composiciones de una cierta dignidad, con posteridad a una ruptura es fácil transmitir toda la rabia, el pesar y los recuerdos hacia una canción. Además, en un momento así, el tiempo sobra. Vemos a nuestro protagonista sólo, encerrado en la penumbra y, de acuerdo con los cánones estéticos del romanticismo, viendo como la lluvia resbala por las ventanas de la casa, las horas vuelan acompañado solo de los fantasmas que le recorren la memoria.

Bill Callahan es envidiado por todo lo que han acariciado sus yemas. Es un extraño caso de cantautor folk con éxito sexual. Pero tampoco se ha librado de ser la víctima en este juego. Esta vez una tal Joanna le dijo adiós y, como es norma en estos casos, se sumergió en las tinieblas. Y al igual que muchos y grandes creadores, las tinieblas de Bill Callahan son una tierra fértil y madura.

Escuchamos su primer disco, Wake on Whaleheart, tras dejar atrás su maravillosa etapa en que era conocido como (Smog).  Nos preguntábamos por qué demonios habría matado a su alter ego, aquel que nos había dado tantas horas de buena música. Parecía que el doppelgänger de Bill había superado su propia sombra. Pero tras Joanna a Callahan le fue devuelto su don. Entró en las tinieblas, encontró el tiempo oportuno y resurgió el creador. Sometimes I wish we are an Eagle es fruto del desamor y por sus canciones transcurren relatadas todas las etapas de este proceso. Desde el despertar por la noches sintiendo todavía la presencia de la persona amada, o la pérdida de la rutina de vida en común, o el recuerdo de esos momentos especiales, hasta la necesaria aceptación del final de la relación dejando en el campo de batalla algunos cadáveres y la piel un poco más gruesa.

Triste, oscuro, minimalista y muy personal, estamos ante uno de los grandes discos no solo de este año, sino de esta década agonizante. Un disco enorme que solo crece tras cada vuelta de surco y con el que, como escribió Mark Twain, en un instante nos hicimos viejos amigos.

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