Entrevistamos a Juan Vitoria, de Discos Amsterdam (Valencia)

El mundo necesita menos fábricas de armas y más prensadoras de vinilo. Menos botones nucleares y más platos giratorios. Menos tarados con delirios de grandeza y ansias de desintegrar el planeta y más personajes como Juan Vitoria. Menos templos y más tiendas de discos como Amsterdam. Este maravilloso rincón valenciano dedicado al compromiso artístico más emocionante del ser humano, o sea, la música popular moderna en sus más variadas expresiones, está de celebración porque cumple cuarenta años. Cuatro décadas proporcionando satisfacciones y alegrías en forma de canciones, pero también refugio, comprensión y sanación para las abolladuras emocionales. Entrevistamos a un tipo que combina un saber enciclopédico con un criterio infalible, y que es capaz de expresar esa combinación en un torrente dialéctico sincero y pasional. Podéis comprobarlo visitando la tienda, leyendo sus libros y artículos o escuchando su legendario programa de radio, Los 39 Sonidos.

En estos cuarenta años Discos Amsterdam ha ofrecido mucha música, pero también un vínculo con la vida a una multitud de apasionados por el rock

Discos Amsterdam abre en 1982. ¿Qué hacías antes?

Yo era dibujante, trabajaba diseñando logos para empresas que acabaron siendo muy conocidos en València. Me encantaban los cómics, coleccionarlos, dibujarlos. Pero para triunfar en ese mundo había que ser un genio y yo no lo era. También curraba de representante de vinos de una bodega de Rioja. Mi pasión era el rock and roll, los discos, los conciertos, escribía artículos para revistas sobre música y tebeos.

Y se te ocurrió montar una tienda.

No, la idea fue de mi chica, Margarita. Sabía lo feliz que yo sería al frente de una tienda de discos. Ella trabajaba en la empresa que, por aquel entonces, a principio de los ochenta, se encargaba de la construcción de Nuevo Centro, el primer centro comercial urbano que se abría en España. Compramos un local y hasta hoy. Mi mujer ha sido una persona fundamental para la existencia de la tienda, incluso para su supervivencia. Además de tener un aguante excepcional conmigo, porque soy muy impulsivo y visceral, ha sentido el proyecto como suyo y ha velado por sus intereses de una manera decisiva. Ha llevado la contabilidad y los temas de gestoría, que es lo más pesado, aburrido y terrible de una tienda. Lo lúdico es estar llevando la tienda detrás de la caja registradora, charlando con unos y otros. Ella se ha encargado del trabajo más duro, de manera sacrificada y concienzuda.

Es que una travesía de 40 años no se hace en solitario.

Qué va. Amsterdam crece como el proyecto de una persona ayudada por otras dos: Margarita y Miguel Ángel Galán. Migue y yo somos un matrimonio en muchos aspectos. Migue es el hermano que nunca tuve. Nos tenemos cariño, respeto y mucha puñetería, jajaja. Cada uno ha tenido su forma de trabajar, de ser, y eso ha hecho que aprendamos el uno del otro en muchos aspectos después de 38 años currando juntos. Migue y yo compartíamos la música desde antes de montar la tienda. Él tenía un grupo nuevaolero con mucha personalidad, una banda de las más vanguardistas que hubo en València a principios de los ochenta, Los Tomates Eléctricos. Iban en plan Devo o B-52’s, con caja de ritmos, como La Mode. Migue ha hecho un aporte emocional a la tienda básico, imprescindible. No es tan borde como yo, se porta bien con todos, nunca tiene una mala palabra y tiene mucha mano izquierda, cosa que detrás del mostrador es algo que tiene un valor incalculable. Ha sido mi complemento ideal.

Juan Vitoria Discos Amsterdam

Cuatro décadas dan para mucho bueno y para mucho malo. Haciendo algo de balance, satisfacciones habrás tenido unas cuantas.

Mi mayor satisfacción ha sido verme envuelto en un aprendizaje constante. He ganado más de lo que he perdido, he descubierto mucha música a través de la gente que venía a la tienda. Ha sido muy emocionante relacionarme con personas muy valiosas.

 Y algún momento triste, también.

Me dolió mucho un episodio en concreto. Unas navidades alguien que venía a la tienda nos robaba discos. No lo pillábamos, pero tenía buen gusto, sabía lo que se llevaba. Un buen amigo nos ayudaba a ratos durante aquellas fiestas y, como no era una cara conocida para los clientes, se puso a vigilar, disimulando. Y lo pilló. Fuimos detrás de él y lo cogimos. Era un yonqui. Me dio mucha pena, se pagaba las dosis con los discos que revendía. Vino su familia a hablar con nosotros, a explicarnos el asunto y a pedirme que no pusiera una denuncia. Pobre chaval. Les dije “pero ¿cómo coño voy a denunciarlo con lo que me estáis contando? Eso sí, devolvedme los discos o pagádmelos, sólo eso”. Me devolvieron los que había robado ese día y el resto, que yo sabía cuáles eran, me los pagaron. Ya ves, triste por el drama de otro, no por algo que me pasaba a mí. También ha habido veces que, después de escribir o hacer el programa de radio, he pensado en para qué servía todo aquello. En si yo era alguien útil para la sociedad.

 ¿No piensas que tu labor como escritor, periodista, comunicador, disc jockey, promotor de conciertos y propietario de una tienda de discos como la tuya ha dejado huella en la vida cultural de la ciudad o, al menos, ha sido útil para muchos que nos hemos beneficiado de todo ello?

A ver, no he pensado en ello. Quizá he sido útil para los grupos de València, para darlos a conocer, para que tuvieran una proyección, pero también me ha frustrado mucho que se hayan perdido en el olvido por la situación, digamos periférica, de esta ciudad. No hablo ya de aquello que llamamos la Explosión Naranja en la segunda mitad de los noventa, sino de grupos de ahora como Star Trip, Hank Idory o Serie B.

¿Cuál dirías que ha sido el mejor momento de Amsterdam?

No sé, ha habido muchos, pero recuerdo como algo muy excitante y divertido la primera mitad de los noventa, 93, 94, 95. Años en los que se publicaron discos sensacionales. Con cada pedido llegaban tres o cuatro tesoros. Salían 100 discos impresionantes al año, ahora no salen ni 20. Pensaba que estábamos viviendo un nuevo 1967. Además, fue cuando organicé la primera fiesta de mi programa de radio, Los 39 Sonidos. Trajimos a Swell, Bettie Serveert, Silvania y Los Canadienses. Acudieron 1.700 personas, una pasada. Cuando trajimos a Teenage Fanclub, Buffalo Tom y El Niño Gusano a Arena Auditorium fue el no va más.

 ¿Y la peor etapa?

A principios de siglo, con la transformación de la industria musical, los cambios tecnológicos, los nuevos soportes… hubo mucha incertidumbre, no sabíamos qué iba a ser de la música. Lo pasamos mal, pero Margarita tuvo la idea de diversificar el negocio, apostando por las camisetas y otro tipo de merchandising como parches, pulseras, tazas y objetos de decoración al estilo de las tiendas de Camden Town o Notting Hill Gate. No se vendían discos y gracias a esa decisión conseguimos remontar el vuelo.

Estos últimos años tampoco han sido fáciles, con la pandemia. El cierre de la tienda fue un momento muy desagradable y la reapertura en condiciones Covid fue un rollo. Tuvimos roces con visitantes que no querían ponerse gel hidroalcohólico o hacían un uso inadecuado de la mascarilla. Les llamaba la atención, se enfadaban, discutían y te puntuaban negativamente en ciertas páginas de internet, con lo que se dañaba la reputación de la tienda. Somos víctimas de la dictadura de Google, de los que te ponen votos negativos porque no les dices lo que quieren escuchar o porque se encuentran la tienda cerrada a las nueve y cinco de la noche, cuando nuestro horario termina a las ocho y media. Cuando lo piensas fríamente, te da lo mismo. La gente sabe cómo somos en Amsterdam en realidad, pero son momentos descorazonadores.

¿Cómo es trabajar en Nuevo Centro? Un lugar extraño, demasiado mainstream para una tienda como la tuya.

Desde siempre ha habido algunos que nos han considerado poco cool, o que se han resistido a venir hasta aquí por estar dentro de un centro comercial, pero mira, la identidad de Amsterdam empieza en cuanto cruzas su umbral. Lo de fuera es otro mundo. Por otra parte, yo aquí siempre me he sentido apoyado. Hemos organizado 145 conciertos dentro de la tienda o en la zona de paso exterior de enfrente, con cerveza gratis y una jarana que no veas. La dirección del centro comercial nos ha respaldado, los negocios vecinos nunca han puesto un problema, incluso los de Unión Musical nos han prestado instrumentos y equipos para los músicos de los grupos que venían a tocar. ¿Eso habría sucedido en el centro de València? ¿Conciertos de rock por la bravas en medio de una calle con cerveza para el que quiera? Te digo que no. Además, yo aquí he montado otros eventos culturales, como exposiciones de fotos, portadas y carteles y Nuevo Centro me ha pagado los marcos y los cristales de las piezas expuestas.

Cartel 40º aniversario Amsterdam
Cartel de los conciertos del 40º aniversario

¿Cuál es el disco que más habéis vendido? Dicen que el primero de los Velvet…

No, pero por poco. Vendimos una barbaridad de ejemplares del primer elepé de Cracker. Y todavía lo seguimos haciendo. Le sigue muy de cerca el Blue Hotel de Chris Isaak. De alguna manera, esa canción se convirtió en un emblema de València y, cuando salió, no dábamos abasto. Aparte de The Velvet Underground and Nico se venden muy bien Crooked rain, crooked rain de Pavement, los discos clásicos de R.E.M. o, en su día, los de Sammy y Swell. También grupos con tirón en València como Psychedelic Furs, Echo and the Bunnymen o los Waterboys. Por supuesto, las grandes obras de Dylan, Beatles, Stones y Bowie se siguen comprando. Y en vinilo. Vendemos más vinilos hoy que hace veinte años. Es alucinante ver a los chavales llevarse el Revolver o el Ziggy Stardust, por ejemplo, y pensar en la cara que pondrán en cuanto lo pongan a girar en el plato.

Entonces, ¿la gente joven sigue comprando música?

Y tanto. Yo he tenido un público muy fiel que lleva viniendo desde que abrimos la tienda y, en ocasiones venían con sus hijos. Pues ahora vienen los chicos solos, con sus propias influencias, sus propios gustos. Obviamente, algo han aprendido en casa.

¿Alguna venta masiva que te haya sorprendido o algún fenómeno que te haya chirriado?

No. Prevalece el criterio de la gente. Lo bueno se vende, no te puede sorprender. Habrá discos que me gusten más o menos, pero no vendo música que no tenga calidad. Y siempre digo la verdad cuando me preguntan. Mi opinión sincera, vaya. A lo mejor pierdo alguna venta, pero me da igual. Y eso da lugar a conversaciones intensas e interesantes, como cuando me preguntan por Dinosaur Jr. o los Galaxie 500 y yo digo que bien, pero que me parecen sobrevalorados. En cambio, Luna me parece un grupo realmente impresionante. Como Pavement, son increíbles. Hay tanta música buena y tan poco conocida… Ahora mismo estoy enganchado a Drugdealer y a Whitney K. No me canso de recomendarlos, tienen discazos.

La tienda está llena de recuerdos, fotos y objetos personales, en muchas ocasiones traídos de tus viajes por el mundo. ¿Eliges los destinos con intención musical?

Claro que sí. Además, aprovechaba mis contactos con otras tiendas de discos en Reino Unido o Estados Unidos para hacer intercambios y traerme cosas que aquí eran imposibles de encontrar. He procurado viajar a las cunas de rock and roll, Memphis, Nueva York, California, Texas, Chicago… He estado cuatro veces en Nueva Orleans, de allí me traje una cabeza de caimán disecada y varios muñecos vudú que colgué por la tienda. Me los robaron. Los viajes enriquecieron mi vida, no sólo la musical. Llevaba cuatro maletas vacías y me las traía llenas de discos… que eran para mí, no para la tienda. Te hablo de hace muchos años, he disfrutado de escenarios alucinantes, de conciertos impresionantes de gente legendaria. Me traía recuerdos para adornar la tienda, escribía algún artículo para revistas españolas. Estuve en Seattle en 1991 en plena explosión del grunge, había que ver la ciudad, llena de tiendas de discos, galerías de arte, locales de ensayo, cafeterías donde se reunían los de Pearl Jam, Mudhoney o Soundgarden a hablar de música y a intercambiar ideas y experiencias. En San Buenaventura, cerca de Los Ángeles, Margarita y yo nos cruzamos con Roger McGuinn en el teatro donde iba a tocar, y nos fuimos a comer con él y su manager gracias a mi carnet de prensa y con la excusa de que iba escribir un artículo sobre los Byrds. Al acabar, le acompañamos a la prueba de sonido. En Londres, Migue yo nos tropezamos por casualidad con Elvis Costello en un videoclub y charlamos un rato con él. En la tienda hay fotos de todos esos momentos.

Foto Discos Amsterdam

En ocasiones te has definido como ideólogo musical.

Sí. No me gusta usar la palabra docencia ni ir en plan mesiánico, pero sí que intento dar a conocer bandas y artistas que, de otra manera, quedarían sepultados. Ahora hay muchas más posibilidades con internet, pero hay tantas opciones que te pasan por encima. Procuro tener una identidad plasmada en la tienda de discos o en mi programa de radio, Los 39 Sonidos. Necesito trasladar a los demás lo que me apasiona. Y la gente lo agradece. Nunca me ha gustado ese tipo de crítico musical que descubre a un grupo y se lo queda para él, sacándolo con cuentagotas en ciertas conversaciones para hacerse el interesante. Consideraba mi deber hacer que aquello llegara a la gente. Y eso me ha dado muchas alegrías. Tú no sabes cómo me siento cuando alguien me explica cuánto ha disfrutado con un grupo que le recomiendo o me dice “Juan, aquel disco que te compré ha arreglado muchos malos momentos de mi vida”.

Cierto, pasar un rato en la tienda era reconfortante. Muchos te vemos como una especie de boticario del alma, recetando discos para curar heridas emocionales. Cuando estabas hecho una mierda por el abandono de una novia, la muerte de un amigo o simplemente desanimado porque la vida no iba por donde deseabas, acudíamos a Amsterdam con la esperanza de levantar nuestro estado de ánimo.

Yo creo que la música te ayuda a establecer el estado anímico que tú quieres, debes elegir la adecuada para tu sentir en ese momento, no tiene que contrarrestarlo, porque si lo haces estás golpeando tu psique. Los duelos hay que pasarlos, no negarlos, y la música ayuda mucho.

Los clientes de las tiendas de discos somos gente especial, intensita. Vivimos una pasión interior que muchas veces, en presencia de otros que cojean del mismo pie o en escenarios como Amsterdam, nos desborda. En cualquier tienda de discos que visito en España o en el extranjero acabo viendo escenas parecidas: personas que mitigan su incomprensión social o su soledad en compañía de un amigo que comparte sus inquietudes.

Claro. Es que en este tipo de negocios actúas de amigo, compañero, confidente, consejero y psicólogo, como un barman de película. Acabas desarrollando una relación muy cercana, de confianza y cariño, con muchos clientes. Intentas ayudarlos con una conversación sobre música, sobre tal o cual disco. En definitiva, intentas que se sientan mejor. Somos la conexión con el mundo real de mucha gente que tiene vidas solitarias, dificultades de relación social o exceso de introspección, por muchas circunstancias. No es que vengan a buscar terapia, ni aquí se la damos, pero siempre es gratificante pasar un rato en buena compañía.

A lo largo de cuarenta años, la tienda te habrá dejado anécdotas tremendas, más allá de la gente que entra preguntando por drogas, navajas, agujas para máquinas de coser, animales de compañía o colchas.

Ni te imaginas. Un sábado por la mañana, Migue y yo escuchamos un golpeteo rítmico y continuo al fondo de la tienda. Aquello sigue hasta que nos mosqueamos y vamos a ver de dónde sale aquel “toc-toc-toc-toc”. Un hombre estaba tirado en el suelo, en medio de un charco de sangre sufriendo una crisis epiléptica. Los espasmos hacían que un zapato golpeara en el mueble de compactos contra el que se había caído al darle el ataque. Se había golpeado contra una esquina y se había rajado la cabeza y una ceja. De todo esto nos enteramos luego, al principio pensábamos que lo habían matado allí mismo. Llamamos corriendo al servicio médico del centro comercial y se lo llevaron al hospital. Al cabo de unos días vino con su familia a agradecernos la acción.

Un día aparece un cliente conocido, con la cara desencajada, y me suelta, “Juan, hace unos años te robé una caja de The Replacements y desde entonces tengo remordimientos. Fue una idiotez, pero te la quiero pagar”. Ni puta idea de a qué se refería, no la eché en falta. Y él “que te la pago”. Y yo, “da igual tío, déjalo”. Y el tipo se pone a llorar, “¡que me cojas el dinero!”. Y yo no recordaba cuánto costaba aquello. Vaya discusión.

Otra vez escucho un vaivén detrás de donde tenemos colgadas las camisetas, en el rincón donde están las cajas, justo antes de la trastienda. Me acerco y me encuentro con dos chiquillos follando. Dale que te pego, vamos. Les digo, “pero hostia, qué hacéis, eso aquí no. Que sois menores, coño, se me cae el pelo si os pillan”. Y aquellos se ponen a reír mientras se suben las bragas y los calzoncillos y me dicen: “perdona Juan, pero es que nos daba mucho morbo hacerlo aquí. Tu tienda es maravillosa”.

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