J Balvin & Bad Bunny – OASIS (Universal)

Defender un estilo ya de por sí estigmatizado por el consumidor musical de mentalidad poco abierta es ya una batalla perdida de antemano. Soy consciente. Tampoco es mi intención aquí, de nuevo, defender a un estilo que, para desconocimiento de muchas, sí que tiene el poder de autocrítica y regeneración de sus aspectos sígnicos más controvertidos según la mentalidad occidental de clase media.

Que se encasille el reguetón, o peor, que se reduzca, a mero estilo de trote fastidioso 4×4, y cuyas soflamas solo hacen que enquistar el heteropatriarcado, se bendiga el dinero, el lujo, y demás, es ser corto de miras, pero oigan, que cada uno decida ser crítico con lo que quiera, pero una mirada acrítica solo hace que triunfe la visión neoconservadora que abraza, por ejemplo, el gaypride, solo desde una visión populista y buenrollista Mediaset -marca-registrada.

Hace poco hablaba con Ana Béjar sobre feminismo, el rock y sus vivencias en el mundillo de machos alfa, y la charla derivó en teorizar sobre las cuestiones sexistas y de género, a lo que le recomendé la lectura de un libro excelente, Under My Thumb. Songs That Hate Women Who Love Them (Repeater: 2017) en el que una serie de mujeres escribían sobre su percepción del heteropatriarcado cobijado en los confines del selvático mundo del rock. A todos aquellos que adoran las figuras de Bob Dylan, los Rolling, o a Lou Reed por ser genios (que sí, no seré yo quien lo ponga en duda, más bien lo contrario), y de poseer aura les preguntaría: ¿serían capaces de tener la misma capacidad de analizar sus letras y ritmos que sí que tienen para hacerlo con el reguetón? ¿Hablamos de baja y alta cultura quizás? No podemos, o no deberíamos, equiparar el marco económico-social en el que nacen y se desarrollan dos estilos tan ¿distintos? como el rock y el reguetón, y además son dos tipos de socialización distintos. Vayan a una discoteca de esas que llaman “latina” y vean cómo las mujeres y hombres se contonean bailando entregados al ritmo, y luego me hacen las criticas pertinentes. Porque, claro, el trabajo de campo es importante para juzgar.

Bien, pasaba por aquí para reseñar este OASIS (Universal, 2019) en donde se han encontrado dos grandes figuras de la música popular: J Balvin y Bad Bunny. Por cierto, al pobre de Bunny los pedestales de la alta cultura no lo tienen en su seno, porque una serie de aburridas de la vida ha recogido firmas (con escaso éxito, que las jodan) para que no actúe en la próxima edición del Sónar. El (supuesto) triunfo de la “autenticidad” llega a la música electrónica o avanzada, que así la llaman los más cool. El racismo y el odio a las clases bajas alarga los tentáculos.

Este es un disco para mayor goce del onanismo y la pista de baile a ritmo de canciones estupendas. No meteré coletilla política aquí porque entonces me lloverán piedras, pero, SÍ, también el reguetón es un continuum político: de la vindicación del pobre en recuperar esferas de poder arrebatadas, a la gestión de tu cuerpo-materia en la pista de baile. “Mojaíta” (“yo quiero ser la toalla que te seque”) con esos ritmos entrecortados dan la bienvenida a este oasis, que bien parece un guiño a los espacios físicos en los que Kanye West enmarca su refulgente realidad. Los sintetizadores trap acolchan “Yo Le Llegó”, y “Cuidao Por Ahí” tiene perreo del bueno con bases jazzísticas. La maravillosa “La Canción” es un uptempo templado y con arreglos para metales en donde Bunny canta “pensaba que te había olvidao, pero pusieron la canción que cantamos bien borrachos, nos besamos bien borrachos los dos”. ¡Qué recuerdos! Como dice Bad Bunny (que se perfila como icono perreoqueer), ¡menos violencia y mas perreo!

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