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Rosalía – Motomami (Columbia / Sony Music)

En su ensayo Realismo capitalista el teórico cultural Mark Fisher cita a Gilles Deleuze y Felix Guattari cuando estos se refieren al capital como “la cosa sin nombre”, una especie de amenaza fantasma que otea el devenir de un tiempo que ya no es lineal, sino que se retuerce en sí mismo. Dice Fisher “(…) Por eso es que el capitalismo se parece tanto a la Cosa en el film de John Carpenter del mismo nombre: es una entidad infinitamente plástica, capaz de metabolizar y absorber cualquier objeto con el que tome contacto”. Me remito a estas palabras porque la carrera de Rosalía es un abigarrado mosaico de inquietudes que fagocita todo a su paso: lo hipermoderno y lo arcaico quedan apresados en el hambre voraz de la catalana.

Vivimos desde hace tiempo en un bucle temporal anclado en un pasado fantasma, y a eso me refería con lo de que la historia ya no tiene una temporalidad determinada, sino que los ingentes repositos contenidos internet permite que cada uno tracemos una orografía temporal a nuestro gusto. Si nos ceñimos a la música o al cine, revivir un pasado que no es nuestro, porque ni siquiera lo hemos vivido, nos complace, nos hace sentir que pertenecemos a una comunidad de espectros que nos acoge. Rendir tributo a décadas pretéritas es, según Fredric Jameson, el fracaso de la historia -una imagen especular de aquella concepción neoliberal de Francis Fukuyama (fin de las ideologías, poder del mercado)-, vivir en un simulacro de limbo espacio-temporal debido a que el futuro se nos ha arrebatado por completo. Entiendo, por lo tanto, que tantas manifestaciones musicales en la actualidad tiren de una “falsa alteridad”, de un pasado que no han vivido, pero que tienen unas referencias benignas que no incitan a la beligerancia.

En estos días por las redes sociales he leído de todo sobre Rosalía, pero lo que más se incide es en que es un “producto” como antítesis de lo “auténtico”. Sí, es un producto de un sistema capitalista que normativiza nuestros cuerpos, que adormece cualquier atisbo de movimiento sísmico desestabilizador. Las redes sociales machacan a Rosalía: es una vendida, hace apología de la comida basura y del chándal, se apropia de lo que no es suyo…

Esta mujer es esto y todo lo que se quiera o ella quiera, porque es hija del capitalismo bastardo que crea app’s donde la gente baila sin ton ni son, de los emojis, del culto al emprendedor y el dinero. Ella encarna a la perfección el rol de artista díscola mainstream presa de sus contradicciones: quiere controlar su carrera y la vez la mangonean por todos los lados; quiere instituir y defender un estatuto soberano, pero a su vez se deja tentar por los abismos insondables.

Abro la carpeta de su tercer disco Motomami (Columbia, 2022) y hay una página entera de agradecimientos, y me hace pensar que Rosalía es una diosa tiktoker, la mujer que registra cada segundo de su vida, y que de ahí nacen vínculos tan arraigados como fútiles. Las fotos interiores muestran a nuestra estrella mostrando carne, pero carne dispuesta como si de cuadros cubistas se tratasen. Son fotografías de libidinosidad queer, la belleza alterada, la belleza que se propulsa hacia un futuro no se sabe si incierto. Rosalía es una rara avis en el circo del mainstream, y en el país de los ciegos la tuerta en la reina. ELLA es la reina. Ella tiene el poder de desestabilizar el statu quo. Escupid vileza.

En Motomami hay una nueva evolución en su lenguaje musical. Un pastiche hecho de retazos de aquí y de allá; de futuro y tradición. Su gente la cuida, pero además el hipervínculo la lleva a que se rindan a sus uñas gente como Pharrell, Noah Goldstein, James Blake, The Weeknd, Cory Alexander… Sonidos que beben del reguetón, del trap, de la Fania All Stars, del bolero, del flamenco vestido de Versace. Todo, todo y más. Porque aquí todo es a lo grande. Es un trabajo que es una fantasía en su producción, reivindicando la fisicicidad del sonido en un bucle de saturación que no da tregua.

Rosalía reivindica el goce, bate los fluidos que salen de la polla de su novio, se viste de alta costura y de chándal, y no quiere ser bizcochito de nadie. Como escribe la filósofa Laura Llevadot en su maravilloso ensayo Mi herida existía antes que yo “Quizás haya que empezar a reivindicar la no identidad, la monstruosidad, la duda, la herida, la falta, el no saber, frente a un mercado, un derecho y un discurso médico que nos quiere íntegros, unívocos y acabados”. En estos surcos hay una herida, y sangra.

Esta es una obra maestra que avanza como un maremoto y deja todo el mainstream desquebrajado. Algo florecerá de entre las grietas.

Escucha Rosalía – Motomami

 

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