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Vainica Doble: en la Disneylandia del amor hereje

Ver una fotografía es una forma de ordenar arbitrariamente el mundo, una representación a priori que de alguna manera nos permite clasificar la realidad que, en nuestra mente, es fiel reflejo de nuestro entorno. Ver una foto es ordenar un mundo de forma singular y dotar a la realidad de sentido.

Veo a Gloria Van Aerssen y Carmen Santonja en una instantánea y siento una pulsión interna que me insta a ordenar mi mundo a través de la mirada de ellas que se entrecruza con la mía, y siento el placer de etiquetarlas, de esa “curiosidad asidua” que decía C. Lévi-Strauss en su libro El pensamiento salvaje; las miradas de Carmen y Gloria me dan seguridad porque ponen orden en la taxonomía de mi mirada.

Ellas parecen felices, risueñas, sentadas en lo que parece una ladera. Parece que han interrumpido una tonada. Miran (me miran) al objetivo, y todo respira serenidad, la sabiduría del que sabe que mil batallas están perdidas, pero alguna ganada. Son jipis, o quizás, las más iconoclastas de su época, como realmente fueron, y lo certifican sus canciones. Visten jipis, sí, parecen salidas del festival de Woodstock, calzando sombreros de ala ancha y vestimentas floreadas. Una guitarra es azul, la otra marrón. Serenidad. Generosidad. Amor al Arte. No hay un espacio, ni un tiempo determinado, todo mi pensamiento es fragmentado, es una construcción conceptual, es una cartografía física que con el tiempo se renovará, porque lo que veo hoy no será lo mismo que vea mañana.

Así son las canciones de Vainica Doble, de alguna manera. Sus significados cambian a lo largo del tiempo, y en gran medida porque la realidad es cambiante, y los significados están inmersos en una realidad que es como un collage, en una amalgama de pensamientos que articulan otros, que asocian e invitan a otros a asociarse. Entiendo a Teresa Iturroiz cuando dice que a comienzos de los 90, descubrir a un grupo como las Vainicas podría suponer un ejercicio de extrema futilidad. Para un oyente nuevo, y joven, podrían sonar rancias y aburridas, y su estética jipi no ayudaba a avistar cualquier tipo de curiosidad en tiempos de trip hop, electrónica IDM de moda, y demás sonidos cuyo paso del tiempo ha herido de muerte (en algunos casos).

Meterte en el mundo de Gloria y Carmen pasa por dejar atrás los prejuicios, y solo de esta manera uno llega a caer en las redes de estas mujeres que sin pretenderlo (o sí, aunque con mucho humor y sin petulancia) cambiaron las forma de hacer pop en este país a finales de los 70. Era necesario una reedición en condiciones del libro “Vainica Doble” (Libros Walden/ La Fonoteca, 2018), el clásico de Fernando Márquez, “El Zurdo”, que editara la famosa editorial Jucar en 1983. Y digo que era necesario porque el legado de las Vainicas ha recorrido transversalmente (casi) todo el pop que se ha hecho en España en las últimas décadas, pero sobretodo porque es un libro fresco, descarado, en el que un fan y sus ídolas charlan en plan “señoras del visillo” de una vida colmada de anécdotas y vivencias de unas artistas que hicieron de su pasión por la música su modus vivendi, pero sin pasarse, siempre con los pies en la tierra.

Dividido en tres conversaciones, este libro es un testimonio de primera mano para saber muchas cosas sobre la vida, la carrera, y los diferentes desvelos como mujer de estas dos estupendas señoras. Se conocieron en el año catapún cuando Gloria estudiaba Bellas Artes, y Carmen empezaba en el Conservatorio. Eran apenas unas quinceañeras. Provenían de unas familias con una situación económica “casi siniestra” como recuerda Santonja, y en los 60 fueron años de arduo aprendizaje: Gloria empezó a tener hijos, y pasa temporadas en París y conoce a Jaime de Armiñan, y Carmen tiene su primer papel de actriz haciendo de paralítica en la Obra Maestra de Marco Ferreri, El Cochecito. Musicalmente empiezan sus coqueteos con el rock (Fats Domino, Bill Halley (“el del caracolillo”), y los Rolling, pero también la clásica como Hindermith o Chopin . Eran de pico fino, y en un pasaje del libro dice Carmen: “Siempre me cabreará un tipo de música, de pintura, de gente…mediocre”.

Otra curiosidad es de donde salió el nombre de Vainica Doble, y surgió después de barajar algunos apodos tipo “Las alegres comadres de Aravaca” o “Pastel de manzana”, y después de pasar por diferentes temáticas, llegan a las labores, y ¡zas!, se quedaron con Vainica Doble, que ejemplifica muy bien esa dualidad entre lo popular y lo culto que siempre se ha podido rastrear en la orografía vainiquera.

Vainica Doble siempre estuvieron bien arropadas por gente que sabía muy bien que podían aportarles y qué podían aportar ellas para sí, de esta manera, crear ese mundo tan poético. De Armiñan (cuñado de Carmen) ya hemos hablado, Borau, Chávarri, pero otro personaje esencial en la estética vainiquera es Ivan Zulueta, que las contrató para poner música a su largo “1, 2, 3, al escondite inglés”, y además firma la pintura que ilustra la portada de su primer disco “Vainica Doble” editado en 1971 por Ópalo.

A partir de aquí, y después de que el dúo repasa someramente sus colaboraciones para televisión, Fernando Marquez revisa con ellas los discos que fueron grabando en un apartado que se extiende, en esta nueva edición del libro, para dar voz a trabajos como “Carbono 14”, un disco para Márquez cree carente de sentido, “una morbidez circense” dice, a mayor gloria de colaboraciones como las de Miguel Bosé o Alejandro Sanz. Pero el final de la carrera de las Vainicas fue esplendoroso: “En Familia” (2000, Elefant) hace justicia a una carrera musical y vital que “nunca estará de moda porque huelen a como esas canciones suyas que tan cuidadosamente envuelven, sin ocultarla, la amargura” (Jaime Chavarri dixit). La vida con la música de las Vainicas es menos gris.

En este pequeño homenaje hemos pedido a algunos artistas que elijan su canción vainiquera favorita. Aquí está el resultado.

Charlie Mysterio

“Dime Félix” (del disco “Vainica Doble, Ópalo, 1971)

 

Tardé en descubrir Dime, Félix, joya acústica a dos voces y guitarras, escondida entre los surcos de esa obra maestra absoluta que es el debut de Vainica (justo ahora es reeditado, para alegría de quienes nunca tuvimos la cotizada y prohibida original de Ópalo, Munster/Vampisoul). Juan de Pablos la emitió alguna vez, pero siempre daba prioridad a la Habanera o al Caramelo, que eran dos temas fetiches de siempre en “Flor de Pasión» y que sonaban religiosamente en algún momento del año. Félix llegaba en cuentagotas…

Tuve que esperar a la edición de Ramalama en CD; una feliz tarde veraniega la vi finalmente anunciada en el Ruta 66, en una magnífica reseña de Fernando Gegúndez (o tal vez de Jaime Gonzalo, otro divino preescriptor).

Fue en la no menos mítica Escridiscos donde la adquirí ese gélido formato que aunque digital y envasado al vacío me supo a Gloria (&Santonja).

La deliciosa agridulce canción del gato aparece tras la mítica inicial “Caramelo de Limón», un segundo lugar de honor. ¡Menudo primer LP! Como su predecesora y todas las posteriores, me hechizó a la primera. Pues ese disco no tiene desperdicio alguno, ni tan siquiera sus extras.

El arranque musical es muy “Suzanne” de Leonard Cohen; la letra ya es otro cantar (y coser).

Las Vainicas (al igual que Lolo Rico, que tristemente nos deja ahora más huérfanos de lo que estábamos) destilan -marca de la casa- magia, frescura, veneno, humor negro, ensoñación, lirismo, costumbrismo y mordaz crítica social a dosis iguales.  Alquimia perfecta.  No hay nada ñoño, ni moralina, ni ideologías. Puro divertimento y sentimiento.

La vida cotidiana de hoy continúa siendo tan gris y desesperante como la peor de 1970 que aquí queda retratada con precisión de relojero y genialidad cervantina.

Con sus pequeñas y resignadas vidas, horarios absurdos, injusticias y, lo peor de todo, hipocresía.

Pero como en todas las canciones vainiqueras, refraneros y fábulas siempre se encierra la moraleja y llega el sempiterno castigo. Personalmente relaciono “Dime, Félix” con aquellas geniales y despiadadas viñetas del alemán Wilhelm Busch que por motivos familiares leí de infante (aún lo hago), y me dejaron esa profunda huella zuluetesca. Busch posee algo de nuestro ilustrador Calleja, al que también citan Vainica, como es menester.

Félix, villano universal, será en algún momento ajusticiado pues el pobrecito Micifuz nunca nos hizo nada…

Abel Hernández (El Hijo)

“Amigo mío del alma” / “El tigre del Guadarrama” (de los discos “El Eslabón Perdido, Guimbarda, 1980/ “El Tigre Del Guadarrama”, Guimbarda, 1981)

 

 Me ocurre algo con Vainica Doble: aunque soy muy fan de casi todo lo suyo, mucho de lo que más me emociona resulta que recicla la historia y la tradición, parte de sampleos y se relaciona con lo de otros músicos. Me ocurre con dos de mis favoritas: “Amigo mío del alma” (donde ponen su música al anónimo villancico castellano) y “El tigre del Guadarrama” (donde escriben sus prodigios sobre el Preludio en Mi menor Op. 28, Nº 4 de Chopin que también usaran Gainsbourg en “Jane B.” y Jobim en “Insensatez”). Y, mira tú por dónde, las dos juntitas forman un díptico sobre Eros y Tánatos a la insólita y hechicera manera vainiquiana.

Gonzalo Fuster (El Ser Humano)

“Alas De Algodón” (del disco “El Eslabón Perdido, Guimbarda, 1980)

 

Para mí, Vainica Doble son mayores referentes que Elvis, Cervantes o Mozart. Muchas veces caigo en la cuenta de lo afortunado que soy por haber coincidido con ellas en el mismo siglo y pertenecer a la misma especie animal.

Y me he esforzado mucho por saber qué canción de Vainica es mi favorita. De hecho, varío cada lustro, aproximadamente. Ahora me debato entre «El tigre…» y «Alas de Algodón». Hoy toca «Alas». Es una canción extraña de Vainica Doble, una de esas poquísimas que hicieron con estructura regular, con estrofa y estribillo de libro, sin cambios inesperados ni puentes.

Pero bueno, voy a centrarme, lo que más disfruto de «Alas» es el incansable fraseo de Gloria y las contestaciones entre ambas en el desenlace, esas tres «bajo la mirada…».

Con los Guru Zakún Kinkones (Alberto Montero, Paco Tamarit, Juanjo Frontera y yo) la versioneamos y confieso que hasta el día del concierto nunca puedo acabar de cantarla, siempre me derrumbo en la última estrofa, y no es para menos.

Fernando de la Flor (Ofrenda Floral)

“Déjame Vivir Con Alegria” (del disco “Contracorriente, Movieplay, 1976)

 

Casi siempre escribo desde el recuerdo. Ahí reside la maldición del melancólico. Su pasado es más intenso que su presente. Y así de vivo tengo el recuerdo ver tocar a Nacho Vegas “Déjame vivir con alegría” en una fiesta aniversario del bar La Plaza en Xixón y al escucharla “ponérseme” la “gallina en piel” como decía Johan Cruyff.

Tengo vivo el recuerdo de comprar un libro de Vainica Doble en una feria del libro, también en Xixón, durante la Semana Negra de 2016. Recuerdo bien ese verano por cuestiones que poco tienen que ver con Vainica Doble. Voy a buscar el libro. Aquí está: Ediciones Júcar, formato bolsillo, portada verde. Gloria van Aerssen y Carmen Santonja sonríen bajo la sombra de un árbol. Cañas de pescar y un cesto de mimbre apuntalan la imagen. Pocos lugares son tan seguros y confortables como una sombra. Los tesoros más valiosos se encuentran en lo sencillo y primario y ellas los sabían bien. El libro lo firma Fernando Márquez. Voy a googlearlo: “Fernando Márquez”. El primer resultado que me aparece es Fernando Márquez Chinchilla “El Zurdo”. Investigo un poco más y efectivamente, “El Zurdo” es el autor del libro. No tenía ni idea. Y por supuesto no he leído el libro. Ya solo leo memes.

Cathy Claret 

“Quiero Tu Nombre Olvidar” (del disco “En Familia, Elefant, 2000)

 

Vainica Doble es un grupo al que vuelvo siempre. Me fascinan las historias que hay detrás de la música, la singularidad y la peculiaridad de los grupos con historias diferentes, pero que los locos de la música sabemos que fueron importantes. Su libertad artística y su atemporalidad es lo que mas me llama la atención, y hay pocas canciones y grupos que perduran y aguantan el paso el tiempo con tanta dignidad. En este reducido grupos de elegidas también se encuentran mis adoradas Las Grecas (tuvieron éxito comercial pero cada día se hacen mas grandes al memos para mi, y no paso ni un día sin escucharlas) y a Vainica les pasa un poco lo mismo, que no paran de crecer con el tiempo eso quiere decir que eran una adelantadas.

Elegí la canción «Quiero tu nombre olvidar» por las letras que son sublimes, incluso podrían ser un texto sin música. Y ademas esta canción me regalo escuchándola en boca de mi admirada Carmen Linares por bulerías.

Una canción de Vainica Doble por bulerías. Grande.

Miguel Atienza (La Fonoteca)

“El Tigre del Guadarrama” (del disco “El Tigre del Guadarrama”, Guimbarda, 1981)

 

A mí con las Vainica me pasó lo mismo que comenta Teresa Iturrioz en los textos añadidos a la reedición del libro de Fernando Marquez, no fue un amor a primera escucha. Me parecían unas señoras muy poco modernas con un lenguaje desfasado, pero a través de escuchar a otros grupos y las constantes reivindicaciones a su obra sabía que antes o después entraría y recuerdo perfectamente que el flechazo definitivo fue con ‘El Tigre de Guadarrama’. En este tema que cierra su disco del mismo nombre de 1981 se describe con todo lujo de detalles naífs el suicidio de una mujer tirándose por un barranco ante la indiferencia de los excursionistas todo sobre un Preludio de Chopin en lo que para mi es una de las cumbres del pop en castellano.

Manuel Moreno (Libros Walden)

“Oh Jesús” (Single de Navidad 1972)

 

«Oh! Jesús”: ¿Cómo puede ser moderno un villancico, psicodélico, transgresor y a la vez pegadizo y respetuoso? ¿Cómo puede ser de iglesia y a la vez de fiesta pagana? ¿Cómo puede emocionar, tocarte la patatita, aunque no creas en Jesús, ni en Dios o te de igual la Navidad? ¿Cómo podían ser Vainica Doble un grupo tan especial, tan entrañable, tan cercano pero a la vez elevado por encima de todos los demás? ¿Cómo podían estas señoras hacerlo mejor que cualquier otro? ¿Cómo es que esta preciosidad no está en todas las listas de mejores canciones de la historia? “Oh! Jesús”, despiértame si en sueños lloro.

Jorge Pérez (Tórtel)

“Elegía Al Jardín De Mi Abuela Con Una Dedicatoria Y Un Suspiro” (del disco “Heliotropo, Ariola, 1973)

 

Probablemente la primera vez que escuché esta canción fue hace ya más de treinta años. Entonces ya me atrapó: sonaba a canción infantil, pero ya sabía por entonces que no era para niños.

Vinculamos un montón de canciones a recuerdos y uno al final no sabe si aquella canción era tan buena o la hace buena todo lo que irremediablemente va unido a los recuerdos que activan su escucha.

Sin embargo esta canción ha ido cobrando para mí significados y emociones distintas y muchísimo más intensas con los años. ‘ Elegía al jardin…’ ha ido cambiando en mi memoria, y cada vez suena más mágica y perfecta, como un corazón que late en cuerpo ajeno.

Roberto Martín (Uke)

“Un Metro Cuadrado” (del single editado en 1970)

 

Elegir una canción de Vainica Doble es muy difícil con un repertorio tan absolutamente moderno, cósmico e inteligente. Cada canción tiene una doble lectura, un juego de palabras y una producción increíble, todo en ellas era mágico. Por eso recurro al anecdotario personal y una canción que me marcó: «Un metro cuadrado». En 1998 conocí a los pintores Rubenimichi, en esa época preparaban un cuadro para una exposición colectiva que estaba preparando en el círculo de bellas artes de Madrid donde participaban un montón de artistas. El día de la inauguración conocí a Carmen y a Gloria y por este motivo esta canción siempre me ha parecido especial, por conocerlas y por una época completamente loca.

Don The Tiger

“Cartas De Amor” (del disco “El Tigre Del Guadarrama, Guimbarda, 1981)

 

«El tigre del Guadarrama» fue el primer disco de las Vainica que cayó en mis manos, y aunque la homónima sea unas de mis canciones favoritas -de las pocas que me hacen llorar cada vez que las escucho-, es «Cartas de amor» la que en su día más descuajeringó mis esquemas. La canción tiene mucho de lo que a los 16 detestaba: limpísimos punteos de guitarra, sección de cuerda empalagosa, saxo con reverb, aires a Rosa León, absurdo desgañite vocal final… Pero algo que todavía soy incapaz de concretar, algo probablemente relacionado con la obstinación con la que Gloria y Carmen cantan los versos, me llevó a caer rendido a sus pies. Tras el flechazo me dejé de tonterías y automáticamente se me abrieron millones de puertas. ¿Hubiera caído en las redes de, yo qué sé, Durutti Column, Esclarecidos o Incredible String Band de no haber sido por esta canción? Pues seguramente no

Kepa Arbizu (crítico musical)

“El Duelo” ((del disco “El Tigre Del Guadarrama, Guimbarda, 1981)

 

 

Los años ochenta también fueron conquistados por Vainica Doble, en parte gracias a discos como “El tigre del Guadarrama”. Un álbum que, entre otros, escondía uno de los temas más trágicos y bellos de su carrera. Ni la dulzura de sus voces ni el pop-folk evocador evitan que “El duelo” sea un retrato sobre la vil condición humana, siempre proclive a la codicia antes que a la bondad.

Alberto Montero

“Coplas Del Iconoclasta Enamorado” ( del disco “Heliotropo, Ariola, 1973)

“Coplas del iconoclasta enamorado” contiene la esencia de Vainica Doble. En la música reposa esa musicalidad del dúo, que mezcla tradición clásica con la primavera de la música popular. Una melodía principal en la maravillosa voz de Gloria van Aerssen a la que se le va entrelazando la voz de Carmen Santonja en piruetas armónicas deliciosas. Y en cuanto a la letra, es una muestra perfecta de esa mezcla de mala leche y naïf tan común en su discografía. Carmen la escribió como crítica a los que son capaces de acabar con lo realmente valioso de la vida por un amor. Gloria era más romántica y siempre la cantó pensando que era una oda al amor, la historia de alguien que por amor sería capaz de cualquier cosa. Un final perfecto para su disco más perfecto.

Lolo González Molinier ( Hazte Lapón)

“Coplas Del Iconoclasta Enamorado” ( del disco “Heliotropo, Ariola, 1973)

Mi relación con Vainica Doble, como la de todos los de mi generación, es muy antigua; tanto como el candoroso recuerdo de aquella sintonía de “Con las manos en la masa” que venía a continuación de la programación infantil matutina de la televisión española, aún en aquel viejo mundo apunto de desparecer en que solo existían dos canales. A “Coplas del iconoclasta enamorado”, sin embargo, llegué más tarde, cuando pude escuchar entero su disco más emblemático, “Heliotropo”. La última canción de aquel disco dejó una honda impresión en mi joven y afectado yo veinteañero. La combinación de clasicismo y chanza, su piano ceremonial, que avanza como el traqueteo de un viejo tren, las cuerdas que acompañan a las intrincadas armonías vocales o las chispeantes onomatopeyas que aparecen aquí y allá, no hacen sino ensalzar la brillantez de una letra de humor muy negro sobre un hombre capaz de hacer todo tipo de crueldades por amor. Esa habilidad que tenían las alegres comadres de Aravaca de hacerte reír a la vez que te perturbaban o entristecían ha quedado como la horma con que construir un tipo de canciones sarcásticas y agridulces, cuyo patrón se puede rastrear en “El hospital” de Carlos Berlanga, en “Son los padres” de Astrud, en “Posponías” de Single, en “Flora Rostrobruno” de Parade, en “Mengele y el amor” de Klaus & Kinski o en “Los esqueletos” de Espanto. Tampoco es ningún secreto que es allí donde pusimos la mirada cuando hicimos canciones como “Copla de amor del perro de Pavlov”, “Tanatorios” o “Durmiendo con el enemigo (nana del amor ambivalente)”, porque es posible afirmar que, sin Vainica Doble, este tipo de canciones no existirían o, como mínimo, serían de otra manera.

 

Fino Oyonarte

 “Sígueme” (del disco “Taquicardia”, Nuevos Medios, 1984)

 

No conozco en profundidad a Vainica Doble pero aunque siempre se les ha reconocido por su costumbrismo, ironía, surrealismo y feminismo en las letras y por su orquestación poco convencional me decanto hoy por “Sígueme” de su álbum “Taquicardia”.

Melancólica y bella canción con instrumentación sencilla de piano, guitarra, bajo y un sintetizador en el estribillo muy evocador.

A modo de anécdota: Los Enemigos tocamos bajo el pseudónimo de Boinica Doble en el Agapo en 1986. Era habitual que nos cambiáramos de nombre para no quemar el de Los Enemigos tocando versiones de clásicos (Buddy Holly, Humble Pie, Flaming Groovies... en diferentes clubes de Madrid, sobre todo.

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