Taj Mahal Trio (Gran Teatro) Córdoba 11/07/16

Fotos Raisa McArtney

Las raíces marcan. Para casi todo en la vida, cuando te topas con un hecho fundamental o una persona que te recuerda quién eres y de dónde vienes a través de palabras, hechos o recuerdos, descubres que solo somos la suma de todas ellas, de esas raíces que resurgen en una conversación, un paisaje, una canción. Sabemos que están ahí y que pueden despertar en cualquier momento, muchas veces anulando tu capacidad de sorpresa y dejando tu alma a la intemperie, a merced de los elementos externos, nuevamente permeable a otros aromas, entornos y sonidos. Pese a todo, la esencia permanece, y vuelves a ser consciente de que estará ahí para quedarse eternamente.

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Aprendiendo de los maestros, asistes a un concierto de blues (a priori, solo eso) con la lección bien aprendida. Imaginas que estás sentado en la ribera del Mississippi, bien provisto de la ración diaria de viandas y líquidos espirituosos, y que en tu delirio nocturno se manifiestan ante ti los fantasmas, bien vivos y armando gresca, de Howlin’ Wolf, T-Bone Walker, Son House, y quieres que el mundo se acabe definitivamente. En medio de tanta alucinación, el viejo profesor Henry Saint Clair Fredericks, rodeado por dos admiradores convertidos en discípulos, presenta la penúltima ceremonia de la música afroamericana. Por sus venas corre sangre neoyorquina y al árbol más vetusto de su jardín le dan vida savias procedentes del Caribe, de Asia, de Hawai y de los puntos más australes del globo. Sus viejas enseñanzas se han embebido de la sabiduría popular de un cuerpo de setenta y cuatro años que revolucionó a su manera la corriente bienpensante del blues de guante blanco (o negro, más bien) que asociaba el sentimiento de unas voces ancestrales a una impermeabilidad que lo desproveyó de un mayor atractivo a lo largo de los años. Él y nadie más que él supo cotejar sus enormes conocimientos y meterlos en cintura en más de cuarenta discos grabados, solo o en compañía de otros, al servicio de una obra enciclopédica y referencial en la que el sentido de lo rural cobra una dimensión desconocida al filtrarse en lenguajes más complejos, entiéndase como tal el zydeco, el calypso, el reggae y otras aguas como fuentes y corrientes de retroalimentación. Las raíces, otra vez.

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Taj Mahal, el nombre que adoptó cuando la pasión por la cultura hindú inundaba sus años académicos, no es solo una leyenda viva del blues en su acepción más amplia. También es un hombre y una personalidad enormemente sabios, que ha reducido para esta gira su formación al esqueleto de trío, con un excelso Bill Rich al bajo y un cronométrico Kester Smith a la batería, se muestra como el músico completo que siempre fue, y combina guitarras que suenan a campo con armónicas salvajes, banjos omnipotentes, mandolinas esqueléticas y pianos juguetones para desglosar su diccionario de términos adyacentes y ronronear con la audiencia en un español adquirido rudimentariamente en sus variadas estancias en nuestro país. Presenta a su deliciosa “Señorita Marrón” en “Good morning Miss Brown”, extendiendo el saludo inicial a su otra chica en “Good morning little schoolgirl”, y luego se va a trabajar al muelle, a empujar su viejo buque en “Working on the push boat” y seguir remedando los himnos de jazz de arrabal, de los que también entiende un rato, no en vano ha sentado cátedra en la materia no solo en los escenarios sino en las aulas. Al principio de esta clase se centra en el temario base, con “Fishin’ blues”, “Queen Bee” o “Little brown dog” como unidades de repaso fundamental, marcadas al ritmo de sus propios pies e impartidas con los recursos básicos que nunca necesitaron material extra alguno.

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Son mayormente reconocibles las coquetas palabras que dedica por enésima vez a “Corinna” y el maridaje con otros padrinos del género en “See see rider”, y así, con palmas y leves movimientos de cabeza, desborda el groove que lleva implícito desde la cinta de su sombrero hasta la suela de sus zapatos y guiña el ojo a un Gran Teatro de Córdoba que se enorgullece de albergar durante un par de horas a los protagonistas de uno de los mejores conciertos que se recuerdan en este 36º Festival de la Guitarra del que la ciudad puede sentirse más que orgullosa. No son los años los que pesan, ni los kilos, sino el sentimiento. El conmovedor y mágico sentimiento de sentirte parte de una leyenda durante unos instantes.

 

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