Bruce Springsteen – High Hopes (Sony / Columbia)

Es muy divertido ver cómo cambia el léxico de la crítica en cuanto un músico de más o menos entidad se instala más allá de la frontera de la tercera edad. Lo que a otro le escupiríamos sin miramientos, al músico veterano se lo tragamos con buena cara. Lo que por otro reservaríamos fecha en la plaza para escarnio público, por el músico curtido lo hacemos para montar una fiesta. Lo que para unos sería mediocre, una broma o simplemente una mierda, para otros es un disco meritorio, un regreso digno o, en los casos más risible, una buena noticia. De esas que salen ahora en la tele pública. Como si ya fuera una suerte que el protagonista no se hubiera drogado lo suficiente como para no llegar a su edad. No necesitamos el buenismo en la crítica.

Bruce Springsteen cumplirá los 65 este año. Ya ha superado ese límite invisible del que hablaba antes. Así que, a partir de ahora, a no ser que pierda la cabeza, le toca recibir alabanzas o críticas de gomaespuma. High Hopes, su decimoctavo disco, es uno de esos casos en los que basta con poner el dedo encima del nombre en la portada para imaginar lo que diríamos de él si no fuera del Boss. Concebido como algo que sólo puede concebir un músico de su trayectoria, High Hopes hace aguas en lo que Springsteen es el mejor: la coherencia narrativa y creativa de sus discos. Todo se va al traste desde el mismo momento en que la colección está hecha a retazos, sin más hilo conductor que el de regrabar descartes de trabajos anteriores y versionarse a él mismo y a los demás.

High Hopes tiene toda la cara de capricho, de traje hortera que sólo se pueden permitir músicos de la talla de Springsteen. El viraje pomposo de este disco no se apreciaba ni siquiera en Working on a Dream (2009), seguramente su peor disco en este siglo; y la cosa chirría aún más si tenemos en cuenta que Wrecking Ball (2012), sin ser un gran trabajo, sí parecía recuperar la figura reciente del Springsteen auténtico de Devils & Dust (2005) y The Rising (2002). No se puede culpar al productor de Sixpence None The Richer, Ron Aniello, de arruinar las canciones, porque ya participó en su anterior referencia; pero lo cierto es que hay un exceso de producción que, capa a capa, acaba por convertir algunas canciones en karaokes asiáticos de Bruce Springsteen. Abochorna el exceso en la mano de pintura de “High hopes”, “Heaven´s wall” o “Harry´s place” que, para ser un descarte de The Rising, parece producida ad hoc para Luz de Luna o Miami Vice.

Con todo, High Hopes ofrece una heroica sensación de supervivencia a pesar de todo, aunque sea por pura inercia. Entre Springsteen haciendo de Springsteen (“American skin (41 shots)”) y la insustancialidad de versiones propias (“Heaven´s wall”, “Down in the hole”) y ajenas (“Just like fire would”, de The Saints), destacan algunas perlas concentradas en el último tramo del disco. “Hunter of invisible game” escapa de la quema barroca por muy poco y se revela como la mejor canción del disco; un medio tiempo de ciudades desiertas, oscuridad y esperanza que casi perece hacia el final. Lo mismo ocurre con la intensa “The wall”. Da la sensación de que volver a grabar “The ghost of Tom Joad” con Tom Morello, que pone su guitarra en gran parte del disco y aquí también su voz, no era del todo necesario; aún así, y a pesar de que en algún momento a Morello se le escapa la guitarra de sus Rage Against the Machine, sí llega, por fin, a donde parece que Springsteen quería llegar con este disco: la actualización y/o modernización de su sonido. La última oportunidad para reconciliarse con el Boss llega en la canción que cierra la colección: Springsteen versionando a Suicide. Es un órdago, más que a la grande, a lo bestia. Durante cinco minutos se hace con “Dream baby dream”, single del dúo en el 79, y consigue cerrar el disco con la sensación de que el viaje ha valido la pena. Aunque en realidad no.

El profesor Antonio Escohotado decía que se granjean grandes cantidades de dolor cuando uno confunde la valentía con la temeridad. No es conveniente. Lo mismo ocurre cuando uno confunde el respeto con la morbidez crítica. A Springsteen hay que respetarlo como músico por lo que ha hecho, y por eso mismo se le puede exigir discos mucho mejores que High Hopes, es una realidad.

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