Click ‘n Roll, Fotos Icónicas (VI): A Bowie no le llames Ziggy, llámale Aladdin

“Hacer las Américas”: Dícese del punto de inflexión en el que pasas de tener éxito a nivel nacional para convertirte en una megaestrella planetaria del rock con aura de superhéroe de cómic.

Si existiese el DRAB (Diccionario de la Real Academia Bowieana), esta podría ser una definición ajustada de la crucial gira de David Bowie por los States en 1972. Son muchos y muy importantes los puntos de no retorno originados a ráiz de dicho tour americano, ya sean, para bien, para mal o para banal. Uno de los resultantes fue la portada del álbum Aladdin Sane, que estalló, cuál rayo invertido, desde la más mundana cotidianeidad hasta el olimpo de la cultura pop, sentado a la derecha de Warhol.

Tras el lanzamiento en junio de 1972 de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, David Bowie era uno de los artistas más idolatrados en UK, siendo, además, uno de los abanderados de la vanguardia musical con sus arriesgadas encarnaciones. Aprovechando la inercia de la fama obtenida en las islas, era el turno de cruzar el atlántico y tratar de ganarse a la compleja audiencia americana.

La experiencia, sin ser para nada un fracaso, flojeó en algunas áreas, principalmente en el centro, donde la ambiguedad sexual arqueó más de una ceja redneck. Será precisamente esa dualidad de sensaciones la que deje uno de los posos que marcará el futuro más cercano. Además, su propuesta glam rock, tan candente en UK, se dio de bruces con el rock más contundente tipo Led Zeppelin o Rolling Stones, que reinaba en las radios de Norteamérica.

No obstante, la influencia de la cultura americana daría sus frutos, ya que la mayoría de las canciones que formarán el siguiente LP fueron compuestas on the road. En ellas se reflejan las percepciones e impresiones que les iba dejando el país, de hecho, en cada corte se referencia, de una manera u otra, la ciudad norteamericana donde fue concebida. El agotador ritmo de la gira -29 citas en poca más de dos meses-, provocaría también la inclusión de la cocaína en la dieta del cantante, quien confesaría que en aquellos días su alimentación se basaba en leche con vitaminas y mucha cocaína.

Con las alforjas llenas de ideas, a principios de 1973 se dispusieron a grabar el sexto álbum de estudio, pero el primero desde la cómoda posición del estrellato. Bowie, siempre astuto y decidido, encauzó el concepto del álbum en función de las lecciones aprendidas en USA, por lo que Aladdin Sane (juego de palabras: A lad Insane) suena mucho más contundente que sus trabajos anteriores. La influencia del rock, a lo Rolling Stones, es innegable. Para algunos, es un homenaje a sus admiradas satánicas majestades, mientras que para otros es un claro corta y pega de riffs y parafernalia rockera para ganarse definitivamente al público americano. Sea o como fuere, lo consiguió.

El americanismo y los cambios vertiginosos que estaban aconteciendo llevaron al artista a adentrarse en una nueva fase, por lo que Ziggy empezaba a tambalearse. Sin embargo, más que destronado fue actualizado para la ocasión, resultando un personaje menos definido que el anterior. Como el propio artista diría, la nueva encarnación de Aladdin Sane podría resumirse como “Ziggy se va a América”. Adiós espacio exterior, bienvenido Mr. Mainstream.

Tony Defries, agente de Bowie por entonces, quería realizar una sesión fotográfica por todo lo alto para presionar a RCA. Quería que la discográfica se rascase el bolsillo e hiciese una fuerte inversión y promoción del nuevo álbum, acorde a la nueva imagen de la incipiente megaestrella.

El encargado de realizar tal acometido fue el excéntrico Brian Duffy, quien junto a David Bailey y Terrence Donovan, eran la Santísima Trinidad de cámaras del Swinging Sixties. Su importancia como fotógrafo de moda y su capacidad para hacer de lo mundano algo fascinante y vendible fueron claves en su elección.

La idea principal del rayo partió de la idolatría que Bowie profesaba a Elvis Presley. El Rey, haciendo de Rey, paseaba con orgullo un lustroso anillo con las iniciales TCB (Take care of business) flanqueadas por dos rayos. La misma simbología era también visible en la cola del jet privado del de Tupelo.

No obstante, según el propio artista, el significado más profundo está conectado a las sensaciones encontradas que el cantante había sentido en el tour americano. Sentimiento acrecentado por el conocimiento, en esos días, de que su hermano Terry sufría de esquizofrenia. El rayo simboliza perfectamente esa dualidad cruzando el rostro del cantante.

Pero de vuelta a la superficialidad terrenal, el resultado responde también a la más pura cotidianeidad. Una olla de la marca panasonic que había en el estudio sirvió de inspiración para dar forma y colorido del rayo que finalmente apareció en la portada.

Cuenta el fotógrafo, como el maquillador empezó a pintar un rayo de manera muy minuciosa que no era del todo de su agrado, por lo que él mismo, dejó la cámara a un lado, agarró la pintura y trazó el rayo definitivo en un segundo. Acto seguido, el maquillador, lo rellenó con pintalabios rojo otorgándole esa brillantez tan peculiar. Necesaria mención al maquillador Pierre La Roche, figura clave en el desarrollo del glam rock. Dejó también su huella en Ziggy, en los Stones y en la maravillosa The Rocky Horror Picture Show.

La foto seleccionada no era precisamente la que Duffy estaba buscando, ya que insistió a Bowie para que posase de perfil con la intención de acentuar el símbolo del rayo. Finalmente, eligió una de las pocas en las que posaba de frente, priorizando la introspección que otorga la cabeza un poco agachada con los ojos cerrados, que contrasta a la perfección con el suntuoso maquillaje.

Una de las aportaciones que se hicieron en la edición posterior a la sesión de fotos fue el añadido de la lágrima bajo la clavícula, idea también del fotógrafo para hacer más hincapié en la dramatización. Philip Castle fue el encargado de añadir la gota, además de pintar con aerosol la parte del cuerpo de Bowie para darle ese tono futurista. Tras pasar por varios procesos de secado y retoque, la imagen posee esa ambiguadad bowieana que nos lleva a no saber si es una fotografía o una pintura, y es, además, el album cover más costoso hasta la fecha.

“La Mona Lisa de las portadas”, así de rotundo fue Mick McCann, periodista de The Guardian, cuando el álbum vio la luz. No fue el único. El impacto causado, tanto por la música como por la imagen, hacen de Aladdin Sane un artefacto redondo, en el que cuesta discernir cuál de los dos aspectos ha sido más influyente. Sin duda, el legado del simbolismo ha calado muy hondo en la cultura contemporánea hasta convertirse en un elemento imitado por numerosos artistas y celebridades.

Brian Duffy continuó colaborando con el Duque Blanco y siendo un referente de la fotografía hasta 1979, año en el que, hastiado de la vorágine de ese mundillo, decidió romper con todo llegando a quemar muchos de sus negativos.

Aladdin Sane, el personaje, tuvo también una vida poco duradera, ya que a pesar de la buena recepción de su nueva persona, Bowie siguió su camaleónico camino de reinvenciones y decidió, al final de la gira de 1973, acabar con el personaje de Ziggy y su secuela americanizada. Además, a pesar de crear una imagen tan icónica, el artista nunca volvió a enfundarse el rayo, ni en directo, ni en ninguna otra aparición.

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