Parade – Demasiado Humano (Jabalina Música)

Ocho discos y una carrera más que seria tras de sí avalan esta decimoprimera aventura en la trayectoria del gran Antonio Galvañ, un álbum en el que la vuelta a los orígenes y al espíritu original que animó su ingreso en el lado alternativo del pop español equilibra otros insertos igualmente interesantes e igual de válidos para adornar su propuesta. El murciano sabe utilizar los sintetizadores y esos extraños juguetes que otros músicos llaman cajas de ritmos y que él parece revertir y reinterpretar con cada tema que compone. La imperfección, según sus propias palabras, es lo que hace encantador este y el resto de trabajos a su nombre, y a ella remite la base compositiva de Demasiado Humano, una especie de tratado sobre cómo utilizar las máquinas para contar historias cada vez más terrenales, repletas como siempre de una serie de personajes únicos e inclasificables que pueblan las historias cotidianas y mágicas a la vez de Parade, el alter ego del músico bajo el que sigue firmando su obra discográfica. Nada nuevo pero en absoluto lejano en interés.

Alejándose del tono acústico que iban cobrando sus más recientes entregas, apenas se rodea para la ocasión de las guitarras de Eduardo Piqueras y los coros de María Galvañ en el último tema, “Bizcochos”, precisamente el más oscuro de la última hornada, con una onda a lo Vangelis más que acusada y bastante sorprendente. No es la única veta por la que se cuelan soplos de aire algo más fresco, porque en “El ritmo escarlata” conviven el techno-pop de cierta sofisticación con el arrebato rumbero de Gato Pérez, siempre sin salirse del lo-fi consciente de sus formas, por muy contradictorio que parezca. Tampoco podemos olvidar la gran pasión del autor, el pop de los sesenta y los coquetos arreglos vocales que caracterizaban parte de su producción, y en esa inclinación es normal que le salgan cosas como “Traedme la cabeza de Philip K. Dick” (cualquiera mataría por pergeñar un título como ese), imbuida de un incipiente hilo de surf, o como “Láser”, una incursión en toda regla en la disco music ochentera, esa horterada que ahora escuchamos con repelús y cierto orgullo. Por ahí van los tiros, solo que de forma totalmente hilarante, de “Carteristas de tanatorio” (otro título glorioso), en la que nos cuenta una historia que puede ser calificada de todo menos de disparate. Incluso se arrima a las faldas del bolero, la parte latina que siempre ha latido detrás de su básica anatomía sonora, en “Caballeros del tuntún”, y al chachachá –siempre adaptado a sus maneras y tamizado por su cacharrería- en “El ritmo escarlata”. Todo ello nos manda señales inequívocas de que no debemos quedarnos en la superficie y de que si escarbamos un poco en las canciones descubriremos a una mente y unas manos inquietas y mucho más puestas al día de lo que parece. Y si no, cojamos un tema como “Cementerio nuclear” (maravilloso piano) y pensemos en todo lo que encierra bajo su disfraz de modernidad despreocupada. Telita.

Este es un disco hermoso y entrañable, pero sobre todo profundamente imaginativo. No ya por los citados títulos de asociaciones imposibles (“Johnny Ramone, agente del KGB”, ahí va eso), sino por la variedad de visiones que encierra un sonido unívoco y nada fácil de conseguir como marca de fábrica, algo que Parade ha logrado a través de un oficio tan respetable como el de creador de canciones. Además, la cosa está trufada de homenajes nada evidentes, de ahí su mérito, a cineastas, literatos y músicos que conforman su bien nutrida lista de referentes. A su vez, él ya lo es, aunque no parezca ser consciente de ello.

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