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Visor Fest (Auditorio Julio Iglesias) Benidorm 02 y 03/11/18

Visor Fest surge en Benidorm con un objetivo muy claro por parte de sus responsables: recuperar el espíritu de los festivales de los 90, cuando disfrutar de la música en directo era el principal (y casi único) motivador de los mismos. Para ello seleccionaron un cartel de lo más apetecible, con evidente preferencia por las décadas de los 80 y (sobre todo) los 90, pero contratando únicamente a formaciones que, a día de hoy, continúan siendo portadores de un interés artístico evidente. Una nómina de artistas por tanto que, lejos de encontrarse inmersos en el acomodo creativo, huyen del olor a naftalina y continúan luciendo tremendamente activos y vigentes tanto en estudio como subidos a un escenario. De hecho, algunos de ellos vienen ofreciendo en la actualidad la mejor versión en directo de toda su carrera, tal y como demostraron el pasado fin de semana a su paso por el céntrico Auditorio Julio Iglesias de la localidad alicantina.

El encargado de inaugurar el evento era Mark Burgess, presentando su actual versión de The Chameleons. Burgess es ya el único miembro original del grupo después del fallecimiento el año pasado del batería John Lever, y de ahí que hace tiempo que actualizase el nombre de la banda a The Chameleons Vox. En cualquier caso, el reencuentro con el grupo seminal del post-punk británico en los 80 resultó satisfactorio, ya que el vocalista mantiene intacta la fuerza y autenticidad de su interpretación, y ha sabido rodearse de una excelente banda capaz de tejer y soportar toda la densidad incluida en su obra. Los mancunianos firmaron una potente interpretación con preferencia por las atmósferas asfixiantes y los ambientes oscuros, además de dejar momentos tan destacados como “Monkeyland”, “Second Skin” o “View From A Hill”.

Si The Chameleons quedaron como uno de los grupos imprescindibles del post-punk, Ride hicieron lo propio ya en los 90 con el shoegazing. Además, la formación encabezada por Mark Gardener y Andy Bell regresó a escena definitivamente la pasada campaña, con la publicación de un disco tan aprovechable como fue Weather Diaries (2017), por lo que el interés ante su actuación estaba doblemente justificado. El cuarteto no decepcionó y ofreció un concierto impecable ya que, al hecho de poseer himnos del género tan importantes como “Vapour Trail”, “Leave Them All Behind” “OX4” o “Chelsea Girl” (ejerciendo como cierre heroico), habría que sumar la solidez ejecutiva de una banda engrasadísima y tremendamente centrada. Canciones extensas y desarrolladas con continuada intensidad, con tanta precisión que derivaron en un hipnotismo inesquivable. Sus noventa minutos fueron un goce ininterrumpido de distorsión, pedales y capas de brumosidad sonora, pero también de cómplices juegos de voces entre ambos líderes, y el despliegue glorioso de unas líneas melódicas tan insinuadas como irresistibles.

Pocas bandas tan apropiadas para dar continuidad al talante de la noche como unos The Jesus & Mary Chain que últimamente visitan nuestro país con frecuencia. Por eso ya se sabía de antemano que los hermanos Reid están en mejor forma que nunca sobre las tablas y, aún así, la apisonadora sonora en la que los escoceses convirtieron su actuación resultó sorprendente. Es difícil perder con un repertorio como el suyo, que en esta ocasión dejó canciones como “Some Candy Talking”, “Just Like Honey”, “Cracking Up” o “Head On”, apuntaladas además con piezas destacadas de su más reciente referencia Damage And Joy (2017), caso de “Amputation” o “All Things Must Pass”. Pero es que resulta que, una vez dejados atrás esos excesos que durante años dieron al traste con sus conciertos, la formación presentó una ejecución acongojante en potencia, peculiaridades y fidelidad. La banda británica tomó el testigo de Ride en las distorsiones y el desarrollo de capas de sonido, pero apuraron aún más y metieron una velocidad adicional para presumir de personalidad propia e influencia. Resulta además que Jim Reid está ahora espléndido en su papel de vocalista oscuro, frío y casi torturado, mientras que su hermano William toma un protagonismo principal capaz de someter con su guitarra a cualquier competidor. Suyo fue, en definitiva, el concierto más tenebroso y, sobre todo, afilado del festival.

Tras la actuación de The Jesus & Mary Chain, numeroso público decidió abandonar el recinto y sacrificar el guiño a la tierra delineado por los organizadores. Una apuesta que radicaba en la unión puntual de Megabeat e Interfront, otrora dos artistas innovadores dentro de la escena valenciana y ahora alejados del asunto. Su actuación conjunta fue anunciada como algo histórico con motivo del Visor Fest y, aunque vistosa y por momentos incluso chocante, en la práctica sólo el público local pareció entender (y asimilar) realmente la simbiosis. Una propuesta excéntrica (en ocasiones directamente chirriante) que seguramente tuvo como principal desenlace desempolvar algunos recuerdos, con base en la electrónica y claros ecos de aquella Ruta del Bakalao que dio fama a la comunidad en los 80. Tras ellos, el dúo Addictive TV ocupó su lugar tras los platos para alargar la fiesta de los más osados, y lo lograron tirando de temas clásicos enfundados en mash-ups, remixes y unas proyecciones ciertamente ensalzadoras.

La segunda jornada comenzaba las siete de la tarde con la presencia inexcusable de Ash, que llegaban con el recentísimo Islands (2018) bajo el brazo. Un álbum plagado de canciones inmediatas que a la postre protagonizaron buena parte del show ofrecido por el trío norirlandés. Temas como “True Story”, “Confessions In The Pool” o “Did Your Love Burn Out?” se hicieron enormes sobre el escenario, y compartieron protagonismo con clásicos inolvidables del tipo de “Kung Fu”, “Oh Yeah”, “Shinning Light”, “Goldfinger” o “A Life Less Ordinary”. Todos al amparo común de la potencia y el control mostrados en todo momento por el grupo, siempre a medio camino entre el power-pop y el indie-pop de guitarras que, en la bonita voz de Tim Wheeler, llevan veinticinco años facturando con solvencia. El virtuosismo a la cuerdas del propio Wheeler, la contundencia al bajo de Mark Hamilton, y la solvente batería de Rick McMurray marcaron la senda de un triunfo que rememoró algunos de los himnos juveniles más descarados de todos los 90. De hecho, el grupo terminó enlazando dos cortes como “Girl From Mars” y “Burn Baby Burn”, con los que subieron al cielo a todos los cuarentones que en ese momento copaban el recinto.

A priori daba un poco de miedo la presencia de una artista con propuesta tan delicada como es la de Cat Power, al amparo de un festival que no parece el marco más apropiado para acoger la música minuciosa y sentida de Chan Marshall. Y sin embargo (exceptuando al inevitable tonto de turno), el público se mostró respetuoso y concentrado durante los sesenta minutos en los que la de Atlanta estuvo sobre el escenario. En realidad la audiencia quedó fascinada con la presencia de la norteamericana, que publicaba hace solo unas semanas su (encantador) nuevo trabajo, Wanderer (2018). Acompañada de una elegante y minuciosa banda completa, Marshall demostró por qué es una de las songwriters femeninas más importantes de su generación, desprendiendo además ese luminoso carisma solo al alcance de las elegidas. Su maravillosa voz resultó un bálsamo, vertido desde un escenario que ella misma llenaba con la interpretación detallada de cada una de las elegidas, con especial mención para “Manhattan”, “Me Voy”, “Good Woman” o la versión del “These Days” de Jackson Browne unida con “Song To Bobby”. Resultó reconfortante comprobar cómo la artista ha dejado atrás problemas personales y adicciones para ocupar, al fin y sin paliativos, aquel lugar que por talento le corresponde en propiedad. Suyo fue, también por derecho propio, el concierto más distinguido y emocionante de todo el evento, evidenciando haber entrado en una madurez que le sienta francamente bien.

Aunque sin dramas, lo cierto es que en el extremo opuesto podrían situarse Saint Etienne. La banda de Sarah Cracknell, Bob Stanley y Pete Wiggs se hizo acompañar de otros cinco músicos sobre el escenario, pero lo cierto es que por momentos su presencia recordó a la de (¡ay!) cualquier orquesta lúdica-festiva. Es cierto que los temas están ahí, en muchos casos clásicos del electro-pop de los 90, e incluso el combo sigue cumpliendo en su incitación al baile, pero patina en la propia proyección al directo. La elegancia inherente de antaño parece haberse diluido en dosis importantes, y en ocasiones el grupo londinense pareció una caricatura de lo que algún día fue. No es una cuestión de actitud, casi ni siquiera de ejecución, pero el espectáculo adoleció de chispa, carisma, pegada o relevancia, y sólo el regusto agradable de canciones tan enormes como “You’re In A Bad Way”, “Like A Motorway” o su afamada versión del “Only Love Can Break Your Heart” de Neil Young salvó de algún modo el asunto. Una decepción acrecentada por el hecho de que en estudio siguen resultando aptos, ya que Home Counties (2017) es un buen disco y cabía esperar (bastante) más de la presencia de los londinenses.

Los que no iban a perder la ocasión de certificar otro triunfo y dejaron a su paso un concierto inolvidable en la retina de todos fueron The Flaming Lips. No por conocida, toda la parafernalia del grupo deja de resultar una experiencia imaginativa, impactante in situ, y casi extrasensorial a lo largo de hora y media. Porque lo que ofreció la banda liderada por el carisma excéntrico e inigualable de Wayne Coyne no es sino un viaje sólo de ida, encauzado hacia un universo paralelo donde lo único que importa es cuán tintados sean los tonos que vean tus ojos. Para ello, el vocalista agarra de la mano a cada uno de los asistentes y deja atrás La Tierra. Una transportación imaginativa, alucinada y colorida, que incluye cabalgar a lomos de un unicornio, acompañar a un robot gigante rosa, bañarse en una nebulosa de confeti, bailar flanqueado de ojos con patas, o rodar sobre cabezas dentro de una pelota gigante. Y todo mientras de fondo suenan clásicos de psicodelia-pop actual como la inicial “Race For The Price”, “Yoshimi Battles the Pink Robots Pt. 1”, el “Space Oditty” de Bowie, The Yeah Yeah Yeah Song (With All Your Power), “How??” o la definitiva “Do You Realize??”. Poco importa que Coyne vaya justo de voz, porque el éxodo lisérgico que él y su numerosa troupe proponen, se traduce en felicidad absoluta y un enamoramiento permanente que ya nunca llegará a desaparecer del todo.

Fue una suerte que !!! (Chk Chk Chk) sucedieran a los de Oklahoma sobre el escenario, porque sólo un frontman tan eléctrico y desvergonzado como Nic Offer podía mantener el nivel de festividad presente. Y con esa intención salió el vocalista, mostrándose extra motivado a pesar de que poco público se quedó a ver su ejecución. Enfundado en sus inseparables pantalones cortos, Offer llevó todo el peso de la actuación, excelentemente flanqueado por el resto de músicos y respaldado durante buena parte de la actuación por una poderosa vocalista incorporada recientemente. Su electro-punk funciona como un tiro para cerrar un festival, con una audiencia ya sobrexcitada y quemando los últimos cartuchos. Canciones como “The One 2”, “One Girl/One Boy” o “Dancing Is The Best Revenge” son así ideales para el desparrame más hedonista, y los californianos probaron que en concierto siguen siendo todo un seguro de diversión y efectividad.

Ponían así la guinda perfecta a un sarao que, en su primera edición, rayó a un nivel altísimo. Si a eso le sumamos la comodidad del recinto (con una excelente visibilidad y acústica), la posibilidad de disfrutar del todo el cartel al no haber solapaciones, y el entretenimiento entre concierto y concierto a cargo de DJ’s como Amable, Julio Ródenas o Miqui Puig, sólo cabe concluir que el evento resultó una gozada (algo nostálgica) para toda la guardia de la mediana edad.

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