Chris Isaak – Palacio de Congresos (Madrid)

Dos hechos coyunturales marcaron mi acceso al que sería a la postre uno de los shows más excitantes de lo que llevamos de año: la huelga sin servicios mínimos de metro de Madrid y la densa afluencia de chavalería –en la que la expresión de entusiasmo no pocas veces sucumbía ante la de deficiencia y tardofranquismo- que subía Castellana para ver jugar a la Selección aglomerados junto a la pantalla dispuesta en la explanada del Bernabéu, a escasos metros del Palacio de Congresos.

Estos acontecimientos, que ralentizaron mi entrada al recinto, hicieron que me perdiese parte del entremés ofrecido por Arizona Baby. La banda se mostró comunicativa y con intenciones de agradar gracias a una propuesta que sonó tan convencional como efectiva a través de un sonido trotón y trepidante de raíz americana.

A los pocos segundos de entrar Chris Isaak en escena, ya exudaba clase y elegancia a raudales. Con un estado vocal envidiable a la altura prácticamente de ningún artista a día de hoy, no tardó en emocionar y hacer contonearse a toda la audiencia al ritmo sugerente de “Dancin’” y la preciosa “Two hearts”.

Heredero por derecho propio de la versatilidad escénica de Elvis Presley y la emoción ensoñadora de Roy Orbison, no es de extrañar que ambos artistas fueran versionados por el de San Francisco sonando “Love me tender” mientras campeaba entre las butacas de un público puesto en pie y, posteriormente en los bises, brindara una extraordinaria interpretación de “Pretty woman” mientras lucía un extravagante y glamouroso traje incrustado de piezas brillantes.

Absoluto showman y dueño del escenario, no paró en ningún momento de hacer bromas con los miembros de su banda, ofrecer coreografías desternillantes de guitarras, alentar al público a que se arremolinara a escasos centímetros del escenario a hacerle todas las fotos que quisiera e incluso subió a varias señoritas a las tablas en varios temas.

Cómplice de su grandioso despliegue es una banda engrasada y curtida a lo largo de los años junto al crooner. Una conjunción, actitud y riqueza de matices asombrosa, engrandecían cada uno de los tesoros que iban apareciendo de su longeva discografía: ya fueran temas rockeros de robustas guitarras como “Speak with the devil” o “Baby did a bad bad thing”, temas de exultante espíritu expansivo como ”Best i ever had” o “One day” –dos de mis predilectos- o temas delicados como la adaptación acústica de “We lost our way” y un “Worked it out wrong” en clave gospel. Mención especial merece el sentimiento que infligió a “You don’t cry like i do” que comenzó reposada y frágil para terminar explotando en un alarde de lírica electrizante.

Pero si me tengo que quedar con un momentazo de la velada, ese fue sin lugar a dudas la profunda interpretación que hizo de algo tan manido como pudiese resultar a primera vista  su “Wicked game”. La hondura con que brilló una letanía de amor tan retorcida, me retrotrajo a la autopista nocturna que recorren Sailor y Lula en Corazón Salvaje, su hechizante esencia natural. El sorprendente cierre posterior con otra maravilla que acompañaba dicho film, “Blue spanish sky”, fue otra perla inesperada y mágica que cumplió mis mayores deseos. Antológico.

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