Flamin’ Go! Festival (Camping Los Escullos, Cabo De Gata) 7 y 8 de mayo

La primavera y sus descubrimientos. No solo vive el ser humano de germinaciones florales, temperaturas en pleno proceso de ebullición y complacencia en reencuentros ansiados después de dos años de puro despropósito; la música en directo, la buena y auténtica, ha de ser el motivo y el testigo perfecto para que todo comience a encajar de nuevo en el lugar de origen, al que por fin parece que se nos permite regresar. Y en esa primavera eterna, en la alegría de saber que un escenario pequeño pero intenso, una geografía idílica y una compañía inmejorable serán tus aliados durante un fin de semana perfecto, nos complacimos unas cuantas almas libres que decidimos acudir a la nueva llamada del Flamin’ Go! Festival, uno de los grandes “tapados” del calendario pre-estival que celebraba una nueva edición bajo otro cartel con el sold out como protagonista. Alojados en bungalows, con plena accesibilidad y facilidades de hospedaje y aparcamiento, la organización inmaculada del evento nos citó con parte de la más granada escena del rock de garage, punk de graduado octanaje y, en definitiva, rock and roll del que convierte en atractivo el más anárquico de los sonidos. Había que estar, sí, más que nada para dar fe de que año tras año la excursión que muchos y muchas deciden emprender rumbo al camping de Los Escullos, uno de los pulmones del parque natural de Cabo de Gata, está no solo bien justificada sino que además se perfila casi como la esencia de lo que debe ser la cosa esa de la música en vivo: Disfrute, concordia y autoafirmación. Principios inmutables, también podría afirmarse.

Establecidos dichos principios, la función se aprestaba a comenzar. Y tenía que ser un grupo del terruño, almerienses contaminados de psicodelia y tendentes a la fusión bien entendida, quienes abrieran el fuego de los directos entre pinchada y pinchada –los DJs merecerían un capítulo aparte, por su pleno conocimiento y entrega a la causa- y la sorpresa añadida de quienes apenas habían atisbado su talento a través de esporádicas emisiones radiofónicas o los todavía imprescindibles Conciertos de Radio 3. Compro Oro, que así de cañí se presentan los señores, son lo que aparentan ser, y a mucha honra: Un combo febril, capaz de combinar teclados sinfónicos con líneas melódicas más propias de la rumba catalana que del rock desértico al que pudieren sentirse más cercanos, y con unas poderosas líneas melódicas que desembrozan en piezas de pop clásico, con Los Brincos o Los Pekenikes en el punto de mira de la década prodigiosa, a la vez que con King Crimson, Los Chichos o Extremoduro en el otro extremo de una batidora poderosísima, engrasada en el ritmo de temas como “Tiempo”, “Ojos verdes” (nada de clásicos reversionados, esto es pura pasión autóctona), “Los claveles”, “Por tu amor”, “¿Qué nos pasó?” y otros títulos de parangón sentimental y arraigado en la tradición de la copla eléctrica que a veces parecen atacar, léase “Promesas”, “Celos” o la inmensa “No hay amor”. Hablan de eso justamente, de cosas y sentimientos que se transforman, mueren o resucitan cuando se cantan y se tocan de una manera tan personal. Al final, la revelación del festival sonó al principio, ante los ojos y los oídos atónitos de un público que despertaba al nacimiento de unas nuevas estrellas. No mediáticas, porque no les hace ninguna falta, pero sí emocionales, porque a partir de este sábado de primavera ya no saldrán de muchos corazones. Compro, sí, y sin mirar lo que me puedan vender.

Llega un momento en que no sabes qué decir de una banda con unas características tan marcadas como Guadalupe Plata. Los punteos asalvajados de Pedro de Dios y la percusión inmisericorde de Carlos Jimena nos han acompañado tantas noches, y si nos apuran, tantos días, que ya casi forman parte de nuestro más reciente ADN. Porque los genes sonoros se deben renovar cada cierto tiempo y siempre en función de las nuevas encarnaciones que uno se encuentra en su devenir. La que nos abdujo en forma de blues, pantanoso y del otro, y nos llevó a poner una pica en Úbeda como si de la malograda tierra de Flandes se tratase, se enardece en identificaciones zoológicas, expresadas a voz en grito en “Rata” y su complemento “Huele a rata”, “Serpientes negras”, “Hoy como perro”, o restallando en distorsiones casi lisérgicas como una “Tormenta”, exorcismos de conciencia reflejados en “Tengo el diablo en el cuerpo”, proclamaciones de nombradía cinematográfica como esa “Milana” bonita ya imprescindible en sus presentaciones, y cómo no, peculiares declaraciones de amor a ritmo de boogie, al estilo de esa “Lorena” de sus (y ya casi nuestras) peores pesadillas. Atenuando el frenético paso de la ola de fango que los suele arrastrar en escena, se enrocan en el lamento de “Lo mataron” y vuelven a torpedear la calma transitoria con “Demasiado” acierto como para resistirse a su nuevo y repetido hechizo, intensificado en esta ocasión por las buenas artes de Evil Eva, la bailarina del fuego eterno que perdonará todos los pecados habidos y por haber a golpe de cadera e ímpetu de cuerpo entregado al mal (de ella hablaremos próximamente, y ya aseguro que hay mucha tela que cortar). Hablando de repetir, lo haremos una y mil veces más, cada vez que nos topemos con su ofrecimiento a bucear en las aguas más revueltas de la escena blues hispana, de la que ellos son fuente y afluente desde que, como trío, realizaron la primera inmersión a pecho descubierto y sin bombona de oxígeno. Cada vez nos apetece hundirnos más adentro, la verdad.

No desde Montpellier, su tierra natal, sino desde Alicante se trasladaron los fieros efebos que componen Les Lullies para tratar de resarcirse del desagradable incidente vivido la noche anterior. Ver, y sobre todo, escuchar cómo se reponen de una peliaguda sustracción de material (perjuicio económico incluido) y recorren kilómetros con premura para llegar a tiempo de reventar el escenario es algo francamente envidiable. Sin entrar en otras profundidades ni en los efectos colaterales del suceso, los pildorazos que escupen con la formación básica de guitarras, bajo y batería, basándose en el primitivismo de unos Fuzztones o la maestría en el género de los MC5, penetran en los cerebros del respetable a la velocidad del trueno. Su trallazo por excelencia es “Don’t look twice”, pero también se rearman a medida de su lengua en “Mourir d’ennui” y vuelven por sus fueros en otras descargas sin piedad tituladas “Let it out” y “Stranger to myself”. No, no son ningunos extraños porque ya hemos dado alguna vez cuenta de sus evidentes poderes, pero no es ninguna tontería comerse el escenario con tanta gula después de haber ingerido semejante marrón. Cosas que pasan, dirían algunos; gajes del oficio, afirmarían otras; “Meet the man”, proclaman ellos, alternando voces entre bajo y guitarra, para que algún día puedan conocer al auténtico responsable de un desaguisado que no los privó de la personalidad que siempre tuvieron. Ni los privará.

De la playa almeriense a la gran urbe de L.A. solo hay un paso. La distancia no alcanza a calibrar la sensación de cercanía e identificación con una escena y un sonido que una audiencia, ahora sí, mayor, supo detectar nada más toparse con las bestias pardas de Black Mambas. Una banda prestigiosa que vino a plantar su bandera junto a la piscina del camping a una hora en que el sudor dejaba paso al ardor. Su receta es igual de básica que la de muchos otros músicos cercanos a las teorías primarias de los Stooges, sin ir más lejos, pero la guarnicionan con algo más de melodía y una fiereza que está mucho más cercana al power pop de lo que ellos mismos quieren aparentar. Así lo vuelcan en salvajadas como “Baby I’ll give it to you”, una de sus primeras cartas de presentación de una carrera aún casi en ciernes, pese al cierto prestigio que atesoran gracias a sus incendiarias apariciones. Son tan combativos que a canciones tan rudimentarias como “Suicide generation” se le ven las aristas, y son tan afiladas y atractivas que las afilan aún más en “Saturday night fist fight” y hasta muerden con su diente latino, que también lo tienen, en la deliciosa “Rico amor”. Porque hasta los lobos más ávidos de carne tienen su corazoncito, que no se diga.

Lo de Gogo Loco es una locura ideal para un vermú de domingo. Cuando la mitad del camping se desperezaba de los ataques etílicos y sonoros del día anterior, este dúo inspirado en la anarquía de Bo Diddley hace del minimalismo otra indudable virtud. Probablemente fueran la banda más descacharrante que ha pisado nunca el escenario del Flamin’ Go!, y en su interacción con el personal y su aspecto de decadentes yuppies hawaianos entregados a una causa hedonista radica el gran secreto de su poder de atracción. Su as en la manga está en las maracas, tanto es así que dedican uno de sus mejores temas a dicho instrumento, un “Maraca gogo” suficientemente explícito como para añadir ni un apóstrofe más. El “Whizz pop” que los caracteriza, de creación propia aunque enraizado en una tradición innegable, suena saltarín y locuaz, y con él han arrasado en pequeños y medianos escenarios de media Europa. Joe Go Loco, el ideólogo de este auténtico huracán, sabe a lo que atenerse cuando afina la guitarra para suplir las líneas de hammond de la grabación original y vocifera que el “Gogo Loco twist” es la mejor manera que tiene el ser humano allí presente de menear el bullarengue sin complejo alguno (era obligado el guiño a nuestros admirados Siniestro Total, que la noche anterior se despedían de su gente en Madrid en loor de multitudes). La maestría no está en las aulas, sino en la pura diversión.

Quizá por aquello tan manido, pero no menos cierto, de que la veteranía es un grado, los convocados a cerrar la edición de un festival dedicado en cuerpo y alma a la diversión eran unos músicos experimentados, más bragados en mil y una batallas que la mayoría de los anteriores, aunque aún con carreras presuntamente brillantes en el horizonte. A sus poderes nos remitimos: Pike Cavalero, veterano del rockabilly patrio con éxito probado en lugares tan remotos como Australia o México; Mario Cobo, ex lugarteniente de Loquillo en sus últimas giras y mano derecha en directo de señoritísimas del country-rock como Kim Lenz o Janis Martin –mención aparte merece su proyecto propio al frente de los nunca bien ponderados Nu Niles-; y Mr. Pepe Lee, contrabajista solicitadísimo por sus prestaciones con otros monstruos como The Sun Rockets. Ellos tres, solitos y sin necesidad alguna de batería ni otros aditamentos percusivos, se bastaron y sobraron para despachar un set impecable bajo el casi improvisado pseudónimo de Tru-Desert Trio e impartir cátedra aunque solo fuera ante unas cuantas almas descarriadas que aún perseveraban en su empeño por estirar la esencia de un evento ciertamente memorable. Después vendrían los flamencos flotantes, la foto de fin de fiesta y la sensación generalizada de haber vivido dos días y tres noches sin desperdicio alguno. Es la satisfacción del trabajo bien hecho, del tiempo estupendamente empleado y de que lo que vendrá en unos meses será la prolongación y a la vez el anticipo de otro Flamin’ Go! a la altura de este, o incluso superior. Si permanecen atentos a esta página, lo contaremos con detalle en breve, y con sus propios protagonistas hablando alto y claro sobre lo habido y por haber. Gracias de antemano. A todos y por todo.

Fotos: Rebeca Fernández.

 

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