Jakob Dylan – Women and country (Columbia)

Probablemente sonará frívolo, porque es un problema que ya querría para sí el 99% de los cantautores actuales, pero creo firmemente que el principal obstáculo para que la carrera de Jakob Dylan sea reconocida de una vez, por público y crítica, es su apellido. Estoy convencido de que si no fuera hijo de quien es, todos hubiésemos prestado mucha más atención a su fenomenal debut en solitario Seeing things (Columbia, 2008). Allí, producido por Rick Rubin, desnudaba su alma con una serie de canciones sensibles, de profundo aroma a country y folk, muy americanas.

Dos años después Jakob Dylan vuelve con Women and country (Columbia, 2010).  En esta ocasión el productor es otro nombre muy recurrente en estos últimos años: T-Bone Burnett. El resultado es, de nuevo, un disco muy personal; sin embargo, se nota algo más la mano del productor que en su anterior trabajo. Para empezar, desde el mismo inicio con “Nothing but the whole wild world”, todo suena más brumoso, más terroso, áspero y polvoriento, incluso su voz. Las aportaciones a la guitarra del propio Burnett y también de Marc Ribot ayudan a esa sensación de trabajo con aristas, con espinas, aunque el sabor a desierto se ve ligeramente suavizado con los coros de Neko Case y Kelly Hogan. Para evitar que el polvo del camino cubra completamente al oyente, nada mejor que un buen baño aguas del Mississippi a ritmo de trompetas, trombones y otros instrumentos de viento (“Lend a hand”, muy Dixieland) que hacen imposible no acordarse de la procedencia de T-Bone Burnett y de sus filias musicales (también del Tom Waits más cabaretero).

No hay aquí canciones tan redondas como “Valley of the low sun” o “On up the mountain”, pero a cambio encontramos un disco compacto, sobrio, robusto, sin altibajos; una colección de canciones con una línea sonora y lírica clara, con pocas fisuras, casi conceptual. Un disco para ser escuchado varias veces, desde el principio hasta el final (una perogrullada, pero recordemos que vivimos en la era del IPod y las escuchas aleatorias), mientras nos dejamos mecer por una tímida slide guitar, por la espectacular percusión de “We don’t live here anymore”, por una inflexión en la voz, por un coro casi imperceptible.

Con cuidado, eso sí, de no ser arrastrados a las arenas movedizas.

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