Jon Spencer Blues Explosion + Desguace Beni – Joy Eslava (Madrid)

Mi amigo Pedro me da un toque por la mañana diciéndome que los Blues Explosion han colgado el “no hay billetes” para el show de esta noche en la Joy. No me lo esperaba, la verdad sea dicha. Estamos hablando de una banda marcadamente noventera, que ha intentando sobrevivir con grata dignidad durante la última década, centrando su magia en tocar en vivo más que en la elaboración de sus trabajos de estudio. Y he aquí la clave: su abrasador directo, al alcance de muy pocos elegidos.

Desguace Beni desde Madrid se enfrascó en el papel de mantener el nombre del rock en buen lugar ante la cercanía de unos de sus más ilustres héroes. Batería machacante a cargo de ella, y guitarra todopoderosa a cargo de él, ofrecieron interesantes pasajes de rock duro instrumental. Buen aperitivo.

Con un ligerísimo retoque al equipo de los americanos, salió a escena el trío que mejor ha combinado el blues y el punk. Y pronto se desataron las hostilidades a base de riffs de exagerada contundencia, sostenidos gracias a un sonido impecable (no se les vio hacer indicación alguna a la mesa de sonido). Mientras Jon Spencer comenzó a trabajar su figura rocker con sus habituales genuflexiones al más puro estilo Elvis, el hermético Judah Bauer se erigió cómo el líder en la sombra destinado a llevar la batuta sonora, gracias a su versátil juego de guitarra. El perfil de hombre tranquilo en segundo plano combinaba de manera inmejorable con el inflamable “hombre de negro”. A esto debemos sumarle el martillo pilón Russell Simins a la batería con su ritmo infatigable. Puro rock.

Temas como “Sweat” o “Hell” hacían entrar al público en ebullición, mientras el eléctrico bluesman nos desafiaba a seguirle el ritmo. Nadie iba ganarle por tablas y carisma a esta bomba de relojería. Piezas, no canciones, se entremezclaban unas con otras con incontenido frenesí. Los Explosion entienden el directo como un puzzle sonoro al que pueden doblar y engañar, combinando partes, forzando parones, añadiendo riffs desconocidos como si se creyeran alquimistas del rock. Poca importancia conllevó que introdujeran demasiadas caras B y piezas secundarias. La forma con la que jugaron con nosotros resultó fascinante.

“I Wanna Make It All Ritght”, “Fuck Shit Up” cantada por Judah, “2 Kindsa Love”, “Wail”o “Bellbottoms” se sucedieron sin tregua. Parar es de cobardes, pensaría el tridente. La maquina del rock estaba siendo intransigente. Cuando aparcaban el blues y abrazaban sin miramientos los ritmos aceleradores deudores del punk la sala se venía abajo, formándose apasionados “pogos”.

En la parte final sacaron a relucir una de sus señas de identidad, el añejo theremin, donde la mano del de New Hampsire hacía de instrumento para mecer hasta el infinito sus incendiarias improvisaciones.

Difícilmente se olvidarán actuaciones como la vivida el viernes noche en la sala madrileña. ¿Por qué? Por actitud, sonido, canciones, magnetismo, tablas y sobre todo, por representar el genuino y verdadero rock and roll, algo desatendido en nuestros tiempos.

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