Jonathan Wilson portada

Jonathan Wilson - Dixie Blur (Bella Union/BMG)

Lo confieso: yo fui uno de esos a los que el muy laureado Rare Birds (Bella Union, 2018), de Jonathan Wilson, dejó bastante frío. Y no me malinterpreten, desde luego tenía sus momentos, pero el caso es que toda aquella exhibición de métodos de producción y texturas, atmósferas o como quieran llamarlo, olía a trampa. Había algo en todo aquello que alejaba al autor de, en mi opinión, dos de los más importantes discos de renovación del americana, de los hallazgos que había hecho. Me pareció un trabajo relativamente vacío, en el que tras toda aquella maraña de capas que le acercaban peligrosamente a tostones como The War On Drugs, no había demasiada canción.

Además de aquel disco, otro de los acontecimientos que han marcado profundamente estos dos últimos años en la vida de Wilson ha sido su participación como guitarrista y lo que es más importante, director musical, en la gira Us And Them de su idolatrado y siempre complejo Roger Waters. Un totémico tour que le obligó a hacer algo a lo que no estaba acostumbrado: mantenerse alejado demasiado tiempo de su hogar y de los suyos. De este modo, los sentimientos de añoranza y desazón se fueron transformando en canciones, unas canciones en las que volvía la vista atrás para hacer balance y que, por tanto, no pedían complejos arreglos psicodélicos, sino todo lo contrario.

Ya en casa, fue otro ídolo el que le aconsejó bien: el indómito outlaw Steve Earle le aconsejó que, si lo que tenía entre manos era una serie de canciones tan personal, lo que tenía que hacer era llevárselas a Nashville, la capital actual no ya del country, sino de toda la música que se hace en Estados Unidos. Allí, en el estudio del mítico Cowboy Jack Clement y rodeado de la flor y nata de los musicazos que uno puede encontrar por allí -imaginen- registró, en seis días que pasaron tan rápidos que a nuestro protagonista le parecieron algo borroso, de ahí lo de Dixie Blur, en los que pasó lo que tiene que pasar cuando juntas en una habitación a alguien del desbordante talento de Jonathan Wilson con verdaderas leyendas del country como el bajista Dennis Crouch o el prodigio del fiddle Mark O’Connor.

El resultado es algo así como uno de esos westerns crepusculares que a John Ford le salían tan bien, sólo que en clave bastante más pop de lo que uno puede imaginar al leer todo esto. De hecho, es el disco de canciones más redondas, más capciosas, que ha hecho jamás y eso, lo crean o no, incluye a los dos primeros. Wilson, al fin, se ha dejado de tratar de buscar un sonido, de recrear una determinada atmósfera. Todo eso ya lo sabe hacer, el aprendizaje ha pasado y al fin se centra en lo realmente importante: las canciones.

Y qué canciones. Las hay y en número generoso: tras un arranque espacioso y pausado con baladones como “Just for love” o “New home” en los que el espíritu de Hank Williams hace el amor con Elton John, llega esa maravilla bluegrass-pop que es “So alive”, un canto a la alegría del reencuentro con el ser amado, una de esas canciones que cuesta una vida escribir y que Jonathan Wilson trae aquí como otra más, inmediatamente eclipsada por una barbaridad de piel cambiante como “Oh girl”, el apabullante muro de sonido que se presenta con “Enemies”, otra canción absolutamente gloriosa, como también lo es el gospel de “Fun for the masses”, o el escape sonoro -vía Pink Floyd, por supuesto- de “Riding the blinds”, el jolgorio tex-mex de “El Camino Real”, para acabar con  el monumental colofón que plantea “Korean tea”, canción que Wilson rescata de su primera banda, Muscadine.

Un álbum que, cuando uno lo asimila realmente, constituye una verdadera travesía en la que perderse. El disco que cabía esperar de un artista como él y todavía no había entregado, en mi opinión. Esta sí que es la obra definitiva de un músico de descomunal capacidad y que no se entretiene buscando; que sabe lo que quiere y lo ejecuta rodeado de lo mejor, sacando de cada uno el máximo partido para que todo se equilibre en un resultado bello y sincero. Así le ha salido y la portada, además, lo dice bien claro: es como si el sargento pimienta se fuera de rodeo. Así de tremendo.

Escucha a continuación Dixie Blur, lo nuevo de Jonathan Wilson.

 

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