Lucinda Williams – Joy Eslava (Madrid)

Desde que se anunció la gira veraniega por estas tierras de Lucinda Williams, fue inevitable pensar en su concierto como el mayor aliciente musical de la temporada. Era la primera vez que pisaba España y era del todo irrenunciable no disfrutar de su directo en una ocasión única. Qué duda cabe que como toda cita de tal calado, expectación, ilusión y nerviosismo se desbordaban. Afortunadamente, la leyenda viva del alt-country -con la importancia de una Emmylou Harris digo sin miedo- deslumbró.

Abrieron la velada la banda que lleva Lucinda sin la diva. Ofrecieron una sesión instrumental que les permitió explayarse a gusto en una suerte de, permítanme acuñar el término, post-americana. Ayudó una duración ajustada que de propasarse hubiera rozado el plomo. Eso sí, demostraron una calidad como músicos formidable, cosa que por otra parte podrían haberse ahorrado habida cuenta de la maestría y oficio que posteriormente atesoraron acompañando a la de Lake Charles.

La sala Joy Eslava abarrotada recibió en pleno éxtasis a Lucinda Williams, no cabía un alma. Y de nuevo el sonido fue magistral, habría que convertir el recinto en patrimonio de la humanidad porque quien suene mal allí será por inútil. La americana mostró un estado de forma envidiable a sus cincuenta y seis años, y en el plano vocal conmovió, desgarró y dejó sin aliento.
El concierto asumió desde el inicio un tono rocoso y compacto, muy en la línea del reciente Little Honey (08), su trabajo más rockero. Como fan fatal, al igual que cualquier otro en mi lugar, en estos casos siempre queremos que suene el repertorio de nuestros sueños, ese que sabemos en el fondo que nunca existirá. No cabe duda que tocar “People Talkin’” -el momento más apagado del concierto junto a su inicio tibio con la evidente “Real love”- perteneciente a World without tears (03), mientras se obvian “Ventura”, “Those three days” o “Minneapolis” es un pecado, pero hay que entender que en el contexto agitado y vivaz que envuelve a Lucinda actualmente esas reposadas melancolías de trastero están cerradas a cal y canto.

Aún así, detalles nimios, el concierto fue un auténtico puñetazo en la cara, una muestra inteligente y emocionante de la mejor tradición americana resultando fresca e impactante a partes iguales. Los temas iniciales de Car wheels on a gravel road (98) (“Right in time”, “Drunken Angel”) fueron los primeros en encandilar a la audiencia. La banda se mostró cómoda y tuvo momentos de lucimiento extraordinario cuando más bluesy se ponía la cosa en canciones como “Tears of joy” o “Atonement” con solos de guitarra impecables y enriquecedores, sin sobrar nada.

Pero si hay que destacar algo, fue un cuarteto encadenado ante el que dudo exista forma de expresión comunicativa humana escrita, oral o por señales de humo capaz de hacerle justicia. Iniciado por el arrebato de escuchar en vivo “Out of touch”, seguido por el arrojo de “Come on”, la intensidad de “Real life bleeding fingers & broken guitar strings” y la conmoción de “Essence”, donde mis ojos ya se desbordaron, este pasaje supone de por sí una experiencia imborrable para quien lo vivió a quemarropa.

Hacia el final del show nuestra heroína, agradecida y sorprendida del tremendo arropo de una audiencia entregada a su causa, reservó pepinazos del calibre de “Joy” y “Honey Bee”, para culminar un primer bis atronador con la versión de AC/DC “It’s a long way to the top”, actitud y valor.

Un segundo bis entrañable nos la presentó sola con su acústica para interpretar en su castellano audaz y atropellado un sorprendente homenaje a Violeta Parra con “Adiós, corazón amante”. En tu caso, prefiero pensar siempre en un hasta luego, lonely girl.

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