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Mad Cool Festival (Valdebebas / IFEMA) Madrid

Mad Cool Festival 6 de julio

A una hora del inicio del festival, una tormenta de condiciones bíblicas inundó Madrid. Rayos, truenos y granizo nos hacían buscar refugio donde buenamente podíamos. Las temperaturas se desplomaron casi 10 grados, pero todavía estábamos ataviados con nuestras camisetas de Metallica. Solo había que darse una vuelta por cualquier terraza del centro para observar cómo legiones de fans de la banda estadounidense agolpaban las terrazas y brindaban con sus cervezas. Solo había dos pensamientos: el de la gente más positiva que decía, “no puede haber una tarde mejor para escuchar hard rock”, y el del resto, “espero que escampe para que el concierto no se cancele”. Media hora después, el calor volvió a Madrid.

Por suerte, la lluvia y el viento no causaron ningún estropicio reseñable, ni en las estructuras de los escenarios, ni en la logística del festival. La gente se apresuró a coger el metro para trasladarse hasta IFEMA. En la propia estación, un músico callejero nos recibía con las míticas canciones de Metallica. Curiosamente tocaba tan bien la guitarra, que perfectamente podría haber estado en alguno de los siete escenarios con los que este año cuenta el festival. El reguero de camisetas negras recorrió los varios kilómetros que separan el metro del recinto. Ya estábamos presentes.

La fluidez en los primeros momentos de la jornada fue excelente, nada que ver con las imágenes que nos hemos encontrado de otros festivales. Las colas para entrar, recoger la pulsera o pedir las primeras cervezas eran prácticamente inexistentes. Algo que se mantuvo durante toda la tarde, salvo cuando el concierto de Metallica terminó y sus fans se encontraban sedientos y hambrientos. El único punto negativo era la falta de cobertura y la dificultad para añadir el dinero virtual a tu respectiva pulsera. Un mecanismo que, aunque se haga por motivos de seguridad, nunca lograré entender.

Tres años después, más de 60.000 personas buscábamos el refugio de los bafles

En el plano musical, vivimos una jornada excelente. En mi caso, comenzó con Wolf Alice pasadas las 18.30 en el escenario Madrid is Life. Es cierto que el sonido de este escenario no es el más adecuado, es más, de todos los que visité ayer creo que era donde más altos sonaban los bajos. Aun así, nada preocupante y de fácil solución. Este conjunto londinense, capitaneado por Ellie Rowsell, nos muestra un sonido en directo muy potente, mucho más que en sus discos, teniendo una mayor importancia los ecos sonoros ligados al shoegaze. En mi opinión, la cuarentena les ha sentado de lujo, al menos a nivel musical. Un directo mucho más cuidado y energético en comparación con el que nos ofrecieron en 2018 también en el Mad Cool.

Tras deambular durante un rato por el festival, pasadas las 20.00 volví al mismo escenario para contemplar en esta ocasión a Placebo, uno de los grandes grupos de la jornada. El sonido no mejoró y el grupo parecía no encontrarse del todo cómodo. También puede ser una sensación exclusivamente mía, pero es que su último trabajo, Never Let Me Go, no me entusiasma prácticamente nada. Por desgracia para mí, en su setlist abundaron canciones de este disco. Es más, la mítica versión (“Running Up That Hill») que hicieron de Kate Bush – artista que en estos momentos vuelve a estar en la cresta de la ola por Stranger Things -, no la tocaron hasta prácticamente el final del concierto. Y, en ese momento, un servidor ya no se encontraba entre el público. Estaba peleándome con guiris en el concierto de Sports Team. A las 20:50 comenzó.

El escenario Vibra Mahou acogió uno de los mejores conciertos de la jornada: el de este pequeño, pero más que interesante conjunto con sede en Londres. Uno de los muchos grupos ligados al post-punk que han surgido en los últimos años en Reino Unido. Podría decir sin miedo a equivocarme que el 90 por ciento del público era extranjero, mayoritariamente inglés. Las cervezas por los aires y los pogos salvajes fueron la tónica general de un show en el que gasté la mitad de la energía que tenía. En la recta final del concierto, se llegó hasta tal punto, que el propio cantante se lanzó del escenario para formar parte de la batalla salvaje, mientras el resto del conjunto mantenía la melodía de “Here’s The Thing».

Tras una pequeña pausa para la hidratación, encontré en el lado derecho del escenario principal mi refugio para escuchar a Metallica. Dos chicas coreanas, que tenían más pinta de ser fanáticas de BTS que del conjunto californiano, me comentaron que estaban deseosas de poder verlos en directo. Habían aprovechado sus vacaciones para ver a Metallica, y ya si eso visitar Madrid. La gran cita con el grupo de Los Ángeles estaba a punto de comenzar. Para amenizar la espera, estaba sonando AC/DC, ya que el concierto comenzó con unos 10 minutos de retraso. Las pantallas del festival empezaron a difundir una escena de la película El Bueno, El Feo y El Malo. El mítico tema de spaghetti western (“The Ecstasy of Gold”) de Ennio Morricone avisaba a los más espabilados de que al show le quedaban segundos para empezar. Así fue, prácticamente sin darnos cuenta ya estábamos coreando “Whiplash”.

Los nostálgicos del primer sonido de Metallica estaban de suerte, el inicio estuvo más ligado al thrash metal que al hard rock. La segunda canción de la noche fue “Creeping Death”, y tras ella, vino el primer himno “Enter Sandman”. Menudo comienzo más energético.

James Hetfield, Lars Ulrich, y compañía, nos ofrecieron dos horas de actuación a pleno rendimiento. Es cierto que hubo paradas frecuentes e interludios, pero prácticamente no rebajaron la intensidad del espectáculo. Cerca de veinte canciones en las que no dejaron de sonar sus grandes clásicos como “Whisky in the Jar” o “Fade to Black”.

La balada “Nothing Else Matters” tuvo que sonar hasta en la Puerta del Sol, ya que el público no paró de corear ni una sola estrofa. El éxtasis final llegó con “Master of Puppets”, otro tema que está viviendo una segunda vida gracias a la serie Stranger Things. En estos momentos se encuentra entre los 10 temas más escuchados del mundo en Spotify. El concierto terminó entre una lluvia de fuegos artificiales, abrazos, voces rotas y mucha pirotecnia. Un final de lujo para un comienzo excelente del festival madrileño.

Víctor Terrazas

Mad Cool Festival 7 de julio

La segunda jornada del festival vendría marcada por lo que fue la tónica general durante toda la duración del mismo, los dichosos solapamientos de diferentes artistas, algo inevitable en un acontecimiento de esta magnitud, pero que siempre puede trabajarse en pos de no hacer coincidir propuestas que pudieran congregar más o menos a la misma audiencia y que, en circunstancias normales, vería ambas de no coincidir.

Con un sol de justicia nos abrimos paso a la primera cita de peso el jueves, la reciente y celebrada incorporación de Amyl & the Sniffers a Mad Cool, una de las últimas grandes sensaciones del punk y poseedores de un carisma escénico a prueba de bombas personificado en Amy Taylor.

Mientras desde el escenario principal se disponían a dar por finalizadas las voluntariosas formas de los franceses La Femme, una suerte de synthpop indie que demandaba más nocturnidad, los australianos subieron a las tablas dispuestos a contagiar su entusiasmo incendiario.

No ayudaron las dimensiones del escenario para una banda que demanda fisicidad y una sala pequeña que pudiera ser reventada. Tampoco un sonido lo suficientemente vivo y un público algo anodino, cosas todas ellas que no enturbiaron una actuación que mantuvo el nivel sin que faltaran efectivos dardos recientes como “Security” o “Maggot”, dentro de un repertorio donde reinó más su revelador debut homónimo.

Primerísimas filas para el ansiado concierto de Deftones que darían por finalizada su gira europea esa noche. Algunas incógnitas se respiraban en el ambiente como la polémica reciente salida del combo por parte de su anterior bajista Sergio Vega y por la negativa a viajar al viejo continente de su emblemático guitarrista Stephen Carpenter, por lo que casi media banda dijéramos que era “nueva” para la ocasión. También podían ofrecer dudas unas actuaciones en directo que no siempre son todo lo buenas que merece una banda de su trayectoria inmaculada y prodigiosa en estudio. Pocos grupos pueden presumir de llevar 25 años juntos y no conocer un trabajo malo, la verdad.

Esa, desde luego, era su mayor baza: un elenco de canciones trepidante, emocionante hasta el infinito y terriblemente sugerente y sexual. El clima previo era envidiable, con muchísima gente foránea dispuesta a verles, sobre todo audiencia mexicana, y es que por alguna condenada razón que no conozco Deftones nunca ha logrado calar del todo en España, algo del todo inexplicable para una banda de su peso.

Una música electrónica intuitiva y completamente acorde dio paso a nuestros protagonistas, capitaneados por un Chino Moreno imperial, elástico, magnético, portentoso en su plasticidad, transmisión y voz dentro de las exigencias a las que somete su garganta noche tras noche tantos años después. En resumidas cuentas, todo un frontman con empaque a día de hoy. Ayudaban unas proyecciones fabulosas, muy absorbidas por el mood instintivo, misterioso y sádico que rodea a unas canciones que son fuego puro y recorren la espina dorsal como un orgasmo eléctrico agudo.

Comenzaron con “Genesis”, la canción que abre su portentoso último trabajo, el inagotable Ohms (20), y desde ahí el recorrido fue un disparate de sensaciones, dando especial cancha a su obra maestra y disco de la vida imprescindible para servidor, Around the fur (97), de la que sonaron sus clásicos “Be quiet & drive”, “Shove it”, una exigente “Lotion”, increíble tocarla y someterse a ese castigo en las cuerdas vocales a día de hoy, y, especialmente, poderosa e inapelable sonó “Head up”, donde Chino invitó a hacer de Max Cavalera invitado para la ocasión al vocalista de Fever333, Jason Aalon Butler, relevo natural de aquel sonido que revolucionó el metal a mediados de los 90.

Increíbles sonaron igualmente los rescates de su disco más emblemático, White Pony (00), lúbricas, seductoras y sobrenaturales en su intensidad afloraron “Digital bath” y Change (in the house of the flies), momentos de los más emocionantes junto a la preciosa “Sextape” y un final apoteósico con Chino bajando entre las primeras filas a cantarnos encima la épica maravillosa de “Ohms” antes de terminar emocionado y saltándosele las lágrimas agradeciendo al público antes de sonar la enloquecida “Rocket skates” para dar por concluido un concierto que tardaremos mucho tiempo en olvidar.

Casi nos hizo olvidar el dolorosísimo solapamiento que sufrieron con Viva Belgrado!, bandas que cualquier fan del género hubiera visto de no coincidir. Menos dolió el que sufrimos con Floating Points, habida cuenta de que el señor vino a pinchar zapatilla y no a embriagarnos con sus bellos movimientos discográficos recientes. No estaría mal que se recordara la vieja y recomendable costumbre de avisar con un DJ SET en los carteles de los festivales para dejar claro que no será directo lo que venga a hacer un artista. Tirón de orejas al respecto.

A correr a toda hostia para llegar a la carpa Vibra para ver lo mejor que nos podía pasar tras el conciertazo de Deftones: asistir a la contundencia emocional de los impresionantes Brutus.

El sonido más inapelable, rotundo y colosal de todo el festival para abrigar al trío belga donde la presencia brutal a la batería y voz de Stefanie Mannaerts lo inundaba todo como un imán descomunal. Guitarrista y bajista cubrían el armazón rítmico con una suerte de post-hardcore y blackgaze capaz de construir unos muros de emotividad para desgarrarnos por dentro a la par que purificarnos.

Letanías venidas del más allá sónico como “Cemetery”, “All along”, la reciente “Dust”, anticipo glorioso de una frondosidad doliente inconcebible del que será su disco a publicarse este año y, sobre todo, el consabido final con esa oración en el desierto que es la desintegradora “Sugar Dragon”, colofón a una auténtica experiencia que traspasaba lo estrictamente musical.

Momento algo delicado el siguiente, ya que las propuestas principales no eran muy santo de mi devoción. No tardó en adueñarse de mí esa sensación echada de menos tantas veces, la de encontrarse ante lo imprevisto que uno no espera y, cuando mejor ocurre, del descubrimiento propiciado por la sacrosanta curiosidad, el único acicate capaz de hacernos permanecer impenitentemente vivos.

Primera opción, ir a ver a St. Vincent ante un sorprendentemente casi vacío escenario. Tras dos canciones con coristas y collages visuales propios de la revista Lecturas, me di cuenta que no me encontraba ante St. Vincent, sino ante Norma Duval. Tiempo de partir.

Y esquivando marcas y camisas hawaianas me fui acercando al escenario principal donde tocaban The Killers, a una distancia prudencial eso sí, mientras sonaba “Human” (ejem). Mientras ya tenía decidido continuar mi aventura intuitiva en aras de encontrar algo que me estimulara, creí visualizar un bigote de trascendencia histórica entre el público. Efectivamente, es probable que fuera el de su fan y conocido seguidor en sus conciertos por España: José María Aznar.

Y buscando en mi transitar, logré hallar una ansiada joya. Y qué manera de refulgir. Impresionantes The Comet is coming, Esta es la auténtica magia, si es que queda alguna en los macro-festivales: descubrir artistas que a uno le embriaguen y que no conocía a priori. Una suerte de jazz electrónico espacial comandado por un saxo que era auténtica cosa del diablo, auténtico trance el logrado por el trío, de obligada cita en vivo si tienen la ocasión de verles.

Y todo esto antes de dar por cerrada la jornada bailando bonito con el set que nos hizo Four Tet en bermudas naranjas y camiseta Abanderado, con pinta de acabarse de levantar de la siesta, muy epatante y sutil, pero alejado de lo que pensábamos que nos encontraríamos: un directo suyo maravilloso y bello como la vida cuando cobra sentido.

Y es que, al fin y al cabo, el día no fue más que el espejo donde se refleja nuestra cotidianidad, trufada de conquistas y derrotas. Al menos, que no falten. Que siempre nos pasen cosas. Que el cometa no deje de brillar.

Raúl Del Olmo

Mad Cool Festival 8 de julio

El Mad Cool funcionaba bastante bien dentro de sus vayas, pero una vez que salías de ellas … podías caer en más de una odisea. Llegar a casa era como combatir en la guerra de Vietnam, y más si lo unías a la celebración de la fiesta del Orgullo en Madrid. En ocasiones daban ganas de perderte alguno de los últimos conciertos del día con tal de no tener que pagar más de 60 euros por un UBER (más su respectiva cola para poder cogerlo), quedarte tirado en el Metro de Feria de Madrid o llegar a Nuevos Ministerios sin que apenas hubiese autobuses nocturnos.

Otro de los elementos escabrosos está ligado a la identidad de casi todos los festivales que afloran en nuestro país. Todo está esponsorizado. Los baños literalmente ponían: cágate en el poder, y estaban pagados por Amazon. Había ventiladores gigantes del banco Santander, con colas de media hora, para poder refrescarte, cuando justo al lado había un montón de fuentes. Incluso, había una cabina para que tú fueras tu propio DJ, también con sus respectivas colas, mientras en la carpa que había a escasos diez metros estaba dando lugar sesiones como las de Nina Kraviz. En ocasiones parecía más que uno estuviera en un centro comercial que un recinto musical.

En cuanto a lo que se refiere a sonido, cartel y gestión de personal, desde mi punto de vista, es prácticamente intachable. En el plano musical, antes de entrar al festival ya sabía que grupo era sin duda el que iba a atraer a las masas. El guitarrista callejero del metro de Feria de Madrid estaba interpretando diversas canciones de Muse, mientras los transeúntes bebían y las coreaban. La tarde comenzó para mí con Jamie Cullum, debido a que Black Pumas se cayó del cartel a última hora. Una pena, ya que era de los grupos que más ganas tenía de ver de esta edición. El artista y compositor de Essex nos ofreció un show excelente. Este rebelde del Jazz demostró talento por los cuatro costados en el que no faltaron canciones “What A Difference a Day Made” o “These are the days”. Aunque el verdadero triunfo fue que nadie se muriera por lipotimia, ya que el calor fue verdaderamente lo que marcó la actuación.

Tras él, marchó al escenario Madrid is Life (número 2) para contemplar el primer show que dieron en España las hermanas Haim. Un Pop/ soft rock verdaderamente electrificante. Me sorprendió la cercanía que tenían con el público, Danielle Haim se pasaba casi más tiempo en el foso que en el propio escenario. Además, otro elemento sorprendente es que el repertorio de canciones que conformaban su setlist estaba conformado solo por producciones propias. Una apuesta arriesgada, pero que salió a la perfección. El humor que desprendían era digno de admirar, incluso fingieron una llamada en pleno directo con un tal Federico.

El concierto de Phoebe Bridgers fue para mí uno de los mejores de toda la jornada. Se solapaba con el show que iba a ofrecer The War On Drugs, pero en esta ocasión no tenía ninguna duda. Y eso que me gustan ambos grupos. La artista de Los Angeles nos mostró un espectáculo intachable, donde la comunión con el público y la atmósfera que se generó fue perfecta.

Detrás de las camisetas de esqueleto, que llevaba el resto de la banda, y un logo que parece sacado de Slipknot, se encuentra la poderosa voz Phoebe. Con sus ritmos ligados a ese indie rock tan introspectivo supo conquistarnos desde el primer momento con canciones como “Motion Sickness”, “Garden Song” o “Kyoto”. Cuando el sol se estaba poniendo, cogió su guitarra acústica y entonó “Scott Street”. Que tranquilidad se respiraba, toda persona que está enamorada debería haber ido a ese concierto.

Las visuales entonaban a la perfección con el resto del concierto. El sonido de la corneta y la trompeta estaba cuidado al mínimo detalle, apareciendo cuando se demandaba. Uno de los momentos más mágicos fue cuando todo el grupo desaparece del escenario y la artista canta “Waiting Room”, una de las canciones más espectaculares que tiene y que no se encuentra en ningún álbum. El concierto terminó con un ritmo abrumador con “I know The End”, entre aplausos, abrazos y corazones esperanzados.

Tras este concierto dábamos paso a Muse. Y aquí, tengo que hacer un aviso a los navegantes. No me gusta nada Muse. Bueno, más bien no me gustan nada los últimos álbumes de Muse, y cuando digo álbumes me refiero a la última década entera (salvo contadas excepciones).

Además, a esa misma hora iba a tocar Parcels, un grupo que me maravilla y que pude disfrutar seis días atrás en el Festival Garorock (Puedes leer la crónica del concierto aquí). De verdad quería repetir la experiencia catártica del conjunto australiano, hasta tal punto que intente hacer boicot a Muse insistiendo a mis amigos para que no fuéramos. La presión social pudo conmigo, y menos mal, porque menudo concierto se marcaron Matt Bellamy y compañía. Espectacular.

Este conjunto británico me dio un sopapo en toda la cara, son unos completos animales de escenario. Una máquina musical perfectamente engrasada para tocar en directo. No me extrañaría nada que horas antes del show pasarán por el escenario para calcular cada pulgada, como hacen los pilotos de Fórmula 1 antes de un Gran Premio. El montaje fue excesivo, todo lo que te imaginas que puede haber lo había. Se presentaron vestidos de cuero negro, con máscaras metálicas y unas letras gigantescas cubiertas de fuego. Había momentos en los que los propios despliegues pirotécnicos que salían del escenario le habrían resultado excesivos hasta al propio Elon Musk. Desde dentro es una pasada de contemplar, desde fuera parece un ritual ciberpunk que haría llorar a Greta Thunberg.

Aun así, son efectivos y nos presentaron una calidad musical envidiable. Aunque sigo pensando que tanto despliegue hace que te olvides en ocasiones de lo más importante: la música. Porque cuando sale una cabeza gigante de más de 15 metros al escenario y empieza a balancearse, uno no sabe si están interpretando “Will of the People” o cualquiera de las otras cuatro nuevas canciones que nos presentaron y que formarán parte de su nuevo disco.

En total fueron casi dos horas de directo, más de 70.000 personas alocadas y trending topic en España durante todo el día. No es para menos la verdad. Incluso los interludios instrumentales que se produjeron te hacían reposar un poco los ojos de todo lo que estábamos viendo. Además, para los amantes de los primeros Muse como yo, el setlist estuvo perfectamente escogido. Nada más empezar te encontrabas con canciones como “Hysteria”, según el concierto iba cogiendo ritmo, aparecían “Time Is Running Out” o “Supermassive Black Hole”, entre muchas otras. Y lo más espectacular fue el final con “Starlight”, una de su próximo disco (“Kill or be Killed») y por supuesto, “Knights of Cydonia”. Un final apoteósico para un concierto que será recordado durante muchísimo tiempo.

Víctor Terrazas

Mad Cool Festival 9 de julio

El sábado del Mad Cool se presentaba como una jornada bastante rica en ofertas que me resultaban atractivas, si bien ninguna me llegaba a volar la cabeza, sobre todo porque la mayoría de grupos grandes del día estaban un poco alejados ya de su mejor momento. Una vez más, los dolorosos solapamientos me hicieron elegir, y por tanto renunciar, entre Florence & The Machine y Editors como principal disyuntiva peliaguda para quien les escribe.

Con un sol de justicia, me presenté a disfrutar del primer plato apetecible de la tarde, el del suculento neo-soul de Leon Bridges. Y el concierto nos ofreció lo que podíamos esperar del de Atlanta: un cuidado y elegante sonido que demandaba un horario más nocturno y unas dimensiones más pequeñas, si bien el acercamiento pop de su reciente trabajo Gold-Diggers Sound (21) cuadraba bastante con un evento de estas características.

Era tiempo después de ver cómo la gastaban Pixies sobre el escenario. Es indudable su legado y su influencia en la vertebración del rock alternativo de los 90, por lo que no cabe hablar de nuevo de ello; y tampoco debe servir esto para justificar la valía de una actuación. Y es que me asaltaban las dudas tras las ganas con las que acudí a su reunificación hace muchísimos años en Benicassim y asistir por entonces al concierto más cansado y de actitud funcionaria que probablemente haya visto en mi vida. Sus recientes trabajos discográficos tampoco es que ayudaran mucho para generar grandes expectativas.

Sin embargo, el show se sostuvo con bastante presteza, si bien hubo momentos donde recuerdo haber visto asomar al proctólogo de la banda desde un lateral de las bambalinas por si era recurrente que tuviera que poner manos en el asunto, especialmente en “Monkey gone to heaven” y “Gigantic”.

Afortunadamente, tiraron de su repertorio inmortal e inapelable, y pese al rostro y actitud siempre entre tediosa y fatigada de Frank Black, hubo auténticos torbellinos de locura como cuando sonaron “Isla de encanta” o “Bone Machine”, pero lo que realmente me dejó enloquecido y me hizo lieteralmente elevar cinco metros los pies del suelo dando botes fue el binomio encadenado de “Tame” y “Planet of Sound”, apabullante. Y es que quien tuvo, retuvo, pero debieran mirarse un poco más lo de las ganas y el entusiasmo, y no estoy hablando precisamente de actitud escénica, la cual siempre es asumible y cada cual la lleva como le da la gana.

Momento de otro de los grupos con más afluencia de público y los saldos de camisas hawaianas de H&M arrasados entre la audiencia: estoy hablando de Kings of Leon. Ellos tiene su “Sex is on Fire”, pero si verdaderamente había que rendir culto a todos los fluidos corporales que nos remueven, la propuesta era bien distinta.

Cargados de sangre, esperma, lágrimas, squirts, saliva, flujo y sudor, la misión no era otra que encaminarse al escenario Vibra a observar una de las mayores revelaciones del año, la de la la joven Aleesha de origen inglés y afincada en Ibiza, portentosa promesa del sad rap y el R&B contemporáneo, poseedora de uno de los discursos musicales más creativos y emocionantes.

Su reciente trabajo La Patrona (22) es uno de los mejores discos del cajón de sastre con el cual se engloba “la escena urbana”, de tanta variedad y diferentes vertientes que resulta insultante cuando el cuñaísmo más asilvestrado tiende a verlo todo por igual cargado de prejuicios y de no haber escuchado los discos y artistas adecuados, por supuesto.

Es precisamente su faceta más íntima y cortavenas la que me traspasa, y bien es cierto que en un festival es complejo poder hacer uso de ella, incluso cuando no se está presionado por una gran audiencia. Pese a ello, Aleesha salió pertrechada de su productor, un par de invitados a cantar un par de temas y dos bailarines flanqueándola. Tuvo algún que otro problema de sonido, el cual no le hizo temblar el pulso ni una micra para reclamarlos y parar incluso el concierto por un tiempo hasta que se ajustara el volumen de su micro.

Mucha actitud para defender esa postura con una carrera por germinar. Sin duda el momento más emotivo y maravilloso de su live fue cuando presentó lo que es una de las canciones más bonitas del ejercicio, la doliente y apasionante “Volverás”, interpretada con auténtica entrega y el corazón en un puño. Se me hizo corto y ojalá obtenga todo lo bueno que merece su aptitud artística y calado ventricular.

Tocaba resolver la incógnita acerca de si optaría por Florence o por Editors. Y lo hice por estos últimos, pese a no haber visto nunca a Florence & the Machine. Mi decisión la basé en lo mucho que me marcaron las canciones de los dos primeros discos de los ingleses, auténtica euforía inflamada para el corazón. Es verdad que ambas bandas hace tiempo que están alejadas de su momento dulce, en especial Editors, con ese peligroso acercamiento que a veces enfilan hacia cierto mesianismo a lo U2 y olvidando su abrumador post-punk de sus primeros años de carrera.

Por lo que me comentaron, Florence & The Machine ofreció un show de pleno derroche artístico, al que sólo pude acudir en los últimos compases antes de ir a por unos pistachos a la zona de prensa. Pero rascó muy poco de su época gloriosa, la que llega hasta el magno How Big, How Blue, How Beautiful (2015).

En el caso de Editors, acompañados de un sonido envolvente, ampuloso y nítido, empujados por un Tom Smith realmente con aura, no tardaron en jugar bazas tan concluyentes como “The Racing Rats” y “Papillon”, de los momentos más eufóricos y celebrados de todo el festival sin duda alguna esta última. Otro pasaje trepidante fue el taladro emocional de “An end has a star” y muy especialmente el rescate de una inflamadísima “Smokers outside the hospital doors”, antes de terminar un concierto muy notable con el clasicazo “Munich”. Muy buenos.

Tocaba despedirse esa madrugada con un colofón de altura. Mi primera opción fue acercarme al escenario 2 para ver a Royal Blood. Su suerte de “rock moderno”, muy heredero de las mutaciones sufridas por los últimos Queens of the Stone Age, me sonaba ciertamente plasticoso y algo artificial. Bastante garrafón, en una palabra, por lo que era mejor encaminarse de nuevo a la auténtica gozadera de esta edición de Mad Cool, los escenarios secundarios.

Y la gran sorpresa vino de la mano de las bestiales Pinplinpussies, un sonido crudo y explosivo el defendido por las dos catalanas en ese formato reducido y contundente a su vez que es batería, guitarra y voces. Punto. Me sorprendieron gratamente y me situaron en su búsqueda. Un nuevo hallazgo de esos que comentaba en la jornada del jueves. Podríamos decir que ocupan un espacio intermedio entre otras dos bandazas como son Yawners y Bala.

En resumidas cuentas, una gran revolución de todas y todos los underdogs de este mundo, unidos para encarar la decadencia de un ser anteriormente conocido como humano.

Raúl del Olmo

Mad Cool Festival 10 de julio

La última jornada del Mad Cool suponía algo así como un epílogo basado ante todo en propuestas sonoras contemporáneas más afines con el sonido urbano, por lo general. Quizás por ello el público del día difería en parte del que vimos los tres anteriores de festival, e igualmente, también era inferior la afluencia de personas en ese bonus extra.

Había que madrugar para asistir a una de las propuestas más arriesgadas e inquietas de la escena del emo rap nacional y sonidos limítrofes. Me estoy refiriendo al inclasificable Goa. Su inquietud artística le ha llevado siempre a incluir en sus canciones elementos del rock independiente de los primeros 2000 (sus amadísimos The Strokes) o influencias del black metal, grunge (ha llegado a publicar un disco unplugged con sus éxitos en acústico), anime, etc. Profundidad en sus letras, drama, exceso, sexo, droga, muerte e infierno. En estos términos podríamos englobar su universo.

Salió a escena acompañado de su inseparable Pochi lanzando bases, uno de los mejores productores que tenemos del género y, además, la compañía de dos guitarras eléctricas, portando una de ellas otro de los productores con más proyección, el jovencísimo Loco Alien.

Interesante se presentaba el concierto, pero tuvo que lidiar con unos molestos problemas de sonido que hicieron detenerlo y volver a empezar tras las múltiples quejas del público, repitiendo de nuevo la primera canción, “Un chico de ciudad”, por completo, ya que a Goa no se le escuchaba absolutamente nada por el micrófono, algo un poco parecido a lo que sufrió Aleesha la noche anterior al principio, pero mucho más descarado esto. No obstante, se volvieron a repetir los problemas en algunos lances del show, con un Pochi desesperado por estos imprevistos y el propio Goa gritando ostensibles “me cago en Dios” ahogados al micrófono cuando éste dejaba de emitir sonido.

Aún con ello, extraordinaria actitud y desgarro, concierto reptante y oblicuo muy confiado en su primera parte en los recientes temas de Ultramaldad (21), destacando una brutal “Vomito en mi chaqueta”. En la segunda parte, tras una amalgama de beats y riffs propios del blackgaze en algún lance, Goa se centró en sus grandes clásicos, destacando una intensísima “777”, la siempre efectiva “My crush” y el muro de guitarras brutal que aportó una dimensión musculada y más dramática a su mayor éxito “Yeyo en mi iphone”.

Para finalizar y con unas formas mucho más amateurs propias del origen de la escena, lanzaron desde el ordenador “Guns n’ Roses” (con las propias voces metidas y ya con los cuatro artistas coreando el tema al público en karaoke desprovistos de todo instrumento), producida por Pochi y gran himno cantado a pachas en estudio por Yung Beef junto a Goa. Una pena que El Seko no hubiera llegado a acompañarle para defenderla y dinamitar el escenario esa calurosa tarde.

Hubo que afrontar posteriormente la cancelación del concierto de Arlo Parks, anunciada en menos de 24 horas porque un miembro de su equipo estaba con El Cobi. Bueno, pues pese a no contar con una de las principales atracciones musicales del año pasado, debo decirles que el cambio a servidor le pareció muy ventajoso: el dúo catalán Cala Vento sería el encargado de en un tiempo record montar un show.

Para empezar, decir que esto ha sido una hostia que no he visto venir. Un sonido limpio y contundente como muy pocos del festival, si no el mejor. Otra cosa como solo dos personas a guitarra y batería pudieron llenar un escenario de considerables dimensiones, bueno, en realidad sí que lo sé, por contar con un cancionero repleto de temas como soles; esos himnos inflamados de emo-power-pop-post-hardcore, para no dejarme ninguna etiqueta emparentable, como si fusionaran el libro de estilo de Nueva Vulcano para convertirse en sus herederos naturales con la fascinante capacidad melódica de unos, pongamos Jimmy Eat World.

Pero lo verdaderamente apabullante fue la audiencia que congregaron, decenas de personas sabiéndose sus canciones sin excepción, saltando y pogueando como si fueran el cabeza de cartel del día. Sin exageraciones digo que se quedaba uno boquiabierto viéndolo si no era fan acérrimo. Increíble, hasta dos pogos a la vez distintos, uno a cada lado del escenario, de importante diámetro se formaron. Una locura.

Destacaron tanto los temazos recientes de su celebrado Balanceo (19), desde el arranque con “La comunidad” hasta trallazos de la talla de “Un año más” o “Gente como tú”, pasando por canciones tan maravillosas como sus primerizas “Estoy enamorado de ti” y “Abril”, coreadas por cientos de almas al unísono con los músicos contentos, agradecidos y entregados, pasando por la versión de Sr. Chinarro ·”Del montón”, perfectamente adaptada a su estilo y que hacen suya sin problemas.

A destacar también una de sus primeras composiciones y, posiblemente, mi canción preferida del dúo, la emocionante “Unos poco y otros tanto”. Pero desde luego lo que no se pudo ver venir ni de coña es un directo de semejante enjundia y vigor que supera, lo cual ya es mucho, sus propias composiciones en estudio. Calambrazo insospechado del Mad Cool 2022 por méritos propios.

Raúl del Olmo

El primer concierto que disfruté de la última jornada del Mad Cool fue el de Nathy Peluso. Menuda artista, toda intensidad, energía y dinamismo. Tiene un tren inferior que ni el mismísimo Roberto Carlos, si yo hubiera hecho alguno de los movimientos que ella nos mostró durante su espectáculo me tendrían que llevar al hospital más cercano, que no es otro que el Isabel Zendal, así que mejor no intentarlo. Más allá de su puesta en escena, lo repito fue brillante, me sorprendió los cambios musicales por los que transitó en poco más de una hora. Pasamos de estar bailando salsa y bachata a saltar bajo una melodía de música electrónica al más puro estilo de Berlín. Y por supuesto, deambulamos por el pop, el urban o el trap.

La mejor transición musical fue la acontecida entre las tres últimas canciones. Después de escuchar temas como la sesión con BZRP (“Vol.36”) , la colaboración que tiene con C. Tangana en “Ateo” o uno de sus grandes himnos “Busines Woman”, llegó su último single publicado, “Emergencia”. Un tema de corte electrónico. Debido a la intensidad de esta canción, era complicado saber cómo iba a conectar con “Corashe”, un himno con un corte mucho más soulero. Pues lo hizo, y además a la perfección. Por último, y cuando ya creíamos que lo habíamos visto todo, nos ofrece un discurso al más puro estilo De Madrid al Cielo y lo conecta con una versión que realizó recientemente del aclamado tema de Camilo Sexto, “Vivir así es Morir de Amor”. Todo muy chovinista, pero festivo al mismo tiempo. Un discurso que compraría sin ninguna duda.

Tras Nathy Peluso, fue el turno de los raperos Natos y Waor, nada menos que en el escenario principal. Todavía recuerdo cuando era un chaval y nos pasábamos sus primeras demos. De eso ha pasado casi una década. Esas canciones, que nos presentaron en salas como Copérnico o Silikona, fueron sus primeros pasos. A día de hoy, cuentan con ocho álbumes a sus espaldas. Ahora cierran festivales como el Mad Cool, pero todo ello sin perder el norte y sus raíces. Natos y Waor, esa pequeña agrupación de Aluche que ha sabido crecer de manera desmesurada, pero manteniendo su esencia punk y su estilo crudo. Canciones que destilan rabia, orgullo de clase, dignidad y bastante sinceridad.

 

El setlist fue perfecto, una lástima que durara tan poco. El público completamente entregado, incluso los agentes de seguridad más jóvenes o los camareros de las barras , no podían evitar grabar algún tema como “Pirata” o “Bicho Raro”. Tampoco faltaron sus grandes himnos como “Generación perdida” o “Cicatrices”.  Además, tuvimos la suerte de encontrarnos con dos sorpresas. La primera fue la aparición de Recycled J para cantar algún tema de su último trabajo conjunto, Hijos de la Ruina Vol.3. La segunda es la presentación de uno de sus últimos adelantos (“Septiembre”) que será la canción que abrirá su nuevo trabajo de estudio, Luna Llena, que verá la luz a finales de verano.

La Maravillosa Orquesta del Alcohol ensombreció al todopoderoso Jack White. De las más de 20.000 personas que acudieron a la última jornada del festival, casi 9.000 acudieron a disfrutar del grupo burgalés. Toda una proeza. Y de los  que quedaban, gran parte se fueron a ver a  Recycled J, sobre todo la gente más joven.

Tenía mis dudas. Hasta última hora no sabía si ir a ver al exmiembro de The White Stripes, toda una eminencia musical, o a David Ruiz y compañía, seguramente el grupo que más admiré de nuestro país. Debido al horario (Jack White comenzaba 10 minutos antes) me dirigí al escenario Madrid Is Life (escenario 2) donde actuaba el cantante de Detroit. El inicio fue un torbellino que rápidamente se esfumó. Interpretó “Taking Me Back” y cuando terminó, se produjo un fallo técnico. Posteriormente se solucionó, aunque no estaría allí para verlo. Supongo que era el destino, dándome una segunda oportunidad para redimirme.

Rápidamente, me dirigí al The Loop, escenario que acogió en las últimas jornadas a los diferentes DJ. Era un invernadero que se encontraba hasta arriba de gente, una locura. Llegué justamente cuando estaban interpretando “La molinera” y era todo un espectáculo. Lo primero que pensé es: este conjunto es un grupo generacional.

La conexión que tienen con sus oyentes es envidiable, da igual la canción que interpretan, que el público la goza y la canta. El setlist era de lo mejorcito de la casa (“Vasos Vacíos”, Héroes del Sábado”, “1932”, “Miraflores”, “Nómadas”, entre muchas otras ) y el final del concierto es para enmarcar. Un público completamente entregado gritando a pleno pulmón: escenario principal, escenario principal. Toda una declaración de intenciones.

La Maravillosa Orquesta del Alcohol nos ofreció uno de los mejores conciertos de esta edición del Mad Cool. Por cierto, la canción que cerró todo el festival no fue “Seven Nation Army” de Jack White, sino “Mañana voy a Burgos”. Todo un orgullo.

Víctor Terrazas

Fotos: Paco Poyato, Andrés Iglesias (Mad Cool Festival)

Un comentario en «Mad Cool Festival (Valdebebas / IFEMA) Madrid»

  • Felicidades por el reportaje, para mí lo mejor del sábado fue Local Natives, The Sherlocks, Kings of Leon y Editors.
    Un saludo.

    Pd: los solapamientos son inevitables pero deberían ser de distinto estilo musical.

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