No maten mi alma en los conciertos: por una desacralización del selfie

“Replanteemos la historia platónica: las sombras son esas mediaciones entre nosotros y el mundo tangible. Hoy en día hay muchas más sombras que mundo tangible y por tanto interactuamos más con las imágenes que con la realidad.” (Joan Fontcuberta)

Las redes sociales son el vehículo y el testimonio de una civilización sujeta a la conectividad, a la sobreexposición continua mediante imágenes y mensajes cortos que buscan sustento y cobijo en lo emocional, desechando lo racional las más de las veces. En la actualidad el nomos está instaurado en nuestro “yo” más (inter)conectado que, paradójicamente, nos aleja cada vez más de la realidad. Las palabras de Joan Fontcuberta vienen a corroborar que, en este “ente” abstracto llamado aldea global, se va perfilando una orografía en la cual -haciendo uso del símil Platónico- lo “ficticio” (las sombras) ganan la batalla a la “realidad” creando así una supra-realidad que instaura unos nuevos patrones que vinculan al hombre con su entorno; por otro lado pudiera parecer que este panorama de exacerbación de la personalidad nos devuelve al axioma kantiano, y que tendría su apogeo en la Ilustración de que la tendencia dominante en el mundo anguo, que priorizaba la cultura formativa por encima de la cultura productiva se invierte; ahora se afirma que la techné por generar felicidad humana. El hombre es el creador, y (sobretodo) diseñador de (multi)historias que se fagocitan a tiempos de vértigo. Los conciertos de música es el marco idóneo para conquistar un espacio que realza la ubicuidad, una conquista del espacio que ni Kubrick hubiera imaginado.

El fallecido escritor Mark Fisher escribía muy atinadamente que “A la vez que las formas particulares del modernismo resultaban absorbidas y mercantilizadas, el credo modernista con su supuesta fe en el elitismo y en un modelo de cultura monológica, estructurada desde arriba hacia abajo, soportaba el desafío que representaban la “diferencia”, la “diversidad” y la “multiplicidad”. El realismo capitalista ya no presenta esta clase de confrontación con lo moderno. Más bien, el triunfo sobre el modernismo se da por hecho: el modernismo en verdad se ha convertido en algo que puede regresar periódicamente como un estilo estético congelado aunque no ya como un ideal de vida”. En el entramado de esta nueva modernidad, que desde finales del S.XX se llamaría posmodernidad, la acción colectiva pierde su acepción integradora y de motor de cambio, y asistimos al advenimiento del culto a la personalidad siempre reglado por un sistema económico (el capitalista) que extiende sus dominios desde el interior mismo (subjetivización), y crea un ilusorio marco de referencia democrático en el que el hombre y la cultura occidental vislumbran el contorno de sus propias sombras. El hombre sélfico, que es como desde ahora lo bautizo, es el protagonista en esta paideia global que articula un nuevo discurso y (re)valoriza el término intimidad ya que ésta se va transgrediendo; ahora ésta aparece (auto)saboteada sin pudor (miles de fotos campan a sus anchas por la red retratando el día a día de vidas anónimas, ya sean en las acciones diarias, ya sea proclamando a los cuatro vientos que estás a punto de ver un concierto, y te apuntas a ti detrás con el artista de fondo), y las tendencias se aceleran, se despersonalizan, se reformulan a una velocidad que sin internet sería inimaginable. Este empeño por extralimitar sus propias limitaciones hace que asistamos con una media sonrisa expectante al paradigma de hombre y mujer que como dice Jeremy Rifkin “En cada etapa de su vida, a medida que va probando nuevos estilos de vida, se va reconstruyendo. Estos hombres y mujeres proteicos tienen poco interés por la historia, pero están obsesionados con el estilo y la moda. Son experimentales y buscan la innovación. Las costumbres, las convenciones, y las tradiciones apenas existen en su entorno, siempre acelerado y cambiante.” La vida es un simulacro a x… fotogramas por segundo, y las redes sociales tipo Facebook es el registro fantasma del postrero espúreo.

Esta erótica de la imagen fotográfica, tan en boga desde hace algunos años, es consecuencia directa de la facilidad que los nuevos dispositivos móviles (tablets, smartphones…) están ofreciendo a los usuarios para inmortalizar el momento sin necesidad de conocer ninguna técnica, y esto ha llevado a una democratización de este arte. Susan Sontag hace unos años escribía, de forma profética, en su clásico libro Sobre la fotografía que “Recientemente la fotografi?a se ha transformado en una diversio?n casi tan cultivada como el sexo y el baile, lo cual significa que la fotografi?a, como toda forma arti?stica de masas, no es cultivada como tal por la mayori?a. Es sobre todo un rito social, una proteccio?n contra la ansiedad y un instrumento de poder”. El selfie, con el paso de los años se ha ido instituyendo como un medio que permite un diálogo diacrónico con el mundo ficticio de las redes sociales. Una autofoto es para muchos un instrumento de empoderamiento ya que permite domesticar a la naturaleza. Demos la bienvenida al nuevo Narciso pixelado: “Es un proceso en el que nos vamos fundiendo con los sitios que ocupamos. Pasamos de estar enfrente, cuando lo pintábamos, a que éste nos conforme, o sea nosotros, cuando nos hacemos el selfie. El lugar en el que nos encontramos se devalúa tanto que llega a desaparecer y solo hay yo yo yo yo en la imagen. No significa esto que el espacio circundante desaparezca de la imagen, lo que significa es que, hasta la porción del cuadro en la que aparece el entorno, significa yo yo yo yo”. Nicolás Melini con estas palabras nos habla de una hiperrealidad de raíz braudrillardiana en la que ocupamos el espacio y le damos una dimensión nueva ya que a estas realidades les asignamos unos estímulos y unos significados que la deconstruyen. Este Narciso pixelado que ha substituido a la fe por el entusiasmo, y el discurso sistemático por el frívolo, representa a una sociedad que, en palabras de Lipovetsky “ha sellado el declive de las grandes estructuras tradicionales de sentido y su recuperación por la lógica de la moda y del consumo”; así mismo podemos encuadrar esta representación hipermoderna del “yo” atribuible al selfie como un cambio de paradigma: “Los sistemas de representación se han convertido en objetos de consumo y todos son tan intercambiables como un coche o una vivienda. En el fondo estamos ante la expresión última de la secularización moderna, que no había podido manifestarse antes totalmente, maniatada como estaba por discursos generalizadores que prorrogaban, en virtud de los defectos laicos, el sometimiento humano a un principio superior, precisamente mientras el ideal democrático militaba en favor de la autonomía de un mundo humano que hervía de aspiraciones individuales”. Necesitamos documentarnos constantemente a nosotros mismos, ya que no hay instituciones superiores que nos regule o nos dé otras pautas de socialización; en este aspecto de pérdida de puntos de referencia sería pertinente señalar lo que el escritor John Storey comenta a colación de las teorías de Jean-François Lyotard: Para Lyotard, la condición posmoderna está marcada por una crisis en el estatus del conocimiento en las sociedades occidentales. Esto se expresa “como una incredulidad hacia las metanarrativas” y lo que él denomina “la obsolescencia del aparato metanarrativo de legitimación”. A lo que Lyotard se refiere es al supuesto derrumbamiento contemporáneo o rechazo general a marcos totalizadores y excesivamente protectores que intentan contar historias universalistas (“metanarrativas”): marxismo, liberalismo, cristianismo, por ejemplo.” Narciso muere contemplando su propio reflejo en el agua. Algún día el disparo de nuestro smartphone anunciará nuestro final -como en la serie de dibujos de Joan Cornellà (Selfie)- y lo recibiremos con nuestra mejor sonrisa.

Las saturación de fotografías tomadas y colgadas en la red en conciertos también es un fiel reflejo de una conciencia contemporáneo en la era de los espejos. Muchos de estos selfies son instantáneas tomadas de uno mismo reflejado en el espejo, y se constata de que el valor del selfie no reside en la construcción de imágenes sino en la de dar sentido a las existentes. El “yo” reflejado en el espejo no es una identidad estable, ni se puede captar mediante la introspección o la memoria, sino que la imagen que nos devuelve ese espejo es la de la inestabilidad, lo efímero, transitorio, y artificial. Bien pensado la acción posmoderna es un intento de ir en contra de la canonización de lo moderno (que ya se percibe como una antigualla), en aras de canalizar un arte de resistencia y subversivo. ¡Que mayor acto de subversión que dar un aura de trascendencia a una imagen manipulada, maleable, e intercambiable!. El fenómeno de la postfotografía, aunque se mueva en ese territorio de transitoriedad antes mencionado, va tejiendo un espacio de reafirmación, ha dejado de ser sinónimo de memoria a pasar a ser un grito de atención, y una sacralización del momento presente.

En esta nueva narratividad artística que supone el pixelado permite que el selfie -o las fotos digitales en un espectro más amplio, o la incidencia de los dispositivos móviles en nuestras vidas- sea utilizado como medio para integrarlo dentro de la obra de arte. Es una manera de hacer convivir la memoria colectiva y democrática de las miles y miles de fotos sin autoría que convergen en la red y el arte conceptual (combativo en muchos casos, aunque se asocie con facilidad a este fenómeno con lo hedonista); esto se consigue estableciendo una relación (poética, dialéctica, política) entre las palabras de búsqueda en Google y la imagen matriz. De esta forma, por apuntar algún ejemplo, nacen los denominados Googlegramas por Joan Fontcuberta, que son unos mosaicos manipulados mediante freeware. Más arte crítico que interroga a la realidad es el de Kim Dong Kyu, y queda de manifiesto en su proyecto ART X SMART que son parodias de cómo el móvil ha cambiado muestras formas de relacionarnos con nosotros mismos y con la naturaleza.

Parece que todo en nuestras vidas dependa de un click, y de otro, y… alrededor de 24.000 millones de selfies se han ido almacenando en Google Photo, y esto es síntoma de la necesidad que tenemos de crearnos una personalidad que gravita entorno a una hiperrealidad en el que todo es apariencia o simulacro; es una construcción de cómo queremos que el mundo nos vea. Esta era hipermoderna -como la llama Lipovetsky– propicia una coyuntura idónea para que se extiendan infinitas redes y/ o canales de interrelación entre el hombre y su entorno, y que paradójicamente se reformule la idea de “naturaleza”. Lo natural es desnaturalizar lo que no cabe en el encuadre; es demostrar que el “yo” de un nuevo Narciso ha domesticado a la naturaleza y la despoja de su significado más primigenio. Somos como demiurgos que vamos construyendo nuestra realidad, una realidad que solo es, si tras el click aparece en el encuadre. Click. La muerte de ese Narciso efímero. Click. Nos vemos en los conciertos, pero no disparen y maten mi alma.

Un comentario sobre “No maten mi alma en los conciertos: por una desacralización del selfie

  • el 29 Noviembre, 2018 a las 9:32 am
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    Resumen: dejad el móvil en el bolsillo en los conciertos, anormales

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