Reseñamos ‘Stop’ de Stanley Sunday

David Domingo, conocido con el nombre artístico de Stanley Sunday, es un afamado director de videoclips, y un hombre con un estilo muy peculiar e idiosincrásico. Una estética que mezcla lo cheesy con lo pop; lo artificioso con la pátina orgánica. Ya había colaborado con la banda barcelonesa Doble Pletina -excelentes imágenes que extrajo de “Electrobolero”-, pero en la mente de todos ellos estaba volver a hacer algo más ambicioso. El tiempo de confinamiento ofrecía la oportunidad a todos de ir madurando un proyecto bigger-than-life y a bajo presupuesto, claro.

Estrenada en el último festival D’A de Barcelona, Stop (Movistar Plus/Austrohúngaro) y disponible en Filmin, es una ¿película?, ¿videoclip alargado? ¿performance? en donde Doble Pletina hacen de ellos mismos, aunque teatralizando los gestos para desentrañar un nuevo yo oculto. Son cerca de sesenta minutos de musical más estático y lánguido que las operetas románticas de Jacques Demy, pero, aunque aquí los protagonistas no se comunican cantando, lo hacen telemáticamente: tostadas voladoras, signos no lingüísticos que parecen contener mundos enteros de significado, realidades que son escenarios sci-fi dignas de Ed Wood

Los Doble Pletina viven en un piso muy pequeño. Un piso digno de una película de la Nouvelle Vague, y siempre están los cinco en encuadrados en el plano. Nadie se sale del campo de visión. Son, desde que nacieron, inseparables. Stop comienza como un cuento de hadas que le cuenta una mujer a una niña y versa así: una banda de pop entra en crisis porque las canciones no acaban de germinar en la cabeza de uno de ellos, Marc Ribera. A todo esto, añadamos a la trama, que Laura Antolín, otra del grupo, padece una angustia existencial que no la deja vivir: todo lo ve gris, y piensa que todos los malos augurios se alían para joderla.

Sea lo que sea este filme, me gusta por su falta de pretensiones: aquí solo vale reírse de uno mismo y de los tópicos del pop indie tristón y apático. Qué mejor manera de hacerlo que cantando canciones que den lugar – cual performance situacionista- a la sinfonía de la decadencia milennial, esa que sobrevive en pisos compartidos y que el sistema a llevado a una profunda depresión sin escapatoria.”Pobre De Mí” se nutre de nuestras miserias.

En un momento del metraje a Laura, sus compañeros de banda, le regalan una señal de STOP. Una señal de vida; una señal para acabar con el desaliento y la queja perpetua. Basta de canciones tristes. Los cinco bailan una coreografia extraña en un parque, y Laura aguanta la presión del objetivo de la cámara en un primer plano de su rostro cantando “Algo De Lo Que Me Pueda Quejar”. Las lágrimas caen, pero ella acaba, cual Catherine Deneuve, guiñándonos un ojo cómplica. Esto todo es una broma, qué os creíais.

En un parque de Barcelona los cinco Doble Pletina tienen una misión: decicarse a vigilar a los transeúntes de que unas extrañas plantas no los devoren. Por allí pasa José Ignacio Martorell (Jonston) y surge el amor con Laura, que estaba por allí en un banco. Se repiten que se quieren mucho (yo más, no, yo más, no, yo más…) hasta que ella acaba con esta hostilidad amorosa cursi y se levanta a cantar “Tratado De Paz”, pero José acaba devorado por la maleza maligna. Le cortan la cabeza para salvar su alma, o algo así. La banda siempre unida.

Marc por fin tiene una nueva canción. Trata sobre “Esdrújulos Epítetos”, y cual Talking Heads con migraña, la entonan en un escenario con fondo azulado. Ribera sostiene la cabeza de Jonston sentado en plan Emmanuelle; el director de gialloqueer Marc Ferrer aparece sosteniendo garrafas de agua haciendo bíceps; la señora que narra toda esta historia a la niña también aparece a ovacionar a los chicos tristes, y hasta Evripidis Sabatis le da un besazo a Marc. Quitémonos las máscaras y bailemos hasta que la tristeza nos inspire volver a estar tristes.

Te dejamos con el tráiler de Stop de Stanley Sunday

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