Sigmund Wilder – Desorden (Autoeditado)

Pocas veces el título de un disco retrata a la perfección no solo su contenido sino también todo lo que conlleva su escucha. Si hasta hace poco no éramos muchos los que conocíamos la existencia de un proyecto llamado Sigmund Wilder (pseudónimo más fácilmente identificable con algún director de cine experimental o autor de novela de ciencia ficción), nada más tener noticias de la existencia de este Desorden nos pusimos a la búsqueda y captura de cualquier obra anterior o posterior bajo dicha firma. No en vano, quienes admiramos y atesoramos sin remedio la música de The Cure, Joy Division, Depeche Mode o Placebo tenemos un radar extraño para detectar cualquier trazo similar en las canciones de cualquier otro artista, y obviamente disfrutarlo infinitamente. Son estas, a bote pronto, las principales influencias en los temas compuestos por David Martínez, el cerebro detrás de un nombre grupal que solo había publicado antes un EP titulado The Day David Bowie Died en el que imaginaba cómo sería enamorarse de nuevo después de que tus referentes emocionales y vitales se desvanecieran para siempre, amén de grabar en 2017 otro disco en inglés del que casi nada se supo en su momento. Afortunadamente, estas nuevas y espléndidas ocho canciones se encargan de subsanar aquel error. Cosas de la sordera momentánea, o más bien de la absurda sobreexposición informativa.

Abonándose al castellano como medio de expresión, mucho más adecuado a su fraseo y aparente hieratismo, se atreve a hablar con relativa claridad, a menudo enmascarando metáforas y disimulando evidencias, de la melancolía y descreimiento que deberían ser implícitos a la existencia misma. Brillantes en la producción, los adalides de la modernidad sonora Santos & Fluren (ya experimentados promotores del reciente sonido de Izal y Love Of Lesbian, entre otros) proporcionan el colchón adecuado a unos temas imbuidos de ímpetu melódico como “El fantasma de Syd Barrett”, que probablemente sea ya y sin miedo a equivocaciones una de las canciones del año, o al inapelable hit que es “Sin ti fue invierno”, donde solo cabe rendirse al abanico de influjos citados más arriba y admirar una personalidad indiscutible para revertir esa nostalgia, ese leve resquemor por los sentimientos que fueron y no debieron ser, o viceversa, perfectamente explícitos en los entresijos de “Objetos perdidos” o el bajo penetrante, marca de la casa, de la maravillosa “14 segundos”, todo un catálogo de apuntes sobre la música que se debe escuchar desde pequeño para llegar a cierto nivel. Solo hay que empezar a escuchar “Fiction channel” para saber de qué va la cosa. Idas y venidas emocionales, reencuentros inesperados pero satisfactorios, con el trasfondo sonoro de la new wave y el synth pop que hicieron de los ochenta una década no tan olvidable como podríamos pensar. Todo narrado con la perfección de un Abraham Boba o un Sr. Chinarro sin tanto bombo ni platillo, como si otro Carlos Berlanga, este menos comprometido con el hedonismo, estuviera apadrinándolo desde ahí arriba después de dar su completa aprobación.

Sigmund Wilder debería convertirse en una etiqueta de prestigio o un símbolo de calidad envasado al vacío. A partir de ahora, y después de haber escuchado este disco sin prisa ni pausa durante varios días seguidos, hay quienes pensamos que ha nacido un nuevo referente en nuestras pasiones musicales, y mucho tienen que cambiar las tornas para que un nombre tan rotundo deje de significar tanto para nosotros.

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