Bright Eyes – Cassadaga (Saddle Creek/Universal)

Conor Oberst llevaba años hablando en las entrevistas que sus artistas favoritos eran Townes Van Zadt y Gram Parsons, y aquí, en Cassadaga, encontramos lo que estos dos artistas hubieran hecho si hubieran compuesto sus canciones en estos confusos primeros años del siglo XXI. Es bien cierto que en I’m Wide awake, it’s morning (Saddle Creek, 2005) ya se apuntaban maneras hacia esta dirección, pero es ahora cuando el intento consigue la contundencia y rotundidad de las obras de gran calado.

Cassadaga es un disco de raíces, (eso que la prensa musical ha bautizado como americana), y que si bien no es una obra maestra definitiva, si que está muy cerca de serlo si por obra maestra entendemos aquélla en la que los propósitos y los resultados se solapan. Así, Cassadaga está compuesto por trece canciones que crecen en cada escucha, con unas letras en las que se filosofa con ternura sobre los males del mundo, del individuo y del artista comprometido con su época. Lucidez y clarividencia en los arreglos, un sonido muy beneficiado por el aumento de presupuesto y un mirar atrás sin ira convierten a Oberst en el nuevo Dylan vituperado y eléctrico, que no es poco.

Exceptuando la errática “Coat Check Dream”, el resto de canciones se nos muestran musculosas, amplias de miras, repletas de arreglos acertados e interpretadas con la convicción necesaria para epatar a los que estamos mirando cómo el mundo pasa. Indie-rock del nuevo milenio para los nuevos tiempos furiosos. Confusión -confesión- antes que cinismo; eso y la determinación de “Four Winds”, “Classic Cars”, “Soul Singer in a Session Band”, “I must belong somewhere” o la imprescindible “Lime tree” hacen que Cassadaga sea un disco escandalosamente grande. A veces demasiado grande para poder soportarlo.

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