Girls – Father, Son, Holy Ghost (Turnstile)

Hay algo irreversiblemente molesto en la música de Girls. Nadie duda que pueden ser El Grupo; esa banda que puedes considerar como un valor refugio en medio de un mercado profundamente inflado y apalancado hasta las trancas. Sabes que en apenas unos compases son capaces de partirte el corazón en dos. Pero también son los mismos que puedes llegar a detestar apenas unos segundos después. Girls son ese niño que en una declaración de amor arrastra ruidosamente las sillas en la mesa de al lado. O el grano que te sale antes de la primera cita. O el tipo de metro noventa que se te pone delante en un concierto. Son la prueba irrefutable que si algo nos parece perfecto es que no prestamos suficiente atención.

Pero en el segundo disco de Chet “Jr” White y Christopher Owens, a diferencia de sus anteriores trabajos, uno nunca llega a pensar en perfecciones. Y eso a pesar que tras la primera canción, “Honey Bunny”, uno se encuentra en la embarazosa postura de hallarse de rodillas, con lágrimas surcando nuestras mejillas y dando gracias a San Brian Wilson y al malvado pero genial arzobispo Phil Spector por tanta dulzura y valentía pop. Pero antes que el empacho nos eleve peligrosamente el azúcar, los Girls caen en un largo e insospechado bostezo con paradas en la auto-repetición descarada (si se han gastado de tanto usarlos los discos anteriores, poco habrá aquí que sorprenda), la anemia compositiva (¿dónde han ido esos finales gloriosos de antaño?) y lo peor de todo: la experimentación con gaseosa. ¿Quién ha llamado al Carlos Santana de los ochenta? ¿Por qué esos solos de guitarra? ¿Por qué caer en un ruidismo tan dócil y fuera de lugar? Y esperen! ¿Es posible que lo que oigo sean solos de coro de gospel?

Quizás no esté de más recordar que una mala canción suya sea como siete años para un perro pero inevitablemente uno se siente tentado a usar la palabra “decepción” al pensar en el disco. No obstante, uno también está casi convencido que este disco será en la discografía de Girls el breve pero inevitable recordatorio que nada es perfecto.

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