Iván Ferreiro – La Riviera (Madrid)

La sinfonía de la Metro Goldwyn Mayer abrió el telón de otro concierto de Iván Ferreiro en la Riviera de Madrid, esa sala donde se despidieron Los Piratas y donde en palabras del propio Iván “siempre se lo pasa de puta madre”. Pese a lo mundano de la expresión, la realidad, la única realidad es que la actuación del viernes no fue un concierto más en La Riviera. Posiblemente el viernes asistimos a su mejor actuación en años, al menos en la capital. Arrancó con “Toda la verdad”, presagiando que la naturalidad y la crudeza con que habían programado desvestir a las canciones, tiñéndolas de electricidad y desproveyéndolas de cualquier adorno floral, iban a marcar el carácter reverencial de la noche.

Fieles tiene a patadas Iván Ferreiro, y además sigue renovándolos generación tras generación, como un Sabina de esta parte del siglo. Las entradas, una vez más, se agotaron días antes. La noche del viernes el carácter litúrgico se hizo más que patente en la efusión con que público y artista arremetían contra las cada vez más enmarañadas letras del gallego en “Farenheit 451”, “Ciudadano A”, “Me toca tirar” o “Extrema Pobreza”. Como un Credo, el minuto a minuto de las dos horas que duró el concierto, lo pasamos alabando la discografía del gallego, haciendo las paradas más pintonas en “Las siete y Media” y en su “Picnic Extraterrestre”.

La crudeza inusual en Ferreiro parecía reivindicar que el pan es pan y el vino es vino, incluso cuando al piano y haciendo gala de esa flema teatral, tan tierna y corrosiva, embestía con la ya casi parada obligatoria para versionar a Los Planetas en los conciertos españoles, “Toxicosmos” fue la del viernes.

Sorprendente también el nivel acústico, por cantidad y calidad, se entendían una a una las silabas, se oía la voz y se escuchaban las canciones. Algo completamente nuevo para éste que escribe, harto de oír a medias en la Riviera los conciertos. Tanto nos mimó Ferreiro y tal fue la respuesta, que no pudo sino admitir tras “Paraísos perdidos” que nunca le habían tratado tan bien en la Riviera. Pero es que tampoco se recuerda a un Ferreiro tan grande desde la gira de presentación de Canciones para el Tiempo y la Distancia.

Su voz rasgada, esa que tiene de sexo del bueno, y su electrizante amaneramiento,  mostrando su mejor músculo, me traía a la cabeza a ratos un reflujo a lo “Grinderman” y otros tanto un espectáculo karaoke de “Hombres G”, con la parroquia al unísono en “M”, “Años ochenta” y la inmaculada “Turnedo”. Más tarde apareció Alex Ferreira al que le cantamos entre todos el cumpleaños a petición del anfitrión,  mientras ellos se marcaron un “Promesas” y luego como regalo As Ferreiro (Amaro + Iván), nos recompensaron con una más que emotiva “S.P.B.N.”

Lo dicho, una crudeza elemental, un Ferreiro escoltado por sus buenos músicos habituales, entre los que destacó el loco de Emilio Sáez a la guitarra, que arrancó vellos de punta como de post-colocón y una infatigable intensidad que se alargó hasta los bises con “El equilibrio es imposible” y “Mi coco”, esta última con traspiés incluido. En definitiva, una noche de furia paranoica. Ya lo escribió Él antes que nosotros.

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