Niño de Elche (Teatro de la Zarzuela) Madrid 22/11/2022

Con la manga derecha de su traje blanco desgarrada, impertérrito sobre una silla erigida sobre material de escombro, Niño de Elche aguarda con efigie hierática por más de veinte minutos a que su público vaya llenando el recargado Teatro de la Zarzuela. Con su porte de solemnidad extrema, su ocasión le merece la pena: el clásico recinto será testigo de la presentación en Madrid de su reciente Flamenco. Mausoleo de celebración, amor y muerte, una propuesta conceptual e, incluso, metafórica de una supuesta muerte del flamenco tal y como lo conocemos, porque sí, porque así lo dice Francisco Contreras.

Niño de Elche hace de todo. Por eso mismo entiende a la perfección la aportación de las acciones, dirían, performativas, y el valor que tienen para potenciar los huecos que pueden quedar descubiertos por algunas carencias. Por eso, el alicantino se rodeará esta noche de Cantizano, uno de sus fieles escuderos, y Mariano Campallo, guitarristas que aportarán su experiencia junto a la de dos bailarines y a la pareja de cante y palmas compuesta por Pere Martínez y Jorge Peralta. La puesta en escena de todos ellos y, en esa pirámide jerárquica, en todo lo alto con su silla, él, marcarán una coreografía incesante alrededor de la mayor gloria del cantaor.

Los dos primeros temas del disco resuenan en los altavoces del recinto. No sé si alguien tenía fe en que apareciese Rosalía, que colabora en su “Seguiriya madre”, pero creo que muchos menos esperaban dos temas seguidos de pura grabación antes de que la tiniebla fuera dando paso a la luz perfiladora del protagonista. Las “Bamberas del enamorado” abrieron, técnicamente, el recital, a pesar de la espectacularidad de las estroboscópicas, siempre efectivas y, sobre todo, efectistas. No es quizá la mejor pieza para demostrar la capacidad y sentimiento vocal de Niño de Elche, que fue a más, eso sí, a medida que se iban incorporando temas con mucho más volumen y capacidad.

Si hay algo en este recital que destaca sobre todo es, como he mencionado, su capacidad como pieza conceptualizada. Esa muerte gratuita del flamenco que regala como falso profeta Francisco Contreras aparece por doquier. Ya no solo, como es lógico, a través de piezas de tintes cuasi fúnebres como “Alboreá in articulo mortis”, sino también esa especie de celebración vital como contrarresto de la propia defunción, como “Alegrías y flores”.

Las coreografías y los intervalos de quienes le acompañaron en el escenario fue ganando más y más peso, aunque pareciera por la gesticulación y la congelación de varias de sus escenas que todo estuviera dispuesto para ensalzar la figura egocéntrica del cantaor. Y, todavía más: si uno quiere afinar con la interrelación de sus mil y un proyectos, algo podría rascar de cierta disposición visual y gestual en esas escenas con la similitud de algunos de los experimentos de Val del Omar en los que se ha sumergido Contreras en los últimos tiempos.

Pasarían también por el escenario las presentaciones en sociedad de “Canto por no llorar” o “Lamento”, dos caras de una moneda con más de una cara, que quizá apunte a que todo el batiburrillo que conforma la argamasa conceptual de este disco acaba siendo sobre el escenario una montaña rusa cuya velocidad dependerá, en gran medida, del momento que expresa, sin bajarse de la silla, Niño de Elche. Podemos entrar en debatir si la alternancia de estados de ánimo, empatía, pasión o vínculo son parte de una necesidad creativa de alcanzar todo o, precisamente, por ello, resulta algo complicado seguir ese conceptualismo y se convierte en una trampa que, no obstante, mantiene alguna puerta abierta en la experimentación algo forzada o en las referencias a los cantos populares.

Sin perder la referencia, visual y artística, de la figura de pater familias que peca del riesgo de caer en la egolatría, el entorno de Contreras alcanza su éxtasis de baile y palmas, celebrando también su momento, un momento que nunca ha dejado de tener la atenta mirada de supervisión del alicantino, que irá concediendo la salida de bailarines, acompañantes y guitarristas hasta quedarse solo con los restos de ese aquelarre con el que supuestamente el flamenco ha muerto, o bien lo ha matado él mismo porque ahora es lo que interesa.

Es, precisamente, esa posesión la que se refleja en la ausencia de la luz y en la aparición de la muerte al final y como final. El escenario queda vacío. Es el fin de ese mausoleo conceptual, que es físico con el material de escombros que ha abandonado ya hace unos minutos Niño de Elche, antes de volver con todo su elenco para volver a dejar claro que, aunque nadie se lo haya pedido, él ha decidido que el flamenco debe morir en su forma tradicional. Otra cosa es que pueda abrir otra resurrección con alguna de las llaves que cuelgan de su traje negro de despedida.

Foto Niño de Elche: Álvaro de Benito

 

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