Vinila Von Bismark (Sala Ambigú) Córdoba 08/02/19

Lo de algunas artistas es claramente vocacional. Si desde que estás en primaria empiezas a jugar con pelucas, disfrazarte de los personajes menos convencionales y escuchar música con voracidad lo primero que suele pasarte es que las niñas de tu edad empiezan a colgarte el sambenito de “rara” o incluso un terrible “da grima”. Pero no importa porque tú sabes que alguien especial como tú no puede comportarse como el resto de los mortales que te rodean, y que cada crítica o comentario de incomprensión puede jugar a tu favor. En los años venideros, a la joven Irene López, la máscara cotidiana que se pone Vinila Von Bismark (la artista de la que hablo) partiría de su Granada natal para buscar en Madrid la salida profesional que merecía su genio. La encontró en espectáculos hechos a su medida y compañeros de andanzas que la hicieron crecer hasta convertirla en una estrella de los escenarios y luego de la música. Pero como no es cuestión de contar su vida, que para eso ya está el señor Google, me remito al espectáculo que supone ver a este volcán en concierto, porque aunque su discografía es corta, está llena de colaboraciones y giros estilísticos que la hacen tremendamente interesante. Donde antes quienes no la conocen demasiado veían a una pin-up rubia de estética retro ahora pueden encontrarse a un huracán mestizo de apariencia punk cuya lengua viperina es capaz de pulverizar convenciones con la misma velocidad que establece un canon de eclecticismo musical de difícil parangón en la escena nacional. Y si no, escuchen sus discos y alucinen.

Su entrega más reciente se llama Motel Llamado Mentira y es un catálogo inclasificable de sonidos arábigos, riffs abrasivos, afluencias del flamenco moderno y connotaciones latinas. No en vano le tiene un amor incondicional a México y todo lo relacionado con aquella bendita tierra, como tantos otros de su generación y posteriores. “Solo para mí” y “Quiero decirte al oído” la acercan a la pachanga más previsible partiendo de ritmos como la cumbia, asimilados con gracia y pasión, pero los mejores momentos llegan con los aires morunos de “Luna lunera” y “El niño del velero”, insospechados picos de intensidad que en disco adorna con colaboraciones y en vivo se basta y sobra para traspasar los límites de una creatividad infinita. En ese sentido, tal vez lo más llamativo sea la reinterpretación de un “Pena, penita, pena” con una voz obviamente menos racial que la de la gran Lola Flores y una inspiradísima revisión de “Todo es de color”, inmenso himno de Manuel Molina que primero grabó con los maravillosos Smash y luego brilló con otra luz en manos de Triana. Por estas y otras muchas razones, esto no fue un concierto de flamenco, ni una tanda de versiones de una orquesta caribeña, ni tampoco una furibunda banda de rockabilly y swing, como podría pensarse al escuchar las tremendas “Electrify”, “I’ve got my eyes on you” o la bestial despedida con “Feel like a man”. No es nada de eso y es mucho más a la vez. Es ver a una pitonisa pronosticando los futuros males que nos aquejarán en “Fuego”, con bocetos de danza del vientre incluidos, embriagarnos de perfumes místicos en “Ali Baba”, sumergirte en el pantano psicodélico de “Motel llamado mentira”, incitar a la perversión en “Vinila Masagua” (un auto homenaje porque sí, porque ella lo vale) o desafiar al hetero patriarcado en “Ven y atrévete”, en la que la banda se bate en combate consigo misma. Por cierto, este es un grupo perfectamente compenetrado por la experiencia, y algunos de sus miembros llevan más de una década acompañando a la jefa. Mención especial a la guitarra de Pablo Sanpa, versátil y discreta; pero sin el bajo de Javi Geras, los teclados de Gabri Casanova y la batería de Rodrigo Ulises ‘Niño’ Díaz la cosa no sería igual ni de lejos. Pero no olvidemos que con esta mujer al frente nada puede sonar a nada que te suene. Así de contradictorio.

Con la voracidad y el desprejuicio que la caracterizan, se apropia de la personalidad de las mismísimas Grecas para marcarse un “Anabalina” que nos desarma y pone a bailar hasta al portero de la sala Ambigú –otro casi lleno para uno de los grandes aciertos de la temporada invernal-, no sin antes rendir tributo, esta vez literal, a uno de sus referentes básicos en “La llorona”, engullendo las gotas de lágrimas y alcohol de Chavela Vargas en un único trago de momentánea despedida. Todo esto, que no es poco, con la rendida admiración de una audiencia que en su mayoría desconocía, y me incluyo, los poderes fácticos de esta auténtica revolucionaria. En formación, canciones y talento pocas mujeres le pueden toser hoy en día, y su directo es toda una experiencia. Riesgo y pasión. Es lo mínimo que ha de pedírsele a alguien que se hace llamar artista. Vinila Von Bismark es una de ellas, y de las grandes.

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