Benjamin Booker – Benjamin Booker (Rough Trade Records)

Ni tan siquiera hemos llegado aún al primer cuarto del siglo XXI, y ya estamos extenuados en el aburrimiento de su previsibilidad musical. Afortunadamente, entre recopilatorios que nadie ha pedido y discos que se instalan cómodamente pero a traición en el disco duro de cualquier ordenador, entre la avalancha de prescripciones grisáceas y la rutina fordista se cuelan de vez en cuando antisistemas como Benjamin Booker; personajes que, aun siendo plenamente conscientes de su contemporaneidad, juegan la baza de la atemporalidad para volver a hacer la música algo apasionante.

Es probable que no llegue al virtuosismo de guitarristas como Gary Clark Jr, pero la irrupción fulgurante de Booker y su última residencia conocida hacen pensar en que al príncipe de las tinieblas se le empieza a quedar corto el ejército de almas y vuelve a frecuentar los cruces de caminos con sus mejores tratos. La influencia de New Orleans es, como siempre ha sucedido, algo de lo que uno no se puede deshacer con facilidad; su pasado, reflejado en la riquísima y variada influencia cultural y musical de la ciudad, se filtra en el trabajo y en los discos de cualquier músico: esto ya ocurrió con el viraje casi espiritual de Hurray For The Riff Raff, y lo mismo pasa con el debut del joven Benjamin Booker.

No es casualidad que en los dos ejemplos intervenga Andrija Tokic, asentado en Nashville; aunque lo hace de forma más directa en el disco de Booker, donde ejerce de productor con todos los galones. La presencia de Tokic, que ha trabajado también con Denney And The Jets y Alabama Shakes, encaja a la perfección con el sonido de la ópera prima del músico nacido en Virginia, un blues-rock directo, ligero y dominador que, sin embargo, se deja bañar de distorsión (“Always waiting”, “Old hearts”), punk (“Violent shiver”, “Have you seen my son?”) y boogie (“Chippewa”), y se enfunda el vestido de las baladas en las que saca brillo a una voz única, de exigida yugular, entre el aullido y el terciopelo maltratado (“Slow coming”, “Spoon out my eyeballs”, “I thought I heard you screaming”). Grabado en apenas seis días, el disco está además perlado de algunos detalles como el del Fender Rhodes de Peter Keys, teclista de Lynyrd Skynyrd, diversos órganos y un mellotron que, como en el caso de blues enmascarado “Happy homes”, “Wicked Waters” o “Kids never growing older”, marcan la diferencia con una innegable herencia vintage.

Sin rastro alguno de duda, uno de los discos más excitantes del año.

 

 

 

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