Ruta Valenciana 80s

Do You Remember? La verdadera Ruta en 10 temazos

A oscuras bajo tierra

Por Álvaro de Benito

Mientras que la juventud de los 80 en nuestro país miraba a las escenas de Madrid y Vigo como las supuestas movidas, a la sombra y por lo subterráneo, en Valencia se empezaba a gestar un circuito alternativo que daría mucho de qué hablar. Prácticamente, cuando las “movidas” estaban ya más en el hoyo que vivas, la costa levantina había cimentado, a mediados de esa década, una cultura de club underground y vanguardista que se convirtió en la nueva savia y referencia para todo aquel que necesitase ampliar su cultura musical y quisiera disfrutar de ella.

Valencia y su área de influencia siempre tuvieron a bien mirar mucho más allá de modas y apuntaron directamente a involucrarse en el desarrollo de una escena más innovadora. Lo novedoso de las propuestas que venían de Europa en materia de estilos musicales escindidos o emparentados con el post-punk tuvo en lo que se denominaría «Ruta valenciana» su santuario, creando un circuito de discotecas y salas en las que disfrutar de muchos nombres que parecían no existir en otro lado en España.

El post-punk más primigenio había evolucionado a nuevos estilos que bebían de la oscuridad, de los sintetizadores o de un pop con matices, y muchos de ellos bailables o con connotación de serlo. El jangle pop venía fuerte, y su faceta más discotequera pronto se hizo un hueco en las preferencias de aquellos ruteros que accedían a disfrutarlo en sesiones que escupían cold-wave, synthpop o ebm sin piedad, ejerciendo sobre géneros quizá dispares una comunión sin precedentes.

Muchos de sus himnos se quedarían en una especie de one-hit-wonders atrapados en un lugar y momento que los llevarían a la eternidad; algunos con más suerte que otros en el panorama internacional y muchos de ellos con un reconocimiento tan fuerte como limitado a la Ruta, una área de hospitalario desenfreno para muchas bandas que se forjaron allí un estatus de leyenda.

 

Aquellos maravillosos años

Por Juanjo Frontera

Ser adolescente en València capital durante los estertores de los ochenta y primeros noventa, para qué nos vamos a engañar, era maravilloso. Hablamos de una ciudad que desde siempre ha tenido una permisividad con todos los ámbitos de la fiesta que deja muy pequeñas en ese sentido a cualquier otra capital que se precie, como Madrid o Barcelona, que eran también muy efervescentes, pero a otro nivel más cultural. Aquí la fiesta era fiesta. Una religión. Algo en lo que se pensaba toda la semana. O todo el año, en caso de las fallas.

En los ochenta el gobierno socialista de Ricardo Pérez Casado dio carta blanca al ocio tanto de la ciudad como de sus alrededores, en zonas de huerta, para hacer prácticamente de todo. Fue estableciéndose así una escena subterránea entorno a algunos locales más que peculiares que podíamos encontrar, por ejemplo, en una vieja alquería en medio de un campo (caso de Barraca) o en un edificio que antaño había acogido un balneario (las Termas Victoria, en el Cabanyal, localización de ACTV).

Todo esto fue creciendo como un placer reservado a los adultos más jóvenes, pero empezó también a disfrutarse por un público adolescente que acudía en tropel a las sesiones de tarde que discotecas de la ciudad como Distrito 10, Jardines del Real, Woody o Arena Auditorium organizaban. Había que ver la gente que se agolpaba en las calles adyacentes a todas ellas un viernes o un sábado tarde, bebiendo como si no hubiera mañana cubalitros (vasos de plástico de un litro llenos de cerveza o combinados alcohólicos diversos) antes de entrar, porque en la disco no les iban a dejar beber alcohol.

Todo esto tuvo como banda sonora unas canciones que habían ido emergiendo de las catacumbas de las primeras discotecas que programaron esta música a manos de DJ’s pioneros como Carlos Simó o José Conca. Las y los adolescentes se intercambiaban cintas grabadas directamente de cabina en discotecas como Barraca, Espiral, ACTV o Chocolate (“el chocola”). Todo esto, por lo tanto, pasó a formar parte de su cultura más inmediata. Esas rudimentarias mixtapes eran como imaginarios rankings de éxito no escritos. Los temas que más insistentemente sonaban en los radiocasetes de la chavalada muchas veces ni siquiera eran conocidos, ni por título ni por autor, por ellxs, pero sonaban y sonaban hasta la saciedad. Hasta que saltaran los cachitos de hierro y cromo, vamos.

De esta forma, toda esta música ha quedado tatuada en el corazón de aquellas y aquellos que vivieron todo esto, da igual que lo hicieran con mayor o menor intensidad. Estábamos también los que no éramos tan discotequeros y vivíamos más interesados en el rock, reaccionando con cierto desdén frente a gran parte de los sonidos que escupían atronadoramente los altavoces de las salas, pero a base de escuchar en la disco o en las dichosas cintas de casete (de sonido horripilante a costa de grabación sobre grabación) determinadas cosas afines a nuestro gusto que de vez en cuando aparecían, fuimos tirando del hilo,  descubriendo grupos y artistas que después han formado parte de nuestro olimpo particular. Todo un acervo, una cultura, para algunos hasta una religión, fruto de un lugar y un momento determinados que ya no se volverán a repetir. Aquellos fueron los años, no otros.

Este recorrido propone rescatar parte de aquella banda sonora de escena de vanguardia con un calado emocional especialmente intenso para muchas/os a través de diez temas esenciales para su construcción.

Sad Lovers & Giants: “Things we never did” (1981)

El post-punk británico más siniestro fue claro protagonista de muchas de las sesiones que en las discotecas de la ruta primigenia tuvieron lugar entre mediados de los ochenta y principios de los noventa. Sobre todo en esa primera etapa la querencia por desconocidas bandas, primordialmente británicas, que cultivaban sonidos oscuros y melancólicos, trajo consigo un aluvión de temas que muchos se tatuaron en el corazón, como es el caso de este grupo procedente de Watford, que pese a que tuvo una dilatada carrera, nunca logró superar el impacto underground de sus primeros álbumes. Este “Things we never did” de Sad Lovers And Giants ni siquiera estaba originalmente incluido en su debut (aunque en ediciones posteriores, sí), sino que era la cara B de su single “Colourless dream”, pero permanece aún hoy como su gran clásico ochentero. De hecho, es una canción por la que no parece pasar el tiempo, repleta de un tétrico sentimentalismo psicodélico que sigue sonando moderno, o si no que se lo digan a muchos de los grupos que intentan copiar hoy día esto mismo en el Reino Unido. J.F.

 

The Bolshoi: “Sunday morning” (1986)

Domingo por la mañana. La resaca mezcla el bochorno, las oportunidades sexuales perdidas y la culpabilidad por los excesos, mientras machaca nuestra cabeza cual martillo pilón. Cantarle a eso. Una mezcla de emociones contradictorias hecha canción sería perfecta para bailar un sábado por la noche a sabiendas de que nos volveremos a equivocar. Y eso, justo eso, captaron The Bolshoi con esta canción. Eran una banda procedente de Bath que podríamos calificar de algo así como el prototipo de las que gustaban tanto a la afición valenciana de la época. Una de esas que en su país de origen rara vez eran tenidas en cuenta y que en tierras levantinas sin embargo alcanzaban poco menos que la categoría de deidad. Y es que “Sunday Morning” lo tenía todo, desde su intro a piano que va deslizándose hacia uno de esos riffs que es imposible despegar de tu mollera, va generando un ambiente poderosamente embriagador. “I remember when I was young feeling sick on sunday morning, I don’t wanna do it anymore”, la historia de nuestra adolescencia (y más allá, para algunas y algunos) resumida en un par de líneas. J.F.

 

When In Rome: “The Promise” (1987)

Los británicos When In Rome nunca volverían a recuperarse del éxito de su primer sencillo. “The Promise” era un cóctel perfecto de synthpop tardío, con episodios memorables como la entrada a piano de reminiscencias academicistas clásicas a la que acompañaba el porte serio de Michael Floreale, unos beats perfectamente sincopados y una letra y cadencia que tocaban la patata. La coreabilidad de su estribillo, establecido a partes y ejecutado a dúo por Clive Farrington y Andy O’Connell -que portaba pelazo y estilismo que bien pudo ser un buen punto de partida para el vestuario de Jamón, Jamón, filme tardorrutero, por cierto- y una extraña conjunción de temazo de pista y romanticón al mismo tiempo la convirtieron en una de las favoritas de la Ruta. Tuvieron algo de suerte internacional, llegando al número 1 en EE.UU. para luego morir en la industria, pero para vivir eternamente como parte fundamental de un lugar y una época marcadas por su melodía. Á de B.

 

Lloyd Cole & The Commotions: “My Bag” (1987)

Otra cosa que sucedía con la pista de baile valenciana es que convertía en hits “de la terreta” canciones que inicialmente no tenían tal significación para sus autores o su público más allá de la frontera con Cuenca. Es el caso de “My Bag”, single menor extraído del tercer disco de Lloyd Cole y sus Commotions. Era la canción que abría Mainstream y el single de presentación de dicho álbum, pero un hit menor en comparación con “Jennifer she said”, el auténtico bombazo del disco. Sin embargo, en Valencia, la que tuvo un éxito arrollador fue esta, quizá por las referencias veladas a la cocaína que había metido su autor cuando la compuso totalmente ebrio una noche, tal como reconocería años después. En todo caso, cualquiera que viviera en zonas levantinas en aquel tiempo con edad de merecer, es imposible que no esboce una gran sonrisa al oírla sonar. Esta canción es sinónimo de buenos tiempos. J.F.

 

Danny Wilson: “Mary’s prayer” (1987)

No sólo de post-punk e historias truculentas se abastecía la pista de baile valenciana en aquellos años. También había sitio para el pop más acaramelado. O sophisti-pop, como lo suele llamar la prensa especializada. Danny Wilson era una banda escocesa en la que, curiosamente, no había nadie llamado así. Su cantante y principal compositor se llamaba Gary Clark y “Mary’s Prayer” formaba parte del debut de la banda, Meet Danny Wilson. Fue un bombazo inmediato a ambos lados del Atlántico. Eso, al no poder la banda recapitular el éxito con otro single de semejantes dimensiones, la alineó en el equipo de los one hit wonders para los restos. Durante aquellos años, esto sonaba en los momentos más comerciales del discotequeo levantino, como por ejemplo en las sesiones de tarde de discotecas de la capital como Distrito 10, Woody o Arena Auditorium. Y se abría la veda para echar miraditas al personal. J.F.

 

Then Jerico: “Big Area” (1988)

Aquella nueva ola británica que venía derivando en un pop más alternativo tuvo en Then Jerico a uno de sus máximos representantes en las pistas valencianas. Su propuesta, quizá más alejada de los patrones clásicos de instrumentación electrónica que comenzaban a estilarse en esa transición, ofrecía, a cambio, una pegada tremenda. Quien agudizase el oído en la pista (algo que, quizá, fuera mucho pedir), podía discernir claramente unos marcados riffs propios del jangle, pero también una constante y lejana línea de sintetizador cuyo sonido se hizo endémico en la zona y sobre la que se sobreponían un estribillo imbatible y algún punteo guapo. Aquello le otorgaba a este tema esa orientación rock tan necesaria para afianzarse en aquel sincretismo estilístico, colocándolo en un lugar preeminente de los altares de las cabinas, tanto por su celebrada velocidad como por ser una transición estilística inmejorable en las sesiones. Á de B.

 

Hard Rain (London): “Diamonds” (1988)

Punto de conexión de varios estilos y técnicas, “Diamonds” se convirtió en uno de esos temas favoritos con predominancia jangle, gracias a esos riffs iniciales que anunciaban temazo. Por supuesto, parte de su éxito también radicaba en la orientación pop-rock de su letra y de su vocalista, el personalísimo Marcus Myers, que dirigía un impacto de tremendo sentimiento hacia aquellos que se dejaban la vida en la pista. No obstante, la construcción de la percusión tenía una cadencia perfecta para ser celebrada a coro o en trance, solo o acompañado. Total, si existían todas aquellas formas distintas de integrarse con lo que ya sonaba a nostalgia incluso en ese entorno era porque nadie faltaba a su encuentro cuando sonaban sus primeros acordes. Á de B.

 

The Game: “Walk Away” (1988)

Inspirados por la cold-wave que venía azotando el underground francés, The Game tuvieron una vida cortísima. Sin embargo, fue suficiente para que regalasen este sencillo de corte oscuro gracias, en gran parte, a las texturas sintetizadas y a la voz de Marc Dimitri, pero también a una cara bailable que procedía del riff y de parte de unos teclados que llegaban a tener una presencia técnica bastante notable. Mucho tenía también que decir esa incesante línea de bajo que, a tenor de las escasas ocasiones en las que aparecieron visualmente, tenía la peculiaridad de ser un headless. Con una parte lírica casi propia de novela negra, este tema fue quemado hasta la saciedad en todas las sesiones que se preciasen de innovadoras y en muchas de ellas sonaba más acelerada, lo que incrementaba esa aureola de baile oscuro tan propicio para convertirse en uno de los puntos señalados cada noche. Valencia les otorgó el privilegio de ser una leyenda y así se les recuerda todavía en los foros que rebosan nostalgia: las numerosas reediciones de este sencillo solo en España, y en intervalos muy cortos de tiempo, fueron testigo de ello. Á de B.

 

The Church: “Under the Milky Way” (1988)

¿Qué puede decirse de este monumento que no se haya dicho ya? Steve Kilbey ni siquiera era yonqui (todavía) cuando la escribió, pero sin duda el efecto que tiene la escucha de “Under the Milky Way” es totalmente narcótico. En la pista era algo extraño. De hecho, era ideal para cerrar la discoteca. Un necesario momento de ensoñación cuando ya estaba todo el pescado vendido. Toda la calidad jangle de esta inmensa banda australiana cuya trayectoria llega a nuestros días puesta al servicio de una composición perfecta, que acapara todas las virtudes melódicas cinceladas en los cuatro discos anteriores a este Starfish, que fue el que realmente les catapultó al estatus que aún ahora conservan como leyendas del pop-rock de su país. La canción ha sonado en películas, anuncios y es constante en emisoras radiofónicas, pero nunca tuvo tanta significación como en aquellos años en que la discoteca para alguien joven y con ganas de diversión significaba la vida entera. J.F.

 

The Snake Corps: “This is Seagull…” (1989)

Habían pasado cinco años tras la separación de Sad Lovers & Giants, y Tristan Garel-Funk, que había creado The Snake Corps, produjo esta joya instrumental de hipnótica cadencia de construcción electrónica. La potente línea de bajo, herencia del post-punk y la oscuridad a ritmo de graves, y el tempo de la percusión acompañaban perfectamente ese loop hacia el trance más absoluto. Sí, hay que decirlo: aquella melodía constante y perpetua hacia una espiral cuyo único retorno lo producía aquella guitarra que se elevaba a las estrellas olía y sabía a mescalina. Por eso, esa narcosis musical generada la convirtió en una pieza fundamental en muchos de los estados alterados de conciencia, desvelando, tímidamente, o quizá sin tapujos, que este iba a ser uno de los puentes más claros con lo que estaba por venir. Á de B.

 

Y para terminar, una pequeña propina:

Comité Cisne: “Ana Frank” (1987)

No podía faltar la versión autóctona de todo lo que este fenómeno trajo consigo. Comité Cisne fue la banda que formaron los ex Glamour Jose Luís Macías y Remi Carreres, el ex Última Emoción Lino Oviaño y por supuesto, Carlos Goñi, que había formado parte de Garaje. Juntos lograron generar un sonido que a base de idolatrar a The Velvet Underground y a Bowie se acercaba mucho a todo lo que venía desde las islas británicas y sonaba en las discotecas de la incipiente ruta. Dentro de las fronteras de la Comunidad Valenciana despertaron auténtico furor y parecía que se comerían el mundo, pero algo se truncó y el abandono de Goñi trajo consigo la desintegración de la banda para que él acabara siendo el “brus espristin” levantino encabezando a Revólver. Con “Ana Frank” lograron todo un hito en las pistas de baile gracias a su ritmo machacón, que pese a su lacrimógena letra era toda una incitación a mover los pies. J.F.

 

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