María José Llergo (Real Coliseo Carlos III) Festival Internacional de Verano de El Escorial 07/08/22

María José Llergo llegó con todo a su participación al Festival Internacional de Verano de El Escorial, una cita que brinda ocasiones como la poder disfrutar de la cordobesa en un entorno privilegiado como es el Real Coliseo Carlos III de San Lorenzo de El Escorial. Este, un escenario imperial por el entorno, arraigado en la historia en la que aparece como uno de los más antiguos teatros cubiertos del país, se fusionó rápidamente con la grandeza que va creciendo día tras día en una de las jóvenes voces del flamenco contemporáneo (no diremos renovador para no contradecir sus propias declaraciones).

Enfundada en un traje blanco largo, Llergo salió decidida a retomar el contacto con el público español tras su mini gira por tierras canadienses (“ganas de cantar a mi gente”, recordará minutos después) y a conectar, sin premura, con el misterio y entrega que inundaba el vetusto recinto escurialense. Lo hizo entonando “Mira que eres linda”, aquel bolero de Machín que impactó en su infancia, y con el guitarrista Paco Soto iniciando su estado de gracia. La emoción candente del toque sentimental se tornó en el primero de los muchos acercamientos que tuvo con el público, agradeciendo su presencia y acogida, antes de arrancarse con la “Canción de los soldados”, de Chicho Sánchez Ferlosio, uno de los temas de su repertorio que poco a poco se va convirtiendo en fundamental.

A Llergo no le hace falta mucho para encandilar a un respetable que, desde los primeros acordes y las primeras palabras, vive el concierto hipnotizado por la fortaleza de la de Pozoblanco. La guitarra volvía a romper el silencio para enfilar, con permiso del espíritu de Paco Isidro, el primero de los grandes temas de Sanación. No hizo falta nada más que entonar el inicio de “Niña de las Dunas” para que todos supiésemos de la noche incondicional que se viviría. Si algo marca esa “no-renovación” de su primer álbum es el uso de las atmósferas electrónicas, fundamentales para entender todo su concepto, y en los que el teclista Miguel Grimaldo, que apareció entonces en escena, se conformó como la tercera pieza fundamental arrastrando a la espiral con su colaboración en “De qué me sirve llorar”

“La música tiene sus propios fines”, comentaba una agradecida y emocionada Llergo. En esa sanación, en esa catarsis previa necesaria para iniciar cualquier camino, estuvo presente la figura de su abuelo, pieza fundamental en su vida, que se tornó presente en el Real Coliseo en los sonidos de “Soy como el oro”, una comunión mística de sonidos preprogramados y destreza manual para conformar la base sobre la que se despliega el talento vocal de Llergo en una de sus más bellas canciones.

Entraría el recital en una parte intensa, con ecos de palmas y coros sampleados que dotaban de esa modernidad a lo que representa en Sanación temas como “El hombre de las mil lunas”, y que requirió, a petición de la propia artista -descalza y sin dejar casi un metro cuadrado del escenario sin visitar-, del acompañamiento de palmas del público, incitado a ello desde el descaro y la naturalidad de una Llergo que acabaría pidiendo abrir las luces para ver, cara a cara, a todos aquellos a los que no dejó de cuidar y lanzar besos y corazones. Sabedora de la importancia de esa cercanía, la entrada de “Nana del Mediterráneo” seguía irradiando sentimientos e incluso denuncia, como la del drama de la inmigración en el Mediterráneo (recordemos “Te espera el mar”).

Quien pudiera salir del entorno creado por Llergo por entonces, se daría cuenta de que el recital parecía estar planteado de menos a más en intensidad y sentimiento, tanto por la parte de los sonidos y texturas como por la exigencia vocal que se había tornado, desde hacía minutos, en un regalo. “El péndulo” atestiguaría esta bendita deriva, en la que se pasaría por “La Luz” y, sobre todo, “Tu piel”, un tema de toque ambiental que expresa a la perfección que los registros de la cantante parecen no tener límites y que, quien pueda comparar, puede llegar a pensar que la grabación no hace justicia frente a la fuerza del directo.

“Nana del caballo grande”, de Camarón, rompería con ímpetu y sentimiento los últimos compases de un concierto que atisbaría en “Me miras, pero no me ves” -con su electrónica presente para marcar los tiempos- y en “A través de ti” -con unos acordes magníficos de Soto en solitario- un apoteósico final que, a pesar de las reverencias y saludos, no sería tal. Con especial alegría, irradiando ese amor incondicional que tuvo para con su público, y que el respetable señaló constantemente como recíproco, Llergo regaló su última joya, ese “Pena Penita” tributo a Lola Flores que puso el colofón a una noche de comunión especial.

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