Rufus Wainwright – Out of the game (Decca / Polydor)

Rufus goes pop. Llevábamos meses avisados: en Out of the game, séptimo álbum de estudio de Rufus Wainwright, iban a estar las canciones más pop y bailables de toda su carrera. Al final no ha sido para tanto; salvo unos pequeños escarceos con el synth pop en algún que otro tema (“Bitter sweet”), desde luego poco hay aquí que incite al baile. Sí que es cierto que el desarrollo y la estructura de las canciones, junto a la producción muy evocadora del pop comercial de cantautor de los 70 cortesía del gran Mark Ronson, consiguen que todo suene mucho más familiar, más asumible, más para todos los públicos. También más calculado y sin demasiado riesgo, es verdad. Con mucho espacio en las canciones para que luzcan los arreglos. Vestidas para el éxito, destinadas a la radio, acercándose a la comercialidad.

Sin embargo no hay que olvidar de quién estamos hablando. El baremo en cuanto a riesgo, personalidad y comercialidad que se le puede aplicar a Rufus Wainwright no es el habitual. Puede que algunas canciones recuerden a iconos del pop mainstream como Billy Joel o Jackson Browne (el single “Out of the game”), Elton John (“Jericho”) o incluso Queen (“Rashida”), pero no hay nada que temer: el Rufus de siempre sigue ahí, sólo que un poco escondido. Siguen ahí sus estribillos que no son tales, sino apoteosis de esas montañas rusas que construye con su privilegiada voz;  sigue ese ambiente barroco, decadente, fantasmagórico a ratos (“Montauk”) y otras veces juguetón y circense (“Welcome to the ball”). Siguen, en resumen, su tremenda elegancia, sus devaneos operísticos y su dramatismo de salón. Menos pretencioso y exhibicionista; más sobrio, pero inconfundible.

Puedo entender, en cualquier caso, que se le aplique a Out of the game esa extraña y muchas veces peyorativa etiqueta de “disco de madurez”. Es una definición tolerable y hasta benévola para un álbum con mayoría de canciones dedicadas a su hija recién nacida, su madre fallecida (“Candles”, el tema más largo que cierra el disco) y su lugar de veraneo favorito. No comparto, sin embargo, que se despache con una mueca despectiva acompañada del adjetivo “adulto”. ¿Adulto? ¿Acaso Rufus Wainwright no ha sonado siempre así? ¿Hay algo más adulto que tocar el piano, cantar a Cole Porter, homenajear a Judy Garland o adaptar sonetos de Shakespeare?

Sí, de acuerdo. Este debería ser el álbum que impulse a Rufus Wainwright a un estrellato más allá de la admiración retraída del personal más sensible y atormentado. El que revalide la definitiva reconciliación con su continente natal, algo que temática y sonido confirman: menos teatro europeo, más steel guitar. De todos modos, a mí este pop más cristalino y luminoso me ha convencido. Proclamo pues que “Out of the game” es sin duda su mejor álbum en los últimos 10 años, y posiblemente el más impecable de toda su carrera. Aunque seguramente los que prefieren al Rufus más introspectivo, trágico, oscuro y angustiado no estarán de acuerdo.

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