Spiritualized – Sweet Heart Sweet Light (Fat Possum Records)

Si alguien se encuentra ocioso, en vez de tirar un pelo por el desagüe y luego dedicarse a recuperarlo, quizás también podría contar las veces que Jason “Spaceman” Pierce ha mentado el nombre de Jesús a lo largo de su ya más que remarcable discografía. ¿Cincuenta veces? ¿Doscientas? Quién sabe. Probablemente el mismísimo nazareno ya habrá perdido la cuenta. Es difícil aventurar qué representa su figura en la particular cosmogonía de Pierce. La imaginería cristiana es ciertamente abundante en su obra, incluso con sus habituales incursiones al gospel, pero no parece que esconda nada más que un acceso fácil a conocidas interpretaciones metafóricas. En cualquier caso resulta obvia la importancia que concede Pierce a la trascendencia de nuestras obras e incluso hacia una ambigua lucha por nuestra alma. Si esto fuera así, sería otro caso tan típicamente inglés de un cristiano agnóstico (¿”No God Only Religion”?).

Poco antes de salir el disco él mismo avisó que sería el que mejor conjugara la armonía con la melodía de su carrera. Sí que tenemos que tragar con alguna que otra flojera, nada que no estuviera ya presente en su anterior trabajo Songs in A&E (2008), y sí que éstas rechinan algo más que en aquel. Pero realmente la supuesta mayor accesibilidad no es tal, no al menos comparándolo con cualquier trabajo posterior a Ladies and Gentlemen We Are Floating in the Space (1997). Sigue habiendo distorsión guitarrera, coros wagnerianos, violines y electrónica, la batería afortunadamente lejana y de segundas pero también baladas íntimas, acústicas y piano y una canción a medias con su hija con la que hay que ser muy hombre para no caer en la ñoñería más desafortunada. Bajo ninguna circunstancia puede afirmarse que estemos ante un trabajo que desmerezca su firma. Es más, tiene momentos realmente brillantes; la esencia de Spiritualized, ese don intangible, se sigue percibiendo con claridad pero lamentablemente estamos ante el disco menos original y atrevido de su carrera. Muchas veces tenemos además la molesta sensación que ya hemos oído ese pasaje antes, en algún otro sitio sea suyo o no.

Es cierto que a Pierce siempre le ha gustado plasmar en sus discos su música favorita. Ya en Sound of Confusion (1986), compuesto junto a Peter “Spectrum” Kember, se le acusó de plagiar a quien se le pusiera por delante y solo un tiempo después se le concedió su carácter rompedor. Pero es que en este caso Pierce se plagia sobretodo a sí mismo y esta vez la épica dronera y orquestral, voxiana y spectoriana tampoco logra infundir un aire de grandeza si no de disfraz y sin duda la falta de una vertebración definida lo convierte en un disco incómodo y difícil de apreciar más allá que con la separación de sus partes.

En cuanto a las letras este nuevo trabajo, sembrado a lo largo de dos años bajo la amenaza de una seria enfermedad hepática y con el recuerdo de una gravísima pulmonía, Jason Pierce repite invariablemente todos los leitmotivs que le han perseguido desde sus discos como Spacemen 3: amor, dolor, redención y liberación. Vuelve la grandilocuencia sentimental, otro capítulo destacado de su libro de estilo. Quizás esta vez con más motivos que nunca pero también con nuestra recepción más encallecida. Y es una lástima que el recuerdo de sus discos anteriores lastre de esta manera lo que de otra forma sería un disco, manejando mejor sus debilidades, impactante y ciertamente bello.

A estas alturas de su carrera Jason Pierce tiene el complicado deber de soltar lastre y concentrarse en un nuevo Spiritualized del que ya se adivinan los dolores del parto. Paradojalmente, por su peculiar inspiración basándose sobretodo en sus propios trabajos, este disco sería el indicado para cualquiera que quisiera empezar a descubrir su obra. Algo así como ir recogiendo desde el centro del laberinto el hilo de Ariadna para encontrar la salida.

Caminando junto a Jesús en todo momento, por supuesto.

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