The New Raemon – Joy Eslava (Madrid)

El regreso a Madrid de The New Raemon prometía un repaso exhaustivo a toda su carrera y así fue. Oh, rompehielos (15), su reciente trabajo, supone un compendio de todas las virtudes y diferentes inquietudes estilísticas que sus cuatro trabajos y Ep´s anteriores atesoran.
El show arrancó centrado en este disco con sus seis primeros temas tocados del tirón. Y no sé si fue quizá por lo medido y cuidado de la producción de éste, pero ciertamente “Una historia real” y “Oh, rompehielos” sonaron distantes y frías, o puede que fueran los nervios iniciales o por lo poco rodados que aún están sobre un escenario. Sangrante fue el caso de una de las canciones más grandes de 2015, y ya inmortal en su cancionero, como la terriblemente emocionante “El Yeti”, una auténtica nadería sobre las tablas.

Mejor sonaron en estos primeros compases la animada “Reina del Amazonas” y la templada y sinceramente conmovedora “Mientras sea un intruso”, donde las venas del cuello de Ramón parecían tuberías y uno empezaba a respirar tranquilo.
Y así fue; a partir de ahí, repaso a todo su legado con mucho tino y equilibrio, apoyado en una banda más que solvente con miembros de Madee y demás amigos varios entre los que destacaron los matices percusivos coloristas de un animadísimo Marc Clos.
El concierto fluyó embutido entre los indispensables comentarios particularísimos de Ramón combinación de humor, tragedia cotidiana y absurdo, que alcanzaron su cénit en una improvisada interpretación hilarante del “Bailar pegados” de Sergio Dalma.
El público disfrutó entre clásicos vitoreados como “Sucedáneos” o “La cafetera”, nudos en la garganta al borde de las lágrimas como “¡Hoy, estreno!” o “Por tradición” -la mejor de toda la noche- y guiños entrañables muy bien traídos como “El cau del pescador” -escrita en su medio minuto de felicidad que la vida le ha brindado, como bromeaba Ramón- o “Elena-na” -fusionada con esa gracia superlativa del de Cabrils con el “Wicked game” de Chris Isaak-.
No faltó una agradecida dosis de su “etapa negra” -nótose la coña del que les escribe también-, centrada en Libre asociación (11), su mejor disco para mí y el más ninguneado como en parte podía barruntar, del que asomó formidable el espesor dramático conmovedor de “El refugio de Supermán” y “Lo bello y lo bestia”. Especial el apego y la reivindicación que tuvo su “disco maldito” Tinieblas, por fin (12) del que sonaron vivas, plenas y expansivas “La ofensa”, “Marathon man”, “Risas enlatadas” y “Grupo de danza epiléptica”.
Para terminar, un bis regalado con “Tú, Garfunkel”, a la que definió como putada por el hecho de tener que haberla escrito un día y a la que el tiempo le ha permitido apreciar como una canción bien chula y bonita. Y sí, fue tan bonita como acostumbra y más putada que nunca escucharla para mí curiosamente.
Ramón Rodríguez: un tipo corriente. Como tú. Como yo. Como nosotros.
 

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