José Antonio García – Bodega Los Arcos (Montilla) 30/03/19

Marcando más distancias de las que parece con su banda madre –habría que preguntarse si esta sería 091, por éxito y poso, o TNT, por esencia y pose- sigue apurando el señor García, don José Antonio para esto del rock y el “Pitos” para sus más allegados vecinos y conciudadanos (entrevista aquí), la gira de presentación del que firma como su primer disco oficial en solitario, un Lluvia De Piedras que sin duda es el que más sólido y definido suena de cuantos proyectos, colaboraciones y asociaciones ha tenido a bien realizar a lo largo de su dilatada trayectoria. Siempre que hablemos al margen del grupo que todos estamos pensando, claro, que por cierto tiene ya nuevo material en el horno aunque al término del concierto el propio vocalista, por respeto y pacto interno se ha de suponer, no soltara prenda al respecto. Sin duda, seguir escuchándolo a él con su banda, unos ya perfectamente ensamblados El Hombre Garabato (un ejemplo envidiable de cómo derivar del pop independiente al rock de amplio espectro en solo un par de discos), o al propio Lapido en su reciente gira con otros músicos de altura como escuderos son sendos aperitivos convertidos ya de por sí en platos de degustación obligada. En Montilla se lo saben montar, y los amigos de Poplacara, inquietos y siempre en la onda, apostaron por él para celebrar una de sus sonadas fiestas. El entorno elegido, la prestigiosa bodega Los Arcos, tal vez no fue el más adecuado, por aquello tan fundamental del sonido, y hubo algunas carencias en cuanto a la voz sobre todo, pero no se le pueden poner pegas a una organización y un sentimiento de colectividad sumamente cuidados. Cuando se sabe dónde está lo bueno y se busca sin complejos y con los medios al alcance en cada momento pocas cosas se pueden objetar.

“Lo llaman suerte”, “Ángel de mis demonios” y “Situación límite”, las dos primeras de lo mejorcito grabado con su actual banda y la tercera una excepcional versión, también incluida en el disco, de Conservantes Adulterados, unos punks pioneros provenientes de Jaén que pocos llegaron a conocer tan bien como él, abrieron las ráfagas de guitarras que oscilan entre la austeridad de “Nubes de colores” y “Me falta lo mejor” –un guiño personal a Guerrero García, otra de las bandas que comandó sin éxito ni justicia- y las respectivas revisiones de “Carne cruda” y “Cartas en la manga”, poniéndoselo difícil a sus próximos y viejos compañeros para igualarlas en intensidad. Ojo, no son los únicos “momentos cero” del set list, pues también hay sitio posterior para unas “Huellas” en absoluto mimetizadas con las originales y, al igual que el resto del repertorio, adoquinadas por unos teclados que renuevan el halo de pop, variante y enardecido, que rodea a la banda y que en directos como este se pierden tristemente en una marea de graves que no acaban, no obstante, de desequilibrar un conjunto granítico y consciente del terreno que pisa en cada momento. No hay que olvidar que más de la mitad de este conjunto de canciones viene firmado por Nicolás Hernández, guitarrista discreto pero eficacísimo, y que en “Julio del 36” por ejemplo el vocalista cede el protagonismo acústico a sus verdaderos autores, responsables del “rescate” de García para los escenarios justo antes de la Maniobra De Resurrección de hace un par de años. El tiempo no pasa para una de las mejores presencias del rock español, que canta “A punto de estallar”, “No puedo prometerte nada más” –una melodía plenamente identificable con los mejores medios tiempos de 091– y “El viento sopla a mi favor” con la misma convicción del joven punk que comandaba a TNT e instaba a que le dispararan antes de que todo saltara por los aires en “Gilmore 77” y le prendía “Fuego” a las convenciones del primer rock granadino. Algo de eso, o mucho mejor dicho, hay en la cabalgada rock de “Todo puede ser peor” o la entera desazón de “Se puede ver el final”, pero también en la más convencional “Cuando yo no esté” o la trotona “Tiempo perdido”, una de sus contribuciones líricas al actual proyecto. Una militancia irreductible entre la leyenda de outsiders como Long John Silver y el corazoncito de quien sabe apreciar a quien tiene al lado, o lo que es lo mismo, la constatación de que este señor es un grande.

En la tensa espera que nos conducirá el próximo otoño a descubrir por dónde se encaminan los nuevos caminos sonoros de una de las bandas más importantes de la historia del rock patrio, la carrera de José Antonio García como músico libre y bien nutrido no debe pasarse por alto ni antes ni ahora, a riesgo de que algún día su figura pueda resultar oscurecida por compañeros más prolíficos o mejor dotados como letristas. Un respeto, señores. Si van a cualquiera de estos conciertos sabrán de lo que aquí se habla.

 

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