Soledad Vélez – Run with wolves (Absolute Beginners)

Observo la portada del segundo álbum de Soledad Vélez, Run With Wolves, y me viene a la cabeza una frase: la chilena afincada en Valencia afila sus garras y muestra sus colmillos. Sí, es una metáfora fácil, pero es difícil resistirse a ella cuando al mismo tiempo escuchas su voz cavernosa escupiendo “I’ve been drinking tonight” mientras suenan los compases de “On fire”, el tema que abre el disco. Es una primera impresión, pero ya se sabe que las primeras impresiones son las que quedan. Y la mía es que Soledad Vélez, junto a su habitual colaborador Jesús de Santos, ha optado por potenciar su faceta más oscura y agreste, por asfaltar las carreteras polvorientas de su anterior álbum (Wild Fishing, 2012) con alquitrán ardiente, por reducir las referencias más campestre-bucólicas de su música y apostar por un acercamiento a una especie de dark-country-blues cuyas referencias más obvias y señaladas pueden ser 16 Horsepower o PJ Harvey (sobre todo su reciente Let England Shake), pero también nuestras Maika Makovski y Ainara LeGardon.

De todos modos, se detecta una cierta evolución a lo largo de las doce canciones que componen Run With Wolves, como si estuvieran ordenadas siguiendo una disposición meditada y relevante. Los teclados de la fronteriza “Milky way” dan una pista: tras asomarse tímidamente, se adueñarán totalmente del escenario en “Silver wolf” o “She thinks she’s a teenager again”. También la cruda confesionalidad de “South mountain” o “How to disappear” funcionan como entrada a una misteriosa y frondosa senda (el camino, recurrente figura que aparece en “Keep walking”, “I’ve been gone so long” o “The path”) que se va abriendo, ampliando, deslizándose hacia parajes más iluminados hasta llegar a ese claro en el bosque que es “Good morning Darling”, un cierre de álbum que recupera la inocencia, la frescura (y el ukelele) de anteriores trabajos.

Siempre es complicado adivinar las intenciones de un artista pero, visto desde fuera, este Run With Wolves parece funcionar como una especie de exorcismo, de escapada desde la oscuridad en dirección a la luz. El lobo que muestra sus fauces al principio acaba ronroneando como un gatito, y todo el álbum, con su inicio oscuro, sus referencias a caminos y viajes y ese final luminoso, parecen insinuar que Soledad Vélez necesitaba expulsar ciertos demonios personales y lo ha hecho de la mejor forma posible: creando un puñado de excelentes canciones.

 

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