The Velvet Underground: el documental de Todd Haynes

Difícil no emocionarse con lo que dice el bueno de Jonathan Richman (Jo Jo, para los amigos) la primera vez que aparece en este documental. “Esta gente me entenderá”, dice que pensó cuando un amigo le dio su copia de The Velvet Underground & Nico a cambio de un disco de The Fugs. Él, que acabaría convertido en su fan número uno, el freaky que les seguía a todas partes, el que les vio más de sesenta veces en directo, encontró en ellos una vía de entendimiento del mundo que secretamente anhelaba, pero que jamás pensó encontrar.

Y bien, eso pensó él, que tuvo la suerte de conocerlos en su momento de esplendor. Pero ¿no es eso lo que nos pasó a todos la primera vez que les escuchamos? Viniera de donde viniera nuestra forma de acceso a su música, los motivos por los que los escucháramos o el momento en que lo hicimos, el impacto fue, presumo, idéntico al que causó en Jo Jo. Todos encontramos en ellos un refugio, un manual de instrucciones, la piedra filosofal de lo que creíamos que debía ser el rock.

Porque, no lo duden, The Velvet Underground fue una banda de rock and roll. Completamente sui generis, está claro, pero una banda de rock and roll al fin y al cabo. Fueron, si me permiten, la banda definitiva de rock and roll. La que realmente lo llevó a su extremo. Nadie, o casi nadie, ha apurado tanto sus posibilidades como ellos. Exploraron por completo la libertad que otorgaba esta vía de expresión. La convirtieron en arte. Arte serio, vanguardista, pero apto para la juventud. Un diálogo abierto con todo lo prohibido: drogas, calles peligrosas y sadomasoquismo, tamizados con actitud nihilista, completamente a vueltas de todo. Pura excitación. Puro peligro.

La película documental que Todd Haynes ha dirigido y puede verse en plataformas como Apple TV es, prácticamente, todo lo que uno puede esperar de algo tan rotundo como The Velvet Underground. La alianza de la banda con la Factory de Andy Warhol hace que la documentación visual disponible del período que duró su colaboración sea abundante y por tanto, una inestimable ilustración de lo que pasó. Además, aunque se echa mucho de menos que Andy, Lou, Sterling y Nico sigan vivos para contarlo, están los testimonios de John, Moe y otros testigos adyacentes, como Mary Woronov, Danny Fields, Martha Morrison o el siempre niño Jonathan Richman que, si me permiten de nuevo, se me antoja de lo mejor del film.

Digo esto porque Jonathan, aunque llegó antes, no deja de ser uno más de todos nosotros, los que descubrimos a través de ellos un agujero negro hacia las catacumbas del rock. Con sus ojos inocentes completamente encendidos de ilusión, cuenta la experiencia tal como él la vivió. No existe disco en directo o vieja filmación que supere eso. No hay más que verle contar cómo, cuando paraban de tocar -en seco- una de esas versiones largas, sucias e intensas de “Sister Ray” que se marcaban, el público se quedaba atónito durante cinco segundos hasta que empezaba a aplaudir. The Velvet Underground les había hipnotizado otra vez.

Y es que ese ente hipnotizante, esa máquina de cuatro cabezas que construía un sonido casi imposible, debía ser algo digno de experimentarse. Uno de esos actos que cuando uno los contempla con la mente abierta, es consciente de que está ante un punto y aparte. En ese sentido, el documental de Haynes es absolutamente valioso, pues muestra con portentosa afinación, por un lado, los diferentes perfiles de los actores de esta historia, que permiten explicar la extraña aleación que formaban juntos. Y por otro, la bomba atómica que supuso su aparición en un mundo que ni les esperaba ni les quería, pero sí, inconscientemente, les necesitaba.

Si los Stones eran -o nos hicieron creer que eran- la antítesis de los Beatles, The Velvet Underground fueron la antítesis de todo. El reverso tenebroso de una música joven que con su pretensión hedonista desoía completamente una realidad que para nada tenía que ver con diversión, coches, chicas, chicos, romance o playas. “Get real” (espabilad), espeta Moe a los hippies de entonces cuando recuerda la completamente incomprendida visita de la banda a California. Ellos odiaban a los hippies. Ellos eran jodidamente reales.

Esa realidad cruda, despellejada, completamente aterradora que retrataban en sus canciones partía, en primer lugar, de Lou. Un gran compositor que además quiso verter su amor a la literatura más cafre en sus creaciones. Pero, tal y como se preocupa de dejar claro Haynes en su película, en absoluto era él el único artífice del universo de metal, aguas fecales y hormigón que construyó la banda. Un sonido denso y completamente diferente a todo lo escuchado anteriormente que era la combinación de cuatro personalidades, más que cuatro instrumentos. Algo difícil de explicar, pero entendible en cuanto se escucha su música más extrema con atención. Es imposible que alguien sólo sea capaz de algo así. Como dice, una vez más, Richman, en sus conciertos se escuchaban en la sala pequeñas partículas de sonido, armónicos que no eran parte de la canción, ni de lo que tocaba cada uno por su lado. Era el sonido del grupo.

 

Todo eso queda bien reflejado en un poderoso espectáculo visual que -y es su única pega- ha tenido que centrarse casi en su totalidad en la época en que Warhol tuvo bajo su manto a The Velvet Underground, más o menos hasta que John Cale fue “invitado” a abandonar la banda. Es la etapa que cuenta con mejor documentación y al fin y al cabo, la que vivieron, o vivieron más intensamente, los testigos que quedan. Por eso se pasa un poco de puntillas por el período en que la segunda formación de la banda grabó sus últimos álbumes. The Velvet Underground (1969) y Loaded (1970) son discos casi tan importantes como los dos primeros, significan una evolución imparable. En dirección hacia un rock quizá más estándar, sí, pero totalmente coherente con lo anterior. Y merecen, sin duda, más minutaje que el ofrecido aquí.

Quizá hubiera sido más deseable un documental en dos partes. Una de esas miniseries tan de moda ahora. Por pedir, que no quede. Pero en suma, lo que sí que tenemos y no podemos desdeñar es, al fin, un documento visual a la altura de una de las bandas más importantes en nuestras vidas. Los que nos enseñaron el mal camino, el camino del punk y las cloacas. Y por eso, a pesar de las muchas pegas o carencias que le encontremos, no podemos dejar de decir lo evidente: QUÉ JODIDA MARAVILLA.

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