Judith Butler, Rosalía, y el reguetón: la diferencia en una nueva performatividad en la música

En la actualidad asistimos a dos fenómenos culturales que no dejan de llamar la atención sobre el papel de la mujer en el marco de la sociedad patriarcal: por una parte el aclamado éxito de Rosalía, y otro el boom en las listas de éxitos del género del reguetón. Por un lado, Rosalía parece (y así lo confirman las declaraciones que ha ido diseminando en sus múltiples entrevistas) que tiene un férreo control sobre su carrera artística (y hay que tener en cuenta que Sony, la todopoderosa multinacional, está detrás de todo el entramado), ella es la que marca los pasos de una senda labrada a base de una estética muy marcada (que toma elementos de la cultura mainstream, pero a su vez intenta darle una nueva reasignación: juega con (de)construir estereotipos tales como llevar atuendos que, a priori, son símbolos de reificacion masculino como el chandal, o la bisutería de oro) que empodera a la mujer en una industria marcadamente dominada por el hombre.

Por otro lado, el reguetón, género musical de raíz panameña, y que en los 80 se extendió por el Caribe, era una mezcla de diferentes estilos cuyas letras trataban temáticas tan heterogéneos y polémicas como el sexo o la conflictividad en los barrios de clase baja. Una música que era la perfecta orografía de todos los males que asolaban a la sociedad portorriqueña, allá a mediados de los 90, momento en el que este estilo musical tuvo una mayor visibilidad. Pues bien, desde la óptica del occidental de clase media blanca, el “perreo” (el baile que acompaña al reguetón), y el mismo genero musical que aquí se discute, es calificado de machista, y denigrante para la mujer. La mayoría de los discursos que hacen estos portavoces de los derechos de la mujer no aportan argumentos excesivamente sólidos para crear una dialéctica que subvierta una matriz de poder que sigue manteniéndose. Es el hombre, mayoritariamente, quien con su mentalidad patriarcal reduce a la mujer a un objeto sexual en ese acto de socialización que es el baile del contoneo de caderas. En este caso, podríamos tomar como modelo la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo que Simone De Beauvoir toma prestada, para describir el conflicto que se tensa ante la situación de la mujer: reivindicar su trascendencia como sujeto o, por el contrario, verse reducida a la inmanencia. La mujer que baila una canción de, pongamos Maluma, sigue el patrón de su sexualidad que la limita desde su nacimiento; por lo tanto haber nacido mujer la confina a partir de una serie de prescripciones que la limitan para convertirse en sujetos plenos, y lograr trascender la mirada masculina y patriarcal que no ve con buenos ojos que una mujer, por el mero se su sexo femenino, se contonee al ritmo de la música, y los cuerpos se busquen y se encuentren hasta el final de la noche, en la hora en la que las discotecas cierran.

Pongo estos ejemplos porque me parecen atractivos para reseñar hasta qué punto el cuerpo como sujeto político está siempre en un continuo work in progress o proceso de eterna disputa. En este aspecto tenemos dos posturas antagónicas que tensionan la relación de la mujer en la sociedad. Por un lado Victoria Camps revelaba la necesidad de una sociedad igualitaria pero que no se guíe por patrones heteropatriarcales, y que supongan el reconocimiento determinista de la mujer como sujeto político en tanto mujer sexuada. Podríamos sacar a colación de nuevo a Beauvoir cuando decía que devenir mujer no es una mera imposición exterior, sino un proceso que permite alcanzar, o llegar a ser, un ente ficcional: ser “mujer”. En este caso, Rosalía pertenece a esas artistas que juegan con cierta andróginia que (re)inventa unas nuevas variables culturales que interpretan al sexo, aunque para Butler el cancionero del último disco de Rosalía, El Mal Querer, que trata sobre la toma de conciencia de una mujer ante lo que supone el yugo opresor del patriarcado que la asfixia, pudiera parecerle (habría que preguntárselo) ser una construcción de mujer bajo un marco normativo de matriz heterosexual obligatoria, como comenta Marina Garcés.

Judith Butler al contrario que Camps, defendía que reforzar la idea de “mujer” (entiéndase como ser sexuado) como una unidad estable y unificada, el feminismo podía reificar y dejar de posicionarse en contra de categorías que abogaban por la materialidad del sexo o la identidad del sujeto, aspectos estos que sustentan la desigualdad y la opresión. Me imagino ahora a cientos de cuerpos bailando canciones de Rosa Pistola, ejemplo de dj que está redefiniendo, desde un discurso de genero sin parangón, el reguetón más formulario; cuerpos sudorosos que se miran y se tocan, en un acto meramente performativo, de tal manera que nuestro género (que es un constructo social) son esas expresiones y comportamientos que definen lo que haces, no lo que eres. Oh!, pobre varón blanco, hetero y de clase media, ¿cómo asimilar esto?. La filosofa argentina María Luisa Femenías dice algo que me parece muy revelador: “las mujeres deberían identificarse con la “conciencia”, por ser una actividad que trasciende el cuerpo, sede las marcas del cuerpo (de hecho, los argumentos históricamente neoplatónicos declaraban: la mente –el alma-no tiene sexo). Si eso fuera así, concluye Butler, Beauvoir habría ofrecido a las mujeres sólo la posibilidad “de ser varones”, instándolas a asumir un modelo de libertad regulado por el comportamiento masculino, al que debían adecuarse: posibilidad, por su parte, paradójicamente imposible”. Pues bien, en los bailódromos latinos solo existe una gran representación performativa cuyos modelos de feminidad se subsume en un cuerpo que actúa sin un actor detrás com dice la filosofa de Cleveland.

El reguetón y Rosalía son ejemplos de perversiones dentro del sistema. Crean disputas de genero a través de la parodia que activan los mecanismos que alertan sobre los desafíos de las expectativas. Por ejemplo, una persona de actitud y pensamiento rockista no concibe una letra como “Felices los 4”, pero sí una “Under My Thumb” por el hecho de que existe un marco normativo que justifica una narrativa en detrimento del desprecio hacia la otra, que para ciertos ojos, es el equivalente a lo oscuro, lo execrable, lo bajuno. Creo que la mentalidad rockista se autoparodia atribuyéndose epítetos como “autentico”, “benigno”, “calidad”, cuando creo que en estas relaciones de poder existentes tendrían que relajarse, y encontrar acomodo en la parodia, para así crear disputas que cuestionen las interpretaciones binarias de género. Garcés dice que las drag queen son las portadoras de los detonadores que hacen estallar los constructor de la identidad, esas que tenemos inscritas e incorporadas como ¿autenticas? ¿buenas? Reconstruir las categorías de género, problematizar cuestiones como el sexo normatitivizado, permitiría desplazar los efectos de opresión en los que vivimos, y de esta manera reasignar nuevos significados. En el arte, y ya que este escrito ha tomado como ejemplo la música como hilo conductor, cada vez se están viendo y conceptualizando más discursos de identidad y diferencia, construidas a través del lenguaje, y la estética creando valores colectivos, de forma que devienen decisivos para una estructuración subjetiva, y por tanto, también en las acciones y en las practicas sociales. Las oposiciones binarias ha sido una forma recurrente de dominación simbólica en la historia, y artistas como Miley Cyrus, Troye Sivan, o Yves Tumor entre [email protected] están alterando estos paradigmas de dominación. La construcción de un reducto a la alteracion o la diferencia puede conducir a procesos de subalternizacion, es evidente, pero allanan el camino para romper con los estereotipos, la homofobia, y en definitiva, la heteronormatividad.

2 comentarios sobre “Judith Butler, Rosalía, y el reguetón: la diferencia en una nueva performatividad en la música

  • el 1 Abril, 2019 a las 4:10 pm
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    Que vergüenza de artículo. Una degradación no solo de Butler, sino de todas las mujeres, y de aquellos que se consideran feministas.

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  • el 1 Abril, 2019 a las 4:31 pm
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    Rosalía, auspiciada por Sony, banda sonora de los mítines de Vox, medio millón por concierto y apoyada por todos y cada uno de los medios de comunicación es una perversión del sistema… Demencial, un batiburrillo desorientado para justificar un contenido subversivo donde no lo hay.

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