Thievery Corporation (Sala But) Madrid 21/06/24

Thievery Corporation fueron una de las formaciones ineludibles para los amantes de la electrónica en la segunda mitad de los noventa y los dosmiles. La dupla formada por Eric Hilton y Rob Garza siempre será recordaba por trabajar aquella mixtura bien avenida en la que tenía cabida el género principal junto un sinfín de estilos, provenientes de diferentes partes del mundo y destinados a enriquecer sus composiciones: desde acid-jazz hasta trip-hop, pasando por downtempo, rap, bossa-nova, música india o downbeat. El resultado tendía a derivar en una elegancia contrastada que, en sus mejores momentos, quedó refrendada en títulos destacados como Sounds From The Thievery Hi-Fi (ESL, 97), The Mirror Conspiracy (ESL, 00), The Richest Man in Babylon (ESL, 00) o The Cosmic Game (ESL, 05).

Aunque el dúo haya seguido en activo y lanzando nuevo material con asiduidad, cabe suponer que fuese aquel estatus destacado y el buen sabor de boca dejado antaño, junto con la curiosidad por comprobar cómo los de Washington trasladarían sus canciones al directo, lo que motivase el sold out de una Sala But calurosa y abarrotada. En la práctica, el desarrollo y la presencia (en ocasiones testimonial) sobre el escenario de Hilton y (sobre todo) Garza se antoja bastante más orgánica y también estandarizada con respecto a esa sofisticación artística presupuesta al proyecto, con los principales protagonistas sobre el papel acompañados de tres músicos adicionales y cuatro vocalistas (entre los que se incluye a Laura Vall) intermitentes… e intercambiables.

La primera parte del espectáculo resultó una celebración hedonista sin alma, alternando aires latinos, poses raperas y un misticismo (ese sitar…) que sin duda fue de lo mejor de la velada. Una elección asumible, en cualquier caso, por un público en modo ‘cachondeo fin de semana’ que alentaba cualquier movimiento sobre las tablas, por muy banal que éste fuera. Un interludio para recolocar el escenario daba paso a un pequeño set sensiblemente más intimista, con los músicos formando un semicírculo en torno a guitarras acústicas y cajón para apostar por una bossa-nova que (por supuesto) encontró parlanchina respuesta en la audiencia. De vuelta a la parte fiestera (en realidad, lo que parecían demandar ambas partes) fue el rap quien tomó algo ventaja, mientras un efectismo poco elaborado y evidente continuó guiando la actuación hasta el final de la misma.

El resultado no fue otro que un concierto ramplón que, por momentos, incluso se insinúa como pachanguero, (auto)complacido con el aplauso fácil. Una ejecución, en definitiva, en la que aquella distinción tradicionalmente inherente a Thievery Corporation quedó reducida (no sin dolor) a pinceladas disimuladas a conciencia. Un cajón de sastre atropellado e inteligible, sólo apto para una celebración de lo más común y carente de cualquier tipo de identidad o valor. Una noche para olvidar cuanto antes, que sugiere (casi obliga) a recuperar con premura los mejores álbumes de los norteamericanos con el fin de asegurarse de que hubo un momento en el que fueron, en efecto, otra cosa.

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