Adiós a Roberta Flack, la voz que nos mató suavemente
Hay canciones tan eternas que trascienden con creces a sus autores o intérpretes. Forman parte de la humanidad, de lo que significamos a nivel cultural como género. Una de ellas, sin duda, es “Killing me softly”. La canción, compuesta por Charles Fox con letra de Norman Gimbell, está considerada como uno de los estándares románticos más icónicos que ha dado el pop. Nos la podemos encontrar sonando en cualquier sitio: un centro comercial, un ascensor, la consulta del médico… se ha acabado vulgarizando, incluso. Y corremos el riesgo de banalizar algo que es muy grande.
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Pero su grandeza, aunque sus intérpretes han sido muchos, tiene mucho que ver con quien la popularizó. La mujer cuya interpretación la hizo suya por siempre, pese a que muchos otros pretendieron cogerla y hacer lo mismo. Roberta Cleopatra Flack, que nos deja a la edad de 88 años, tenía una de esas voces de seda absolutamente reconocibles cuyo impacto hace grande cualquier melodía que se cruce en su camino. Era también compositora, una gran pianista y arreglista, pero tuvo que ser esta canción, compuesta por otros y para otra persona (su intérprete original, Lori Lieberman), la que la hiciera ser esa artista que hoy lamentamos perder.
No obstante, no fue mujer de un sólo éxito, ni mucho menos. Su carrera, sobre todo durante los siete u ocho años de inicio, fue un derroche de excelencia musical. Los discos que hizo sola o en colaboración con su amigo del alma, el malogrado y genial Donny Hathaway, pusieron una impronta en la música afroamericana que ha tratado de ser imitada en muchas ocasiones a lo largo de la historia, pero rara vez igualada.
Nacida en Black Mountain, Carolina del Norte, pero criada en Virginia, su educación, como en tantos otros casos, tuvo mucho que ver con la religión baptista. Su madre era organista en la iglesia y ella, desde corta edad, comenzó a hacer sus pinitos en el coro. Además, comenzó a escuchar modos contemporáneos de entender el gospel, como los que proponían luminarias como Mahalia Jackson o Sam Cooke y su interés musical comenzó a necesitar nuevos horizontes.
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Así que con tan sólo 9 años comenzó con las teclas, destacando en piano clásico y obteniendo una beca para acceder a una carrera universitaria en esa disciplina en la Facultad de Howard, Washington DC. Fue allí, precisamente, donde conoció al dulce y torturado Donny Hathaway, un nombre que quedaría irremediablemente vinculado al suyo. Ambos estudiaban música, se hicieron grandes amigos (muchos quisieron ver algo más allá de la amistad) y se retroalimentaron mutuamente a nivel artístico. Una de esas raras veces en que un genio se cruza a otro e interactúan a las mil maravillas.
Durante su tiempo en la universidad, Roberta comenzó a actuar en los clubes de jazz de Washington DC. Fue allí donde el maestro Les McCann la descubrió cantando de esa forma tan íntima que sólo ella sabía abarcar. Atlantic Records andaba buscando más voces negras con las que capitalizar el éxito que estaban obteniendo con Aretha Franklin, así que en cuanto les pusieron sobre la pista de la Flack no lo dudaron ni por un segundo.
Su debut, First Take, aparecido en 1969 sobrecoge por la experiencia que desplegaba su voz. No en vano tenía ya 32 años y había tenido mucho tiempo para crearse su estilo. Sabía darle a cada canción lo que necesitaba. Modulaba la voz de una forma magistral, sin aspavientos, desplegando emoción sin jamás resultar histriónica. Con su arrebatador “The first time I ever saw your face”, el disco fue directo al número 1. Un éxito absolutamente inusitado para una artista de color.
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Chapter Two, aparecido el mismo año e igual de bueno, sin embargo, no alcanzó tanto éxito, pero sí que impidió que la cosa quedara en flor de un día. También fantástico fue Quiet Fire (1971), con su rendición del “Will you still love me tomorrow” de Carole King y aquél “Go up Moses” original que lo abría. No obstante, la cantante necesitaba algo para rematar, de una vez por todas, la faena de establecerla como una artista de primera fila.
Y eso llegó de la mano de su amigo Donny. En 1972 aparecía el disco Roberta Flack & Donnhy Hathaway, que contenía aquél “Where is the love?” que se encaramó a lo alto de las listas y unió por siempre los nombres de los dos artistas. No obstante, Roberta Flack siguió su camino y en 1973 llegaba la canción (y el disco) con la que empezábamos estas líneas. Killing Me Softly fue el golpe definitivo de una artista cuyo nombre ya quedaría por siempre escrito con letras de oro en el libro de la historia de la música popular.
Los hits seguirán llegando a partir de entonces: la igualmente celebérrima “I feel like making love”, “The closer I get to you”, su duo con Peabo Wilson “Tonight I celebrate my love” o “You are the love of my life” con George Benson la situaron como uno de los nombres imprescindibles cuando uno piensa en la dimensión más romántica de la música. Una cantante que sabía tocar la fibra sensible del oyente sin resultar sensiblera ni sobreactuada, un verdadero portento que logró tener una carrera larga y feliz, pese a la trágica pérdida de su amigo Donny, que se suicidó en 1979, un peso que ella cargaría por siempre en el corazón.
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No obstante, esa sería de sus pocas penurias: pocas trayectorias en el mundo de la música afroamericana -y sobre todo tratándose de una mujer- han sido tan reconocidas e importantes. Incontables Grammy, una estrella en el paseo de la fama de Hollywood, y sobre todo el reconocimiento eterno de un público que la amaba incondicionalmente y que la va a echar mucho de menos, aunque se nos haya ido por ley de vida. 88 años, no es poco durar.
Lo que sí resulta paradójico es que ésta, que es una de las voces predilectas de este que suscribe, se haya ido escasos días después del que es su equivalente, para mi, masculina, la de Jerry Butler. La verdad es que no paro de pensarlo. Que sí, que la edad no perdona, que todas las leyendas tienen su finiquito, pero no puedo evitar tener la sensación de que algo muy importante se ha roto en el universo. Y eso, con el añadido de los turbios tiempos que corren, me produce una gran desazón.