Emergentes MZKEntrevistas

Entrevistamos a los mexicanos Casei por su debut

Casei no nació de una epifanía juvenil ni de un golpe de suerte viral. Nació del desgaste. De la acumulación de intentos fallidos, de proyectos que no funcionaron, de escenarios tocados para nadie y de canciones escritas con la sospecha de que quizá nunca encontrarían oídos.

Nació tarde, y eso, en una industria obsesionada con la juventud como valor de cambio, es casi un acto de rebeldía. Aquí no hay prisa por llegar ni ansiedad por gustar: hay tiempo, cicatrices y una necesidad honesta de decir algo antes de que el silencio vuelva a ganar. En ese terreno, donde la melancolía no es pose sino experiencia vivida, este disco encuentra su razón de ser. Las canciones no buscan reinventar el dolor ni romantizarlo. Lo asumen como un estado cotidiano, como un ruido de fondo que acompaña a una generación que aprendió a bailar con el pecho roto.

Hay desamor, sí, pero no desde el dramatismo adolescente, sino desde la aceptación adulta de que las cosas se rompen, las personas se van y uno sigue tocando. El truco está en cómo lo cuentan; letras que miran de frente al vacío, envueltas en arreglos que invitan al movimiento, como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza. Tristeza bailable, melancolía con pulso, canciones que no te salvan, pero te acompañan mientras caes.

Hablamos con Alan Camarillo, Yako González, Eric Rubio y Luis Rodríguez para que nos expliquen de qué trata Las Cosas Que No Te Dije y cómo fue el proceso de grabar un disco nacido desde la melancolía, la insistencia y la necesidad de decir, “aunque sea” bailando, todo aquello que quedó atorado en algún corazón  roto.

“Jugamos en contra de muchas posibilidades y aun así lo estamos intentando. Eso es lo más punk que puede haber, sin ser punk”

¿Cuál fue la canción que sienten que definió el rumbo emocional del disco?

Eric: “No sé bailar”. Más allá de que terminó siendo el himno, fue la primera que sacamos. Creo que marcó la línea de lo que íbamos a hacer a nivel temático.

Yako: No fue la primera que compusimos, pero sí la que terminó englobando el estilo y el género que íbamos a estar tocando. Esa forma de escribir y cantar sobre temas medio tristes y melancólicos, pero con un sonido más bailable. No queríamos que todo sonara súper triste. Ahí fue donde logramos condensar lo que veníamos trabajando en otras canciones y definir el sonido y el estilo de la banda.

 

Esa convivencia entre desolación y júbilo dentro de un mismo contexto fue clave. Hacer convivir tristeza y alegría no es sencillo. ¿Cómo llegaron a ese equilibrio dentro de un solo concepto?

Alan: Creo que fue una mezcla entre lo que queríamos que sonara el proyecto y lo que realmente sabemos y podemos escribir. Teníamos muy claro a qué queríamos sonar, aunque no necesariamente tenía que ser tan triste o melancólico como las letras. Queríamos algo que disfrutáramos tocar. Por otro lado, estaba el mensaje: lo que sentíamos en ese momento, cuando escribimos las letras y la música. Ahí se dio esa combinación.

¿Qué tanto peso tuvo la producción para lograr ese contraste? ¿Qué cambió frente a una versión más cruda del material?

Yako: El proceso fue muy distinto a otros proyectos en los que hemos estado. Normalmente las canciones nacen en el ensayo: alguien trae una idea y se arma ahí. En este caso, gran parte del trabajo se hizo directamente en el estudio. No partimos de una base cruda, sino que construimos todo desde la producción. Fue un proceso muy enfocado en buscar los sonidos que queríamos. No diría que teníamos todo claro al cien por ciento, pero sí una idea muy definida del rumbo que queríamos seguir. Por eso el trabajo en estudio fue un pilar fundamental para el sonido del disco.

Citan influencias como Latin Mafia, Lagos y Reik. ¿Qué fue lo más complicado de unir esas referencias sin perder identidad?

Alan: Lograr que todos estuviéramos cómodos conviviendo con esas influencias. No son referencias que compartamos por igual; cada quien viene de lugares muy distintos. El reto fue aterrizarlas dentro de un mismo proyecto y hacer que convivieran entre sí. Lo más importante era que al final saliera algo que nos gustara de verdad a los cuatro, algo que disfrutáramos tocar y con lo que nos sintiéramos cómodos.

El desamor es un tema recurrente en la música. ¿Por qué decidir abordarlo siendo una banda nueva?

Alan: Tiene mucho que ver con algo que nos dijo un productor hace tiempo: “Tienes que hablar en tus canciones de lo que vives para transmitir realmente lo que sientes”. Podríamos hablar de otros temas, ser más irreverentes o buscar algo distinto, pero al final queremos expresar lo que sentimos. Si hablamos del momento que atravesamos, tenemos que hablar de lo que estamos viviendo. Eso es lo que más nos identifica ahora.  Quizá en el futuro sea otra cosa, y eso es lo bonito de hacer música. Tal vez siempre estemos en este hoyo de desamor o tal vez no. Pero hoy es lo que nos tocó vivir y expresar, no por repetir un tema, sino por ser lo más honestos posible.

 

¿Qué les enseñó este proceso creativo sobre ustedes mismos como banda?

Eric: La paciencia, sin duda. Peleamos bastante cuando proponemos ideas, porque cada uno cree que lo que trae es lo correcto. Aunque llevamos apenas un año tocando juntos, nos conocemos desde hace años y somos amigos. Sabemos que nadie propone algo para tirar el proyecto, sino porque cree genuinamente que es una buena idea. Eso hace que el proceso sea retador, pero también nos ha enseñado a coexistir y a probarlo todo. Al final, la idea que convence a los cuatro es la que se queda. Hay días en los que nos queremos matar, como en cualquier banda, pero nos queremos mucho, y eso ayuda.

Alan: Sí, complementando un poco lo que dice Eric, creo que la virtud más grande que tenemos es que, antes de ser compañeros de trabajo o de banda en este proyecto, somos amigos. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, hemos pasado por muchas cosas juntos; cada uno estuvo en otros proyectos, nos apoyamos mutuamente en distintos momentos y hoy nos toca convivir aquí. Sí, es complicado, porque cada uno tiene su personalidad, pero al final eso también nos ayuda mucho. Somos amigos que se creen y que, como dice Eric, buscan el mismo desarrollo. Queremos que el proyecto llegue a mucha gente, así que siempre pensamos en función de eso. Al final, esas pequeñas discusiones o roces que de pronto aparecen en el aspecto creativo las empujamos desde esa filosofía: somos amigos y queremos lo mismo, tenemos las mismas ambiciones y el mismo sueño. Y ni modo que, siendo amigos y teniendo la misma idea, nos metamos el pie. Entendiendo eso, aprendemos a escucharnos y a complementarnos. A lo mejor alguien llega con una idea muy clara, pero no necesariamente se queda tal cual la imaginó; la vamos construyendo entre todos, complementándola con lo que realmente creemos que puede funcionar.

¿Qué parte de su pasado musical se coló inevitablemente en la personalidad del disco?

Alan: No sé si los demás coincidan, pero al menos yo creo que lo que más se coló fue todo lo que no queremos hacer. Saber con claridad qué cosas no funcionaron antes y qué no debemos repetir en este proyecto. Eso es algo que yo tengo muy presente: tener muy claro qué sí y qué no funcionó en su momento, y usarlo ahora como una especie de guía para este proyecto.

Eric: Yo vengo de una banda de punk, y esa actitud se queda. Esa idea de seguir, de no salirse del camino. En cierto modo estamos haciendo algo punk sin ser punk. Tenemos 32 años, jugamos en contra de muchas posibilidades y aun así lo estamos intentando. Eso, para mí, es lo más punk que puede haber.

Tener un álbum debut de doce canciones en tan poco tiempo implica sacrificios. ¿Cuáles han sido los más ásperos?

Alan: Muchísimos. El más grande ha sido seguir creyendo después de tantos intentos previos. Luego vienen los sacrificios económicos, de tiempo y familiares. Nos vemos muchas veces a la semana, ensayamos, creamos contenido, hacemos todo lo necesario para sacar adelante el proyecto. Cada uno pone todo de su parte para que esto funcione.

Yako: El proceso completo lleva casi dos años. Primero nos juntamos a organizarnos y después llegó el primer show, que fue cuando realmente nació la banda frente al público. Ha sido un proceso largo, pero audaz. A veces pesa, claro, pero quisimos hacerlo con calma y a nuestra manera.

 

En una escena musical saturada; ¿Dónde creen que encajan dentro de la escena mexicana y qué hueco buscan llenar con este proyecto?

Alan: No creemos que haya un hueco vacío. Hay muchísima música, buena y mala, y los espacios cada vez son menos. Nosotros buscamos que la música llegue a la gente, como sea: tocando en el metro, viajando, moviéndonos. El reto es ese tramo enorme entre la banda y el oyente. Redes, shows, boca a boca. Afortunadamente, la respuesta ha sido buena, pero conectar hoy es más difícil que antes.

¿Les molesta que hoy “cualquiera” pueda subir música?

Yako: Yo creo que está increíble. Tener las facilidades —entre comillas— y las posibilidades de exponer tu música, tu proyecto o tu arte me parece algo fenomenal, sobre todo para gente que antes no podía o lo veía muy lejano. Al final se abren nuevas oportunidades: a lo mejor se cierran ciertos espacios, pero al mismo tiempo se abren otras posibilidades y otras formas de llegar a la gente. Independientemente de si se trata de música, pintura o cualquier otra expresión, las redes sociales abrieron un mundo enorme y una comunicación muy directa para llevar tu proyecto al público. Claro que influyen muchas variables: el algoritmo, si te siguen o no, si Instagram te recomienda o no. Pero, de entrada, la posibilidad me parece increíble.

Alan: Al final, lo que mejor se desarrolle es lo que se queda. Es la gente la que decide qué conecta con ella.

Eric: Yo creo que el sol sale para todos, al final del día. Se me hace hasta envidioso o tonto pensar que somos los únicos buscando lo mismo. Cualquier bandita que se junta, ahora nosotros ya estamos más grandecillos, pero unos morros de 16 años dicen: “wey, con esto vamos a pegar”, y traen todas las ganas del mundo de que suceda. No quiero echarles tierra ni decir que no hacen bien las cosas, pero muchas veces se hace desde la urgencia de que salga. En nuestro caso, lo que nos diferencia un poco es la experiencia y el decir: “a ver, ya sabemos lo que no queremos que pase”. Yo antes era muy precipitado: tocaba cada fin de semana en distintos foros y sentía que estaba en todos lados, pero no estaba generando absolutamente nada. Hoy creo que hacer las cosas con un poco más de cautela —no por miedo, sino por experiencia— te puede colocar mejor en el oído de la gente a la que realmente quieres llegar.

¿Qué tan diferente es la versión en vivo de la banda en comparación con lo que se escucha en el estudio?

Eric: Me atrevo a decir que en vivo sonamos mejor. Hay más energía, más intensidad. Y la gente lo siente. Yo, personalmente, llevo tocando la batería desde los ocho años, y sin querer sonar presuntuoso, siempre me ha inspirado ver a bateristas como el de Foals, por ejemplo. Me gusta mucho esa onda, o bandas como The Maccabees, que en vivo suenan impresionante. Intento replicar ciertas cosas para que el show tenga esa misma intensidad.

Luis: También la dinámica y el sentimiento que le pones en vivo son totalmente distintos. En el disco todo está muy bien cuidado, casi en un punto de perfección, pero en el escenario aparece otra cosa: el sentimiento. Obviamente uno intenta hacerlo lo más preciso posible, pero ese “sazoncito” del vivo es irrepetible. A mí, como espectador, siempre me ha gustado que una banda en vivo suene diferente al disco, que se sienta esa magia. Y eso es lo que intentamos en cada show: salir al escenario y darlo todo. Creo que hasta ahora la gente lo ha sentido; la respuesta ha sido buena. Muchos ya habían escuchado algo en plataformas, pero cuando te ven en vivo notas el cambio en sus caras, y ahí sabes que conectaste.

Alan: Pensamos mucho en la experiencia completa: sonido, luces, visuales, energía. Queremos ofrecer un show que a nosotros nos gustaría ver.

 

¿Qué los ha sorprendido del público, de sus fans?

Alan: Que se sepan las canciones. Escuchar a la gente cantarlas fue algo que no esperaba tan pronto. El primer día que tocamos, en nuestro primer show, solo había unas pocas canciones disponibles en plataformas, y aun así fue sorprendente salir a tocar y escuchar a la gente cantarlas. A mí eso me voló la cabeza. Pensé que eso iba a tardar mucho más en pasar, que faltaba bastante tiempo para que se materializara algo así. Pero la realidad es que es increíble escuchar a la gente cantar tus canciones. Para mí, es de las cosas que no esperaba y que más satisfacción y gusto me han dado. Sentir y escuchar que la gente se sabe las canciones, y que en los otros shows haya pasado lo mismo, es algo muy bonito, por el lado más positivo.

Yako: Ver que usan nuestras canciones para acompañar momentos de su vida. Eso se siente muy bien, aunque casi siempre sean momentos tristes (risas).

¿Sienten que les falta una gira para demostrar algo o para considerarse una banda ya consolidada, o lo ven simplemente como un primer paso?

Alan: Yo creo que se trata de empezar a dar pasitos. Sí creemos que el proyecto tiene mucho potencial y que definitivamente vale la pena que la gente nos conozca. Estamos muy ansiosos por conectar con más personas, por que conozcan el proyecto y se enamoren de él. Pero también somos mesurados y queremos que las cosas se hagan de la mejor manera posible. Sí hay planes de salir a otros lugares, aunque todavía no sabemos hasta dónde o qué tanto nos va a permitir hacerlo la situación. Por ahora, se trata de hacer lo mejor posible con lo que tenemos. Conforme el proyecto vaya creciendo, seguramente podremos llegar a más lugares, y eso sería un sueño. Pero, por el momento, es dar estos primeros pasos y exprimir al máximo las oportunidades que tenemos.

Mirando al futuro, ¿cuáles son los retos concretos?

Luis: Estar en festivales… si Dios quiere.

Yako: Seguir siendo una banda. No quedarnos a medio camino. Seguir componiendo, tocando, creciendo. Es un trabajo que no se detiene nunca, y lo hacemos porque nos gusta.

En cuanto al trabajo como banda en redes sociales —meterse de lleno a hacer videos, trends, reels, historias, sobre todo ahora con TikTok—, ¿Les gusta realmente esa parte del proceso?

Eric: Ya pongo “influencer” en mi CV (risas). Es una chamba más. Antes no existía, hoy sí, y hay que aprenderla. Hacemos tantas cosas en redes sociales que, al final del día, entender un algoritmo es súper difícil. Pero siempre pensamos el contenido de la misma manera en la que hacemos música: tratar de subir cosas de calidad. Hubo un tiempo en el que subíamos contenido más chistoso porque todavía no teníamos canciones, y hay gente que aún nos recuerda por eso. Pero al final, cuando haces algo que conecta, está increíble, porque la gente se queda con esa idea. A la fecha todavía nos llegan notificaciones de reels que hicimos hace tiempo. De pronto se te ocurre algo, lo subes “a ver si pega”, y te llega la notificación de que lo están compartiendo y se vuelve viral. Dices: “órale”. Es una chamba más. Antes la gente no tenía que hacer este tipo de cosas, ni aprenderse los trends o estudiar hashtags, pero hoy nos toca. Y si lo hacemos bien, puede ayudarnos a destacar. No lo veo como una limitante, sino como desarrollar una habilidad más.

Alan: No es lo que más disfrutamos, pero es una herramienta. Si nos ayuda a que más gente conozca la música, vale la pena. No es como decir: “mejor hagamos contenido en lugar de ensayar o meternos al estudio”. No lo vemos así. Pero sí lo vemos como una oportunidad. Si hacemos contenido, quizá más gente nos conozca, quizá la música y el mensaje que queremos transmitir lleguen a más personas y, por ende, eso nos permita seguir haciendo música, que al final es el verdadero propósito. Es una herramienta de trabajo que, nos guste más o menos, existe y tenemos que usar. La clave es adaptarnos y tratar de hacerlo con gusto.

Sigue a Casei en: Spotify / Facebook / Instagram

Escucha ‘Las cosas que nunca te dije’ de Casei

 

WP-Backgrounds Lite by InoPlugs Web Design and Juwelier Schönmann 1010 Wien