Manolo García – Plaza De Toros Los Califas (Córdoba) 22/6/24

Para un artista, sobre todo si se trata de uno veterano, lo más importante una vez alcanzada cierta edad es conservar la personalidad por encima de todo, no perder ni un ápice de la esencia ni la presencia que lo convirtieron en alguien grande. A sus casi setenta primaveras, el bueno de Manolo García sabe quién es y lo que quiso ser siempre. A estas alturas de su carrera, conoce perfectamente los resortes del éxito, el personal, que en su caso es además masivo, y recorre las etapas que corresponden a la profesión con entereza y empatía propias de alguien que nació para esto y lo supo desde el principio. Un trabajador a destajo, un músico serio cuando tiene que serlo, empático y receptivo en todo momento al calor refractario de un público que traspasa generaciones en diagonal para aunar en una plaza de toros, tantos años después, a gargantas postadolescentes que sólo conocen los éxitos primigenios de El Último De La Fila porque se los cantaron sus padres o vieron algún cedé con portada extraña y título imposible en alguna estantería doméstica, y oídos de mediana edad para los cuales cada nueva grabación del catalán no significa sino otra oportunidad para acudir a uno de sus conciertos, incluso antes de escuchar ni una sola de las nuevas canciones. Así de rotundo, y totalmente justo, es el poder de convocatoria de un hombre humilde, comprometido con su oficio a tiempo completo y artista multidisciplinar, dueño de una obra pictórica personalísima e intransferible y aficionado a la fotografía sin contrato ni beneficio. Su conciencia ecológica ha sido ya constatada por varias vías públicas y privadas, y en esta gira el eslogan “Cero emisiones contaminantes desde ya” copa carteles y comparecencias mediáticas como la sentencia terrible que yace detrás del mismo. Lo dicho, una cuestión de férreas convicciones.

El aplomo y la experiencia le dan la sabiduría suficiente acerca de su propio repertorio, y sabe que editar dos discos conjuntos de golpe, cada uno con sus pros y sus contras y primando la autoexigencia sobre las prioridades del mercado, puede resultar indigesto hasta para su fan más irredento. En Mi Vida En Marte hay más pop identitario que en Desatinos Desplumados, donde se entrega a la relajación rumbera y al retorcimiento de letras buscando la poesía aflamencada de la que se suele adueñar. Dosificar ambas entregas y encajarlas en un set list más pendiente de la mutua complacencia que de una renovada minuciosidad no es tarea sencilla, máxime cuando decide arrancar con la archifamosa “Insurrección”, revirtiendo por completo las intenciones del inicio de la gira, en la que su obra capital culminaba un espectáculo mucho más contenido en espectáculo lumínico y despliegue sonoro que el actual. “Diez mil veranos”, “Quisiera escapar”, “No lloras ni juras” y “Reguero de mentiras” apenas alcanzan para inmiscuirse en asuntos más exitosos, y el lucimiento de la bailaora Coral Moreno adorna hasta el exceso los bongos y las palmas flamencas de “Laberinto de sueños”, “Azulea”y “La maturranga”, el trío más festivo del lote para acuñar el tramo central. Todo eso entre oles, turnos de guitarras acústicas y eléctricas repartidos entre el director de la banda Ricardo Marín, Albert Serrano, Víctor Iniesta y Josete Ordóñez, teclados y aparataje de percusión a cargo de Juan Carlos García, el lugarteniente más fiel a lo largo de los años, líneas de bajo versátiles por cortesía de Iñigo Goldaracena y la batería del fiabilísimo Charly Sardá, y unas pantallas eficaces por las que vislumbrar más de cerca al recientemente barbado Manolo García, incansable y espléndido en el rol de maestro de ceremonias.

Manolo garcía

Definitivamente recuperado para la causa tras el susto que le provocó la miocarditis a mediados de la anterior gira, la electrificación de “Nunca el tiempo es perdido” y temas menores pero afortunadamente recuperados tras mucho tiempo como “Zapatero”, “Mientras observo al afilador”, “Volvíamos tarde”, “Rosa de Alejandría”, “Con los hombres azules” o “Como quien da un refresco”, medios tiempos de recorrido engañoso que explotan en directo como la pólvora lírica que contienen son el marco perfecto para poder explayarse después en “Pájaros de barro”, “Somos levedad”, “Sobre el oscuro abismo en que te meces”, “A San Fernando” y “Viernes”. Al hilo de dichos títulos, sorprende cómo tras tantos años de batalla (todos pertenecen a sus dos primeros discos en solitario) sigan siendo la excusa para enardecer a la audiencia, y la explicación no andaría muy lejos de justificarse en la ausencia de hits más recientes, o al menos de la misma enjundia. Ningún problema, porque alguien que dispone de un fondo de armario con el que ya le sobraría para apabullar no se detiene en cuestiones tan prosaicas.

Para los más interesados en volver a escuchar las canciones que marcaron su vida y la de muchos otros y otras, y para quienes pensamos que el Desbarajuste Piramidal con el que regresó este año al ruedo discográfico en compañía de su alma gemela Quimi Portet no es más que eso, una especie de despropósito con algo de gracia y buenas intenciones, lo mejor viene cuando explota el “Llanto de pasión” con la misma energía de antaño, o al testificar que “Lápiz y tinta”, “Lejos de las leyes de los hombres”, “Aviones plateados” o “A veces se enciende”, más allá del perfil lúdico e intrascendente de “Como un burro amarrado en la puerta del baile”, siguen siendo canciones inapelables. Enormes himnos de desamor y desidia existencial, hinchazones de esperanza y nostalgia en el costado del mejor rock de autor en nuestra lengua. Pequeños refugios emocionales que enfervorizan y sobrecogen, justo antes de que “Prefiero el trapecio” y “Si te vienes conmigo” endurezcan sus formas y afilen sus arreglos para concluir que lo de este músico completo es un verdadero milagro. Ni siquiera su permanente empeño por devenir en el cantante que no es –aunque por cualidades vocales podría serlo- afinando “El Rey” y la enésima versión de “La bamba” puede empañar la falta de sorpresa, teniendo en cuenta que se guarda en el zurrón algunas gemas de labrado propio (¿alguien por allí gritó “Huesos”?) misteriosamente relegadas desde hace tiempo. Razones le sobrarán para hacerlo, y bien que le seguiremos aplaudiendo por la tremenda generosidad y el alma punk que conserva para asaetear con discursos contra los poderes fácticos, la injusticia social y el desgobierno que nos cizaña a diario. Aunque no a todos los ojos sea evidente, en el ruedo de Los Califas vimos a un artista aún necesario, por el que no pasan los años que no quiere cumplir. Un marciano disidente en el desierto de la especie humana. Mis respetos, don Manuel.

Fotos Manolo García: Pablo Carrera

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