Madonna - Amsterdam (Ziggo Dome)

Madonna está en fase de transición, tras el significativo cambio de rumbo que ha dado a su carrera con la publicación de Rebel Heart (2015), donde lo acústico y los medios tiempos priman sobre las programaciones de ritmos discotequeros, ahora le toca a su directo ser el reflejo de esta nueva etapa. En su última gira la icónica cantante pretende representar su propia bajada a los infiernos desde el Olimpo de los dioses. Sólo que parece conformarse con llegar a la tierra, a buen seguro un terreno más desconocido para ella que el mismo infierno. Y lo logra gracias al menos es más. Sin duda un audaz ejercicio, del que nuevamente sale airosa en directo, para una artista que nos tiene acostumbrados a la hipérbole continua. Dos horas de concierto en el que se baila, se canta y se habla; aunque podríamos decir que más bien se canta y se habla y a veces se baila. Ya anunciaba Madonna en las entrevistas de promoción que su sueño era conseguir hacer conciertos que pudiese llevar a cabo en pequeñas tabernas, una suerte de Club de la Comedia, donde mezclar monólogos de humor y música. Y en cierto modo, lo ha conseguido. Realmente cuando Madonna hizo esas declaraciones a buen seguro ya tenía planteada como sería su próxima gira mundial, así que lo único que hacía, lista como ninguna, es preparar a su público para que no esperase nuevamente una bola de espejos tamaño Cincinnati alrededor de la que bailar y saltar. Lo que ha sido sello de distinción de sus giras mundiales desde el Drowned World Tour en el año 2001. Porque esta vez Madonna viene a cambiar de nuevo las reglas del juego, como ya hizo en aquella gira en la que impuso las características que debía cumplir cualquier mega-recital de pop que se vanagloriase de serlo. A tenor de lo que vimos en Ámsterdam y al igual que hiciera hace unas semanas en Barcelona (sus conciertos pertenecientes a una misma gira son prácticamente idénticos noche tras noche) Madonna ha dejado atrás los grandes efectos especiales, al menos en parte, para dar paso a un comedido espectáculo en el que volverse terrenal y mundana. Tanto es así que incluso el escenario ha sido reducido a proporciones humanas, lo que permite que el público asistente de las primeras filas casi pueda rozar con sus propias manos la ropa de la diva. Todo gracias a una enorme pasarela que se adentra y se eleva a pocos metros de la multitud.

Arranca el espectáculo con un vistoso y esperadísimo número de entrada, presentado por Mike Tyson, al ritmo de «Iconic», mientras desciende enjaulada una Madonna lujosamente ataviada, a la que esperan gritos, alaridos, histeria y un nutrido ejército de bailarines ricamente disfrazados de guerreros samurai. Hasta ahí todo lo esperado. Las grandes pantallas, las luces, los efectos especiales y las coreografías imposibles nos hacían presagiar que íbamos a recibir una buena muestra de todo lo que esperábamos, estábamos delante de la dueña del mayor espectáculo del mundo. Pero nada más lejos de la realidad. El espectáculo no seguiría por ese camino mucho tiempo más. Tras un agotador e impactante comienzo al ritmo de «Bitch I´m Madonna» y una revitalizada «Burning up» muy bien solventada a golpe de guitarrazo, con la propia diva tocando su V-Guitar, en un determinado momento los ritmos se vuelven más cercanos, lo eléctrico da paso a lo acústico, la provocación a la elegancia, y el alarido a la risa compartida. Ukelele en mano, Madonna interpreta «True Blue», se nos acerca a través del corazón y rebaja la distancia física (desde las primeras filas casi podíamos olerla), para arrancarse con una emotiva «Secret», una elegante, aunque algo anodina «Don´t Tell Me». Y así conjugando sorpresas y emoción se escapan dos horas de un fantástico y atrevido espectáculo que posiblemente esté sentando las bases de lo que serán los grandes conciertos pop de estadio en un futuro.

Pero no vaya a confundir el lector tranquilidad con aburrimiento. Bien es cierto que al final de la noche a todos se nos quedaron las ganas de mover un poco las zapatillas y si en algo falla este espectáculo es en no involucrar tanto al espectador como en anteriores ocasiones. Al final te das cuenta de que lo único que has hecho es mirar, nadie te ha necesitado para bailar «Holiday» (con la que teminó) como si fue necesario para vivir plenamente el Re-Invention Tour; nadie se ha molestado si no te desgañitabas con «Like a Prayer» como en el MDNA Tour (en Ámsterdam no la tocó) , en esta gira basta con que seas un educado y feliz espectador para formar parte del tinglado. Aunque la picantería de la de Detroit y su desparpajo natural cubren con creces cualquier carencia que lo automatizado de sus bailecitos pudiera haber puesto de manifiesto. Ella es única para espetarles a los holandeses, al finalizar una rendición latina de «La isla bonita», que como no sabía holandés mejor les hablaba en español. Empezó a soltar sin ningún sentido palabras como «chorizo», «guapa» o «siesta» en un perfecto y cachondísimo español. Así entre risas y sonrisas preparaba al respetable que anhelaba de nuevo su turno para saltar y bailar. El espectáculo borda el manejo de los tiempos. Poco importaba que hubiera transcurrido ya más de la mitad del concierto cuando llegaba el turno disfrutar a todo trapo de canciones tan emblemáticas como «Deeper and deeper», «Music» o «Living for love».

En definitiva, Madonna ha convertido su Rebel Heart World Tour en una ventana privilegiada para acercarse a la artista de una forma íntima nunca antes imaginable en espectáculos de esta envergadura, evitando decepcionar a los que buscaban disfrutar de su faceta más discotequera con números que quitan el hipo (asombroso el interlude de «illuminatti» con los bailarines haciendo malabares a lo Circo del Sol), y ofreciendo con imaginación, inteligencia, mesura y mucho tino su mejor y más infalible arma, que no es otra que ella misma.

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