Entrevistamos a MINIÑO, que llegan a Girando por Salas #GPS16
La historia de MINIÑO no se escribe desde la comodidad, sino desde la grieta, desde ese lugar incómodo donde la duda pesa más que la certeza y el ruido del mundo no deja dormir.
Es una banda que camina con el miedo a cuestas, mirando de frente las contradicciones de una generación criada entre promesas rotas, precariedad emocional y una resaca permanente de expectativas incumplidas. La Mitad, su nuevo álbum de estudio, editado bajo el sello independiente Balaunka, no llega como una presentación educada, sino como un golpe seco sobre la mesa. No es un debut al uso ni pretende serlo; es una toma de postura, una forma de decir “esto somos” sin pedir permiso ni perdón.
Aquí no hay épica impostada ni discursos motivacionales de bar barato; hay heridas abiertas, cicatrices mal cerradas y canciones que sangran lo justo para seguir vivas. La Mitad funciona como un mapa emocional incompleto, un cuaderno manchado de café y noches largas sobre el tránsito entre la juventud y algo que se parece peligrosamente a la madurez, ese lugar donde empiezas a entender lo que perdiste cuando ya es demasiado tarde. Habla de vínculos rotos, de errores repetidos, de aceptar lo que no fue y de aprender a convivir con la contradicción sin maquillarla. MINIÑO no entrega este disco como un producto terminado, sino como una experiencia compartida, un espejo sucio donde el oyente puede verse reflejado sin filtros ni excusas.
Charlamos con Miguel Espinoza, voz y guitarra de la banda, sobre el vértigo de exponerse, la honestidad como única salida digna y todo aquello que todavía no se atreven a grabar, pero que saben —porque siempre pasa— que tarde o temprano acabará saliendo, aunque duela.
“El arte tiene que salir de lo que eres. Si no expresas, no hay arte”
¿Qué género se le puede atribuir a su sonido, a su concepto?
No tengo ni puta idea, sinceramente. Siempre nos ha gustado el sonido británico. Pero, en realidad, no sabría definirlo. No tenemos una etiqueta clara ni nos preocupa demasiado. A los cuatro siempre nos ha gustado muchísimo la música noventera; The Smashing Pumpkins, Placebo. Podría mencionarte millones de bandas, pero es ese sonido: ese post-punk noventero, esos nuevos lenguajes de la época, guitarras sucias, muy cargadas. My Bloody Valentine, por ejemplo. Es un poco eso, ¿no? Hemos hecho una remezcla de todo eso y ha salido esto. Es como decirte: tú escúchalo y llámalo como quieras.
Vienen de proyectos previos, pero ¿qué fue lo primero que decidieron no volver a hacer jamás cuando nació MINIÑO?
Teníamos dos bandas. Estaba todo ahí, funcionando más o menos, y de repente llegó la pandemia y se fue todo a la mierda. Fue un golpe que nos obligó a renovar de una forma u otra. Nos juntamos y dijimos: vamos a hacer este proyecto juntos. Todo lo anterior se quedaba atrás. Del pasado. Del pasado de verdad. Había que renovarse, y así nació MINIÑO. Podría decirte mil cosas que decidimos no volver a hacer. Pero la primera, y quizá la más importante, la que tuvimos clara desde el principio, fue esta: hacerlo con tranquilidad. No correr. Ese fue nuestro objetivo número uno. Hacerlo todo con calma y hacerlo bien. Sin prisas.
Mirándolo con perspectiva, con el tiempo como filtro, ¿alguno de esos proyectos del pasado parecía destinado a algo más sólido que MINIÑO, o la seriedad real solo apareció cuando nació esta agrupación?
Los proyectos anteriores eran justo lo contrario: vamos a robar, vamos a sacar una gira enorme, vamos a perder muchísimo dinero y vamos a hacerlo todo mal. Y ya está. De ahí venimos.
¿Y qué tanto de MI NIÑO es autobiografía y qué tanto es ficción emocional?
Diría que todo es autobiografía. Alguna tontería se nos habrá ocurrido por el camino, pero yo diría que el 99% es literal.
El nombre de la banda es “encantador”: MINIÑO. Es decir, ¿por qué surge un nombre así?, ¿de dónde viene?, sobre todo tomando en cuenta que va todo junto, que así es la palabra. ¿Cómo se da ese contexto?
Aquí en España, en nuestra ciudad, en nuestra provincia, Salamanca, hay una expresión muy común que la gente repite constantemente. Es eso de: “muchas gracias, mi niño”, o cuando vas a hacer la compra o lo que sea: “¿qué tal estás, mi niño?” o “¿qué tal estás, mi niña?”. Es una forma de hablar muy cotidiana, muy cercana. En Salamanca y en todos los pueblos de alrededor de la provincia siempre está presente esa expresión de “mi niño”. Es algo que se escucha en la calle, en los comercios, en el trato diario entre la gente, y forma parte del lenguaje y del ambiente de aquí.
El nombre del disco también es interesante: “La Mitad”. Suena a algo que se queda a medio camino, como si faltara una segunda parte, como si fuera un disco fracturado. Da la sensación de que se perdió algo por el camino. ¿Qué pasó para que no sea algo completo?
Lo que hemos perdido es media vida haciendo este disco, haciendo absolutamente de todo. En realidad, el hecho de llamarlo La Mitad funciona como una especie de retrospectiva de nuestras propias vidas. Habla de cómo estamos viviendo ese cambio: el paso de la juventud, de los 25 a los 30, cuando empiezas a pagar facturas, a buscar curros, y la situación laboral para nuestra generación es bastante nefasta. Conseguir vivienda es prácticamente imposible. En ese sentido, hemos volcado muchas cosas personales en el disco: la búsqueda de la felicidad, el dejar cosas atrás. La Mitad es un poco eso; esa parte de tu vida que se queda atrás y la otra que empieza. Pueden ser personas, pueden ser problemas laborales, personales o familiares. Todo lo que te atraviesa, todo lo que cargas. Al final, el mensaje puede llevarse a donde cada uno quiera, pero habla de esa mitad de todo eso que te define y te parte en dos.
Las canciones, al menos desde la perspectiva de quien las escucha por primera vez, parecen venir más desde la intuición que desde algo fríamente calculado. ¿Confían más en ese instinto, incluso cuando puede equivocarse?
Es muy loco, tío. Al final es un disco que ha pasado por mucho tiempo desde que lo pensamos por primera vez. Hemos crecido con él: casi medio año, más de medio año, incluso un año entero. Ha sido un proceso lleno de ideas distintas, de perspectivas de vida que iban cambiando, y eso nos transformó muchísimo. De repente, sobre todo en las letras, se nota claramente ese cambio. Hay momentos muy distintos entre sí, mensajes que saltan de una sintonía a otra, de un estado a otro. No es lineal, y eso es completamente consciente. Ahí está reflejado cómo ha ido corriendo nuestra vida, hacia dónde nos hemos encaminado y hacia dónde queríamos ir.
Pensando en el largo camino que los llevó hasta «La Mitad», un disco atravesado por la idea de la transición, ¿fue más importante seguir avanzando hacia lo que querían ser o mirar atrás, mientras ese pasado (personal, musical y emocional) se iba quedando definitivamente a la distancia?
Queríamos transmitir esa idea doble: la necesidad de avanzar, de ir hacia delante, pero también la importancia de mirar atrás, de aprender del pasado. Hemos hecho de todo. ¿Planificado mucho? Más bien poco. A decir: esto hay que quitarlo y fuera. Esta letra ya no me gusta porque no la siento así; ahora la siento de otra manera. Y ya está. Eso es el disco. Todo lo que habíamos proyectado, todo lo que teníamos pensado hacer —las voces, las melodías, las letras— lo hemos ido tirando sobre la marcha. De repente llegaba un momento en el que decíamos: esto hay que cambiarlo, esto se va fuera. Aparecía una idea nueva, algo que me venía a la cabeza, y decidíamos dejarlo así. Hemos cambiado cosas incluso cinco meses después de haberlas planificado. Teníamos un tema pensado de una manera, sabíamos cómo grabarlo, y de repente lo deshacíamos por completo. Incluso llegamos a grabar primero las baterías: diez baterías que luego cortamos, remezclamos, alteramos de forma casi aleatoria.
¿Este disco y sus letras les han servido más para entender lo que profesan o simplemente para decretar el caos que suena en esos temas tan revolucionados?
Hemos sido sinceros. Nos hemos quitado todas las capas que teníamos delante y lo que queríamos decir, lo hemos dicho sin rodeos. Nos ha ayudado a entendernos y a expresarnos. Este disco nos ha servido para muchas cosas, pero sobre todo para querernos más entre nosotros cuatro, para comprendernos mejor y para explayar algo que quizá nunca habíamos hecho antes: ser sinceros. Creo que eso es lo más importante de este disco.
«El hecho de llamar al disco La Mitad funciona como una especie de retrospectiva de nuestras propias vidas»
En un panorama donde todo se consume a una velocidad absurda, ¿les da más miedo no gustar o gustar demasiado rápido y quedar atrapados en una expectativa que todavía no sienten propia?
Gustar, al final, es algo que tiene que pasar. Si pasa, guay; si no pasa, también está bien. Cada uno conecta de una forma distinta: a una persona le puedes asustar y a otra puede que el mensaje le cale y lo lleve a su propia vida. No gustar, eso sí, a veces preocupa. Porque te hace preguntarte si el trabajo tiene que seguir haciéndose. Y el trabajo siempre tiene que seguir. La música exige renovación constante, exige hacer cosas nuevas todo el tiempo. Si no terminas de gustar, algo te está fallando, y entonces toca buscar la manera de renovarte, de cambiar cosas y de seguir trabajando en ello.
Cuando el álbum estuvo completo y lo escucharon de principio a fin, sin intervenir, sin tocar nada, ¿qué emoción ganó la batalla: la calma del trabajo hecho, el vacío que deja soltarlo o la certeza inquietante de haber dejado algo importante sobre la mesa?
Yo sentí como si me abriera una botella de vino. Ese fue mi premio. Encender un cigarro y decir: joder, lo hemos hecho por fin. Nueve meses, diez meses, no sé cuánto tiempo exactamente, pero fue una barbaridad. Nuestro primer comentario —creo que el primero de los cuatro— fue: esto no se puede volver a repetir. No sé si me explico, pero fue literal. Y quizá por eso ahora mismo no estamos grabando nada.
Dentro del proceso de este disco, ¿hubo alguna canción que se quedara a medio camino durante más tiempo porque terminarla implicaba aceptar una verdad que todavía no estaban listos para sostener?
Muchísimas. Diría que más de la mitad de las letras. Sobre todo porque no terminábamos de cuadrar el mensaje. Había momentos en los que era demasiado frágil y queríamos que fuera más pleno, que tuviera más impacto. A mí, personalmente, la canción que más me ha costado escribir en toda mi vida —con la que he llorado muchísimo, dándole vueltas una y otra vez— ha sido “Aire”, el último tema del disco. Al final creo que conseguimos alcanzar ese objetivo: que quien la escuche sienta que se rompe por dentro. Que el tema termine y tengas la sensación de que no ha terminado, de que necesitas volver a escucharlo. Ahí estuvo el punto clave. Y por eso creo que “Aire” es el tema que más nos costó.
Y si mañana todo se acaba —los algoritmos, las playlists, los festivales, los escenarios—, ¿seguirían escribiendo canciones aunque nadie las escuchara?
Para nosotros es algo necesario. Es una forma de expresión. Al final, el arte es eso: expresión personal. Hacer música —o arte, como quieras llamarlo— solo por hacer no es arte. El arte tiene que salir de lo que eres. Si no expresas, no hay arte. Y sentir es expresar; y sentir es estar vivo. Si no lo sacas, si no lo explayas, no te representa. No significa nada.
En una escena donde muchas veces se premia más la corrección que la honestidad, ¿qué parte de ustedes siguen guardando porque saben que, si la graban, no va a caer bien, no va a ser cómoda y probablemente no va a gustar?
La verdad es que nos quedan muchísimas cosas por decir, segurísimo. Nos quedan cosas tanto que decir como que expresar, pero que quizá todavía no hemos encontrado la forma adecuada de hacerlo. La encontraremos. Como te decía antes, por ejemplo, está todo eso de ser una generación, la de los noventa, que en España lo tiene jodido; es prácticamente imposible conseguir una casa o un piso, es muy difícil tener relaciones sociales estables, ya sean amorosas o del tipo que sea, por el tipo de vida que nos ha tocado vivir. A eso se suma el trabajo inestable, mal pagado, precario. Toda nuestra generación está hecha mierda por todo esto. Y creo que eso será lo próximo que abordemos con más profundidad, más desde el trasfondo, seguramente en lo que venga después.
Participáis en el ciclo Girando por Salas #GPS16 que permite tocar en ciudades diferentes y visitar salas que quizá no conocíais. ¿Qué os aporta? ¿Qué esperas de la experiencia?
Para nosotros, participar en un ciclo como es Girando Por Salas es algo de lo que estamos muy orgullosos. Nos hace sentir que nuestra música cada vez llega más lejos y le interesa cada día a más gente. No es algo azaroso. Estamos súper agradecidos porque la gente nos ha votado para formar parte de ello. Al fin y al cabo somos una banda pequeña que se esfuerza todo lo que puede en sacar las cosas adelante y ver ese esfuerzo recompensando nos hace seguir a pie del cañón.
Además, las ventajas que supone GPS para nosotros es poder tener medios para girar por varias ciudades de España que resultaría difícil sin esta ayuda. Podemos hacer unas fechas con la mente más tranquila, sabiendo que la producción no va a fallar
Conciertos MINIÑO Girando por Salas #GPS16
7 de marzo – LOGROÑO – Stereo Rock and Roll Bar
Precio anticipada 10 €+ gg y taquilla 12 € – Entradas
27 de marzo – CÓRDOBA – Sala Ambigú Axerquía
Precio 8 € + gg y taquilla 10 € – Entradas
28 de marzo – GRANADA – Escenario Aliatar
Precio 8 € + gg y taquilla 10 € – Entradas
24 de abril – CAMBADOS (PONTEVEDRA) – Sala Krazzy Kray
Precio 8 € + gg y taquilla 10 € – Enradas
25 de abril – BOIRO (A CORUÑA) – A Pousada da Galiza Imaxinaria
Precio 8 € + gg y taquilla 10 € – Entradas
2 de mayo – YUNCLER (TOLEDO) – Sala The Rose
Precio 8 € + gg y taquilla 10 € – Entradas

