Ferran Palau – Aniversari Feliç (Hidden Track Records)
Ajeno a modas o imposturas, la hoja de ruta de Ferran Palau continúa inalterable ocho discos después. Esto es, crear miniaturas sonoras de arreglos preciosistas y minimalistas, apostando por el poder de una buena melodía que brilla con lo más elemental. Tras el pellizco digital de anteriores entregas, vuelve a apostar por la desnudez, esa que resalta el latir de un violonchelo o de una flauta travesera acompañada de una exhalación reposada y sutil.
Co-producidas con su primo Jordi Matas, como es habitual en él, la sensibilidad acústica de estas diez canciones orbita en el imaginario que habitan referentes como Sufjan Stevens, Bonnie Prince Billy, Andrew Bird o Bill Callahan. Ahí es nada. La comunidad creativa que constituye con su pareja, Louise Samson, responsable del sello en el que Palau edita sus trabajos, Hidden Track Records, viene a reforzar la idea de que es posible llegar al oyente sin necesidad de alimentar la maquinaria que devora proyectos y destruye ilusiones. Es reconfortante ver como artistas de su talla siguen publicando álbumes tan inspirados desde la más absoluta autogestión.
Ya desde los primeros acordes, la particular fragilidad de sus desarrollos logra cautivar con un menos es más que comienza a despegar en “Tan Feliç”, señalando el camino con una aparente timidez que toma forma mullida en el traqueteo grácil de una acústica de aroma familiar, a la que la posterior “Ei Qué Tal” añade el tic-tac de un violonchelo conmovedor. Las letras de Palau ponen el foco en sentimientos sepultados bajo el devenir apresurado de una existencia desprovista de humanidad, ante la que cantautor catalán se rebela desde la calma, proporcionando al oyente un escondite en el que parapetarse del ruido y el dolor, subrayando la necesidad de acceder a él para no decaer ante tanta fealdad imperante.
La fórmula vuelve a funcionar salpicada por cuerdas que habitan espacios mientras dibujan paisajes templados. Aquí los singles potenciales adoptan forma de pequeña ópera en tiempos de cólera, como esa “Bang Bang” de cuerdas celestiales llamada a salvarnos más de una vez. “Un Día El Sol” ejerce de antídoto ante lo que un día puede suceder si al sol le da por no salir, y aquello que nos atormenta viniera a instalarse de manera permanente. Las estructuras huyen de lo convencional, no necesitan agarrarse a un estribillo o a un crescendo épico, sino que transitan sin prisa por bosques encantados en los que habitan seres fantásticos, recuperando aquello que hace tiempo conectaba con la inocencia y la imaginación tan denostadas hoy en día.
La música de Palau invita a bucear por emociones a flor de piel, afrontar la tristeza sin miedo, ser niño sin prisa por llegar a adulto. Esos bucles de guitarra y piano que construyen nanas como “Jo Al Teu Lloc”, acarician el alma esculpiendo la belleza con la precisión de un esmerado artesano que trabaja sin plazos ni ataduras. Aún más desnudo, “21” solo necesita una acústica para jugar con el título del disco en una letra que respira paz con uno mismo, antesala de una “Estómac Buit” con cuerdas sublimes al estilo Laura Marling.
La habilidad con la que se alternan los elementos que caracterizan su sonido es signo distintivo del entramado de su obra, y de esta manera, escapadas a lomos de ukelele y violonchelo como las de “Que No Plogui Tan Fort”, apoyadas en la musicalidad que otorga el uso del catalán, son capaces de levantar monumentos con un talento y una intuición exquisitos. O si no, ahí está la flauta de “Ben Aviat” para urdir un telar de asombroso efecto sanador ante la ausencia. El telón se baja con “Em Vas Fer Aixi” y los pasajes oníricos se amontonan en nuestro subconsciente recordándonos, con extrema delicadeza, que soñar a través de la música aún es posible gracias a compositores tan valiosos como Ferran Palau.

