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Nacho Vegas (Sala Impala) Córdoba 20/02/26

Las piedras semipreciosas, por definición propia y apropiación del responsable de dicho título, resultan a la larga más bellas que las gemas más escasas e inasequibles para la mayoría. Tienen el encanto de la perfección, del no querer ser más, de aquello que se desea para otro y se disfruta en uno mismo. Es en el brillo tenue, el que no deslumbra pero afianza, donde reside el secreto de los tesoros eternos. A él ha llegado Nacho Vegas con su nueva colección de canciones, unos cuantos racimos de emociones compuestas desde la atalaya del posicionamiento político profundamente radicado en la educación recibida y los valores adquiridos con el tiempo y la distancia. Si con esto alguien piensa que los conciertos que ofrece consisten en una especie de mitin para vomitar consignas, habría que emplazarles a sólo uno de ellos para que toda esa teoría –prejuicios los llamamos otros– acabe encarnada en un abismo de convicciones a través de las cuales fluye una lírica intensa y una voz tenue, más atemperada que de costumbre pero igual de desafinada, lo suficiente para que la expresividad supere a la expresión. Son piedras de una dureza probada, rocas empapadas de poesía y gemas de valor infinitamente más alto que el de cualquier fortuna mediocre.

La sala Impala recibió al asturiano con un escenario sobrio, con espacio para el despliegue videográfico y las alas de luz que adornan discretamente la chaqueta marrón del hombre en el centro y arropan al quinteto de acompañantes que marcan el ritmo, a veces impulsado por la raíz folclórica de la que nacen muchas de las canciones, otras tantas arrancando chispas de electricidad, y siempre manteniendo una velocidad de crucero que ya es marca de fábrica y motivo de orgullo. Y no es necesario recurrir a la típica coletilla de muchos, más injusta a fuerza de ser repetida desde la ignorancia y la pereza, de que para cortarse las venas en un concierto mejor se quedan bailando en casa.

Como siempre, sobran frases hechas y faltan oídos atentos. No hay mucho debate posible ante la grandeza de temas como ”Crujidos”, “La plaza de la soledá” o la estremecedora “Fiu” dedicada a su madre, mentora y guía de su pensamiento social. Es uno de los momentos culminantes de su nueva incursión en el estudio, parida de nuevo desde un aislamiento rural buscado y fructífero desde el punto de vista creativo. Así surgieron piezas como la inicial “Alivio”, una especie de nuevo clásico desde el que marcar la nueva diferencia en un repertorio que tiene en “Deslenguarte”, grabada con el contrapunto mordaz de Albert Pla y reinterpretada en directo con la réplica del guitarrista Joseba Irazoki, otro de los puntos de inflexión.

Con “Mi pequeña bestia” y su remembranza del pop orquestal más naif de la tradición hispana retuerce sentimientos que se confrontan con la misma dureza, aunque desde otro punto de vista, que en “Tiempos de lobos”, temas en los que la banda debe emplearse a fondo, desde la batería multiusos de un Manu Molina fiel desde los orígenes hasta los teclados omnipotentes de Ferrán Resines, pasando por el bajo de Hans Laguna y la segunda guitarra y los coros de Miren Narbaiza, una nueva incorporación que funciona a pleno rendimiento avalada por los hallazgos de su muy interesante proyecto MICE. Podría decirse que entre todos urden esos “Nuevos planes, idénticas estrategias” amparados por “El don de la ternura” y un argumentario coherente con sus principios y finales.

Son “Los asombros” cotidianos los que nos mantienen alerta contra la intolerancia y la estupidez, y no perder la capacidad de asumirlos es otro de los faros al que un creador de sus características debe dirigir sus pasos. Habrá tiempo de volver al rebaño al que nunca perteneció, aunque sólo sea “A ver la ballena” o apostarlo todo a “Morir o matar” antes de tirarlo todo por la borda de la forma más inteligente, con el humor como gasolina insuflada en los versos de “La gran broma final”, la perfecta canción río.

Después, cuando quedan tantas balas sin disparar que se hace difícil elegir la próxima, acierta con la profundidad de “Bravo”, con la que entablaba en su momento un diálogo invisible con su ocasional compañero de aventuras Enrique Bunbury (menudo disco aquel El tiempo de las cerezas) y certificaba su personal homenaje a Bambino; pero decide acercarse al fin intentando volver a “Ser árbol”, reivindicando las figuras anónimas de media docena de mujeres sindicadas que acabaron en prisión únicamente por no pensar como su patrón, una historia casi macabra que desemboca en los versos explícitos de “Seis pardales” y un epílogo anunciado anteriormente en los mínimos discursos de diferentes personajes (hay que escuchar el disco para descubrirlos y apreciarlos en su justa medida) que culminan indefectiblemente, sabia elección, en “La pena o la nada”, en la que el dolor se erige como única salvación posible en un mundo donde el absurdo empieza a campar a sus anchas. Éxtasis instrumental incluido, por supuesto. Y, si me apuran, colectivo. Se podrán echar de menos muchas cosas en un concierto con un perfil y unas pretensiones tan claras, pero jamás una buena dosis de concienciación y reflexión, algo de lo que no vamos sobrados visto lo visto. Más piedras semipreciosas de este calibre necesita el mundo, y puede que más Nachos Vegas también.

Fotos Nacho Vegas: Manuel Torres

 

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