ConciertosCrónicas

Volpina + The Flying Cumbias – (Sala Hangar) Córdoba 6/3/26

Una canción puede escribirse, y por supuesto escucharse, desde varios puntos de vista y con presupuestos bien diferentes. Los estados de ánimo, los carruseles emocionales, los días que van pero nunca vuelven y los momentos inciertos que las provocan hacen que suenen más vivas, más brillantes o menos vigentes, dependiendo de todo eso y de muchas otras cosas que a menudo se nos escapan. En cualquier caso, el primer y básico fundamento para que todo funcione entre ellas y nosotros es que sean bonitas y que busquen la belleza de cualquier instante y tiempo, por indeterminado que pueda ser. Un concepto etéreo, inasible, evasivo y siempre relativo, claro está, pero no por ello menos deseado. En esa búsqueda se encuentran desde el principio los músicos de una banda como Volpina, enredados en las líneas de un destino esquivo y procurando huir de ese ente tan maligno llamado indiferencia. Migue Pérez, el impulsor, cantante y bajista del proyecto, sabe perfectamente de lo que hablamos. Por eso su objetivo es inmutable y su tesón indestructible. Se dedica a hacer canciones bonitas con sus amigos y disfrutar cuando las tocan juntos, en el local y ante cualquier audiencia, y a desear, no exactamente a esperar, una respuesta acorde con sus esfuerzos. En la noche en que el bullicio alternativo de la ciudad decidió asaltar el centro y aledaños de la sala Hangar, uno de los templos locales del mainstream adulto, para que el pensamiento único empiece a ser menos colectivo, ellos consiguieron que todo un colectivo empezase a considerarse único. Y añadiríamos que relevante.

Andan enfrascados en los retoques finales de la edición de su segundo disco, en el que retocan su pop de apariencia afable y sentimientos retorcidos, y presentan nuevas cartas en la baza que les conceden una serie de conciertos en los que explayar los nuevos temas y revisar los anteriores con buen pulso y amplio orgullo. “Fuera llueve” es la melancolía en medio tiempo con la que proceden a la introducción, proseguida más tarde con otros episodios de intensidad medida como los de “Nada a cambio” o “Eterno”, pero saben que los pequeños hits que representan “Harrison vino a verme” y “Tampoco es para tanto lo nuestro” son aún los ases en una ronda ganadora para la que se ven cada vez más preparados. Hace apenas unos días estrenaron un sentido homenaje a los bares, gerentes y gentes que crean otro poso en la ciudad, todavía por desgracia oculto a los ojos de la mayoría. Lo han titulado “Qué sería de la ciudad sin nosotros” y David Donnier, otro grande que demasiados pocos saben que lo es, les ha hecho un vídeo precioso para que no quede nadie fuera de órbita. Algo de eso también hay en “La reina del Ambigú”, fechada y fichada en Córdoba –la ciudad en torno a la cual gira todo- pero apta para cualquier otra ubicación y circunstancia, y en el tono brillante de “Resort”, amplificado cuando Madame Dolor (ojo a esta voz y a su concepto artístico) la canta con ellos. Están tan seguros de dónde vienen y hacia dónde pueden dirigirse como para tocar uno de los enormes temas de Teenage Fanclub y hacerlo propio a oídos cómplices. “Sparky’s dream” es una piedra preciosa a la que le falta poco para ser perfecta, pero seguramente sus estrofas, en español y en manos expertas como las de Volpina, puedan deslumbrar de otra manera.

Al final, el desarrollo instrumental de “Cómo volar”, con las guitarras de Ismael en primer plano y de David secundándolo, la base de Migue al bajo y el fiabilísimo motor de Mario en la batería, preceden a la despedida con “San Miguel alto” y su emocionante vuelta a los orígenes granadinos donde todo tomó forma, y el vuelo rasante de “Una semana”, dando otra vuelta de tuerca al sonido de una banda con múltiples rincones sonoros prestos a ser descubiertos. Sí, ellos saben que la música, la de verdad, es y seguirá siendo necesaria. Y nosotros que se lo agradecemos.

Volpina concierto

Tradicionalmente la cumbia, el boogaloo, el chachachá y, ya que estamos en la tesitura, metamos en la ecuación a un género tan denostado por el rockerío común como el bolero, no han sido palos frecuentados por la media de artistas de la ciudad. Tal vez por ignorancia, puede que por temor o directa y probablemente, por desprecio, se han quedado por el camino diversas propuestas de escasa o nula repercusión de forma totalmente injusta. La inmensa riqueza y los fértiles meandros de la música latinoamericana en sus expresiones más festivas quedaba pues a remolque de aventureros enfrascados en una ardua labor de rescate que en muchas ocasiones suponía más un somero ejercicio de arqueología que una implicación con perspectivas de futuro.

A los Flying Cumbias parece resbalarles la cuestión por la mejor vía, que no es otra que la de la diversión. Varias idas y venidas después, conatos de extinción definitiva de por medio, hoy todo queda en agravios circunstanciales ya olvidados e ilusión renovada y remozada por la esplendidez de un repertorio prestado en su mayoría y disfrutable en cualquier tramo. Referentes legendarios no les faltan, con los perfiles de Héctor Lavoe, Tito Puente y otras luminarias a la cabeza, y alumnos preferentes como la Sonora Barranquilla, Los Amigos Invisibles o Nacho Sanabria al quite de cualquier vacilación.

No han variado sus virtudes ni cerrado sus compuertas rítmicas, y son capaces de hacer del arquetípico “Evil ways” de Santana un pequeño banquete de salsa con especias psicodélicas o de himnos más remotos como “Elsa”, “Cumbia de Satanás”, “Salsa na’ ma’”, “Mambo chimbo”, “Ya se ha muerto el abuelo” o “El hueleguiso” (el ejemplo más puro de la guaracha peruana, popularizado por el gran Manzanita y su Conjunto, nada que ver con el otro artista de pseudónimo afrutado y rumba ligera) un auténtico festín de piernas y caderas entrelazadas. Tienen recetas de fabricación propia, y ahí está la fantástica “El diablo llegó” para demostrarlo, y también ideas brillantes como la de reivindicar el fabuloso tropicalismo de Los Destellos en la brisa pacífica de “Onstá la yerbita”, empalmada con un “Savor” acorde con el momentazo. A todo esto, la conexión de la banda con todos y todas los que antes o después se toparan con su solvencia sonora es digna de asombro. Por algo Carlos León es uno de los mejores músicos que han pisado suelo cordobés, aunque sea por adopción, y el resto de la banda está conformado con eficaces instrumentistas desdoblados en varios proyectos, en algunos casos casi opuestos a este concepto. Es uno de los rasgos admirables del grupo cada vez que se les da la oportunidad de demostrarlo, y esa noche era de recibo concederles, y concedernos, el enorme privilegio de hacerlo.

El día en que todo dio un vuelco, esporádico y hermoso, vio renacer a una banda que persiste en resistir y a otra que resiste al persistir. Sólo habría faltado que nos lo perdiéramos. La movida cordoboide, un término de nuevo cuño que ya es de uso común, va mereciendo altavoces de más alcance que el que aquí podamos darle. No desesperaremos en el empeño.

 

(Fotos: Antonio E. Molina)

 

WP-Backgrounds Lite by InoPlugs Web Design and Juwelier Schönmann 1010 Wien